Pedro Sánchez tiene sobre sus hombros los 136 años de historia del PSOE. La larga época que han vivido los dos grandes partidos en la que ganar era llegar a La Moncloa y perder, liderar la oposición con mayor o menor margen de maniobra parece que, tal y como se venía advirtiendo durante los últimos cuatro años, ha terminado. Ahora, el PSOE se enfrenta a una realidad irrefutable: el riesgo de perder su tradicional lugar en democracia como aglutinador del votante de izquierdas. A un lado, el precipicio de unas nuevas elecciones en las que Sánchez pasaría a la historia como el candidato que relegó al partido socialista al bronce; al otro, una negociación en la que el interlocutor no tiene nada, a priori, que perder.
Porque mientras Sánchez elige entre ‘malo’ y ‘peor’, Pablo Iglesias se siente fuerte en cualquier escenario que ahora se abra a Podemos: la Vicepresidencia del Gobierno y algunas carteras clave o volver a las urnas reforzado como único adalid posible del cambio, como la única opción viable de enviar al PP al rincón de pensar durante la próxima legislatura.
Y ahora hay que ponerse de acuerdo para ponerse de acuerdo. “¿Cuándo nos reunimos?” “¿Quiénes?” “El candidato del Rey soy yo”. “¿Tú me llamas a mí? No, yo soy el que te llama a ti”. “¿En tu casa o en la mía? “Tenías el doble ‘check’ azul y no me has contestado”. Puede durar mucho el juego del perro y el gato, pero no más de los días que nos separan del próximo 2 de marzo, fecha fijada para el pleno de investidura de Sánchez.
No deja de resultar llamativo que donde hace unas semanas había una profunda grieta divisoria dentro del partido socialista, hoy hay un silencio extraño (al menos para esta parte del binomio informativo). Que donde había gritos al cielo, contundencia y enfrentamientos abiertos, ahora haya mutis por el foro o, mejor, una Susana Díaz que vea la presidencia Pedro Sánchez como “lo mejor para España”, sin vetar explícitamente el asiento de copiloto a quien hasta hace poco no se le quería ni para hablar del tiempo en un ascensor. Sólo una alusión al respecto: la unidad de España es innegociable.
¿Qué nos hemos perdido? Parece estar claro que Sánchez no va a ceder –no puede hacerlo- en la gran línea roja para ambos partidos: el referéndum catalán. Y que es el único motivo real por el que podemos vernos votando de nuevo el último fin de semana de junio. También parece estar claro que Iglesias no tendría por qué querer evitar nuevas elecciones que, aunque no sean lo más deseable y pesen en el grado de cansancio de los ciudadanos, podrían auparles a una posición mejorada para las siguientes negociaciones. Porque, claro está, el resultado de una nueva llamada a las urnas tampoco arrojará un panorama de resolución inmediata y sencilla.
¿Qué va a hacer Pedro Sánchez? Probablemente luchar con uñas y dientes por sacar el referéndum de las condiciones de Podemos y agarrarse a esa victoria. ¿Y Pablo Iglesias? Teniendo en cuenta la quietud de las filas socialistas, no hay que descartar que el líder de Podemos haya llegado a contemplar en alguna conversación la renuncia a la consulta a cambio de otras concesiones; y agarrarse a esa victoria. Todo esto, claro, si consiguen quedar en un sitio y a una hora: superar la negociación sobre la negociación. Un grado más de cansancio.