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Los escracheadores escracheados

miércoles 17 de febrero de 2016, 09:34h
El Ayuntamiento de Madrid intensifica el conflicto con otro frente que cada día incrementa su crispación: en este caso, a través de su enfrentamiento con la Policía Municipal madrileña y a costa de la seguridad de la capital de España. La visualización de este pulso, que crece a pasos agigantados, acaba de de producirse mediante la airada protesta que colectivos policiales han llevado a cabo contra el concejal de Salud, Seguridad y Emergencias del Consistorio y el propio jefe de la Policía Municipal. La exasperación de los policías les ha arrastrado a recurrir a una de las herramientas favoritas –pero lamentables- de la formación populista: el escrache, que ahora ha probado en carne propia por parte de sus subordinados. El concejal de Seguridad, Javier Barbero, ha sido seguido, increpado e insultado hasta el punto de tener que refugiarse en un restaurante y esperar a ser rescatado.

La escala de tensión viene de lejos. La nueva autoridad no ha hecho más que abrir heridas en el cuerpo policial, tratándolo con desdén, arbitrariedad y una preocupante falta de profesionalidad. El rosario de incidentes parece inagotable: traslados gratuitos o no justificados, compra de coches policiales inadecuados, imposición de sirenas de escasa potencia acústica, decisión de que numerosos malhechores condenados realicen tareas junto a los agentes, accediendo de este modo a información sensible, datos privados de los funcionarios, recorridos, matrículas camufladas y un largo etcétera muy útil para chantajear o utilizar provechosamente en caso de reincidir en su vida delictiva.

Un punto muy hiriente en el ámbito de lo simbólico -especialidad de los Ayuntamientos de Podemos-, ha sido suprimir la bandera nacional española de los nuevos automóviles policiales. Por eso, en el escrache contra el concejal de Seguridad no ha habido pancartas, sustituidas todas por una bandera de España tras la que se aglutinaban los agentes de paisano. Nada de extrañar si se revisa la trayectoria del concejal Javier Barbero, inquilino del Patio Maravillas, que como activista, se enfrentó a los cuerpos policiales. Hasta ahora ejercía como psicólogo en el Servicio de Hematología del Hospital La Paz, ejercicio profesional no precisamente adecuado para afrontar los retos de seguridad de una gran ciudad como Madrid, con más de 7.000 agentes, por más que sea amigo de Manuela Carmena desde la década de los ochenta por su tarea a favor de los toxicómanos madrileños e intercediese por ellos ante la entonces juez. El amiguismo vuelve a prevalecer sobre la profesionalidad, con resultados inquietantes.

Javier Barbero ha decidido ahora disolver la Unidad Central de Seguridad (UCES), popularmente conocida como “Antidisturbios Municipales”, contra la que las organizaciones populistas han entablado tantas batallas. Una venganza a costa de la seguridad de los madrileños, que ha colmado el vaso de los colectivos policiales. Ante esta temeraria decisión, los agentes de paisano han silbado e insultado a Javier Barbero y los gritos más suaves que ha recibido han sido los de “¡Dimisión!” y “¡Dictador!”. Las protestas de los agentes no pueden, no obstante, derivar en algaradas, siempre inaceptables, y los escraches no son de recibido los realice quien los realice y mucho más si los realizan agentes de la autoridad.

Del mismo modo que el Consistorio no puede entrar en guerras de símbolos, incompetencias profesionales ni venganzas ideológicas, bajo las cuales subyace un talante autoritario. La ciudadanía debe tomar buena nota de esta forma de proceder a pequeña escala municipal, y hacerse una idea de sus consecuencias a gran escala nacional, si los Servicios de Inteligencia, el Ejército y los cuerpos policiales de la nación cayesen en manos de este mismo populismo que se estrena sin caretas en nuestros Ayuntamientos.
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