Es sumamente interesante pasar revista sobre lo que se ha dicho en torno a la visita del Pontífice a México. La prensa estadounidense ha destacado el mensaje que lanzó el Papa Francisco, desde las ciudades fronterizas El Paso y Ciudad Juárez, a los inmigrantes; los periodistas mejicanos expresaron su frustración porque el Papa no recibiera a las víctimas de los abusos del clero y a los parientes de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa; en España se decantan por el mensaje que dio el Papa en San Cristóbal sobre el fin de la marginación de los indígenas y la aceptación de la liturgia en sus lenguas. Fueron muchos los periodistas españoles que quedaron encantados, casi en éxtasis místico, por el reconocimiento del Papa de las denigradas y olvidadas culturas indígenas. Son los mismos periodistas que desconocen la labor de España en América desde el mismo descubrimiento.
No se sabe bien si es por la corta memoria, el vicio común de nuestra época, o por algunas otras razones coyunturales, pero el héroe principal de este reconocimiento fue un controvertido teólogo de liberación, el obispo Samuel Ruiz, y el acontecimiento principal el segundo Concilio Vaticano, donde autorizaron el uso de las lenguas nativas para el culto católico. Han preferido echar un tupido velo sobre un episodio clave que precedió las declaraciones papales hace, tomen nota en serio del dato, unos quinientos años. En efecto, hace más de cinco siglos la Santa Sede colaboró en una empresa de gran envergadura: evangelizar un continente. La Corona española consiguió desempeñar el papel clave de este proceso y se encargó de los medios materiales para la evangelización, mientras el Papado controló las acciones y leyes de españoles en el Nuevo Mundo. Sin embargo, fueron los religiosos españoles que se desplazaron a América los que marcaron las normas principales de convivencia con los pueblos indígenas y su inclusión a la civilización occidental. Una de estas normas fue expresada en el primer Concilio provincial celebrado en la muy noble y leal ciudad de México, en 1555, del 29 de junio al 7 de noviembre. Las decisiones tomadas allí se plasmaron en Constituciones del arçobispado y provincia de la muy insigne y muy leal ciudad de Tenuxtitlan Mexico de la nueua España, impresas el 10 de febrero de 1556.
Algunos capítulos merecen nuestra atención: “Que se hagan Doctrinas para los indios [...] con declaración sustancial de los artículos de la fe, y mandamientos y pecados mortales[...] y se traduzgan a muchas lenguas, y se impriman[…]” (cap. 4); “Que los clerigos que ovieren de confesar españoles o indios, sean primero examinados[…] que se les mande aprender la lengua de los indios, dentro de cierto tiempo[…]” (cap. 60). ¿Acaso no merecen estas normas ser alabadas hoy en la declaraciones papales del Santo Padre llegado de Argentina?, ¿por qué no merecen una mera mención como los antecedentes de la labor del Concilio Vaticano y de los teólogos de la liberación? Sin duda, nadie quiere recordar que antes del primer Concilio novohispano, en 1556, ya circulaban impresas cinco doctrinas en castellano y cinco bilingües en castellano y mexicano o náhuatl. Los capítulos citados dieron un impulso al estudio y traducciones de textos a lenguas indígenas como la michoacana, la zapoteca, la misteca, la huasteca, la otomí, la chuchona, etcétera. Nadie sabe bien la cantidad de doctrinas, vocabularios y gramáticas impresas en aquella época. No saben o lo ocultan porque, seamos sinceros, está en boga entre los filólogos y otros estudiosos dedicados al mundo indígena rescatar los libros de archivos, re-elaborarlos y publicarlos como si fuera el fruto de sus investigaciones más recientes. Una práctica cuestionable, pero que funciona de maravilla gracias al desconocimiento generalizado de la historia. Pero, ¿cómo pedirle a los estudiosos cierta honestidad intelectual si el propio Papa no quiere ponderar la labor de los primeros misioneros españoles en América? El Papa Francisco citó el libro Popol Vuh, el libro sagrado de maya, olvidando que su autor, un indígena del XVI, confiesa en las primeras líneas que lo redactó después de haber recibir el bautismo para recordar los ritos y creencias antiguas de sus antepasados.