El insulto a las personas religiosas-y, con especial saña, a los católicos- se ha vuelto tristemente habitual en España. Cuando no se trata de una profanación de sagradas formas so pretexto de una “performance”, es una tergiversación blasfema de una oración. Hace pocos días el objeto de burla y profanación fue el Padrenuestro en presencia de la alcaldesa de Barcelona. Esta semana hemos visto a una concejal de Madrid -que no lo era al tiempo de producirse los hechos- juzgada por irrumpir en una capilla universitaria. Según el escrito de acusación del Fiscal, los acusados“invadieron el espacio destinado al altar, portando imágenes del Papa con una cruz esvástica y leyeron distintos pasajes de la Biblia, así como diversas citas de santos y obispos. Rita Maestre Fernández, así como otras mujeres no identificadas, se desnudaron de cintura para arriba”. Hay colectivos que han hecho de la parodia de sacerdotes, monjas, frailes y obispos parte del imaginario habitual de sus manifestaciones y concentraciones. Alguno pensará que se trataba del Carnaval, pero, en realidad, se producen todo el año y tienen muy poco de fiesta previa a la Cuaresma.
En justicia, hemos de decir que no solo se ofende a los católicos. Hace pocos días una revista que pretende ser satírica, ha publicado una serie de viñetas antisemitas que imitaban -en la técnica y el contenido- a la propaganda nazi de Der Stürmer y Der Angriff. Goebbels hubiese sido un suscriptor fiel de ese semanario que traiciona los dos primeros mandamientos del humor: hacer reír y usar la inteligencia. Ser judío es arriesgarse a que a uno lo boicoteen, lo insulten o lo acusen de cualquier cosa desde genocida hasta conspirador mundial. Ahí tienen el caso de Matisyahu el verano pasado, a quien se llegó a cancelar la invitación a un festival por ser judío. Es cierto que, al final, pudo actuar, pero fue gracias al escándalo que se organizó y que reveló cómo opera la izquierda antisemita en España.
Tampoco se libran de la mofa los musulmanes, aunque creo que, en España, quizás se den menos casos de insultos públicos como los anteriores. Supongo que todos hemos escuchado bromas sobre el jamón o tener “muchas mujeres” como disuasores o incentivos de una hipotética conversión al islam. Sin embargo, algunos valientes contra los judíos y, sobre todo, contra los católicos, se arrugan cuando se trata de hacer bromas con el Profeta Muhammad o con el Corán. No se trata -nótese bien- de respeto sino de miedo. En el fondo -claro está- yace el temor de un atentado terrorista, una agresión o, en suma, alguna forma de violencia. Es significativo que, en lo más hondo de este miedo, palpita la convicción de que la respuesta a la burla será violenta. Así, no se trata de respetar a los musulmanes sino del miedo a los terroristas, que -por cierto- matan, sobre todo, a musulmanes. Como reconoció en su portada de su número 1498 esa misma revista que exhibe tanto coraje contra los católicos y los judíos, “íbamos a dibujar a Mahoma ¡pero nos hemos cagao!” Tendríamos que recordar más a menudo a Ahmed Merabet, el policía musulmán asesinado por los terroristas que atentaron contra Charlie Hebdo.
Admitamos que la sátira requiere de cierta transgresión. A veces, el humor nos lleva a sitios a los que no queremos ir, pero suele guiarlo la inteligencia. En España, por desgracia, lo guía el odio hacia la religión; especialmente, hacia el cristianismo que, en nuestro país, es mayoritariamente católico.
La libertad religiosa es un derecho fundamental -del mismo rango que la de expresión y de creación- y toca directamente una de las dimensiones más profundas del ser humano: su apertura hacia lo que se llama, en Fenomenología de la Religión, el Misterio. Se trata, pues, de una cuestión de libertades y no solo de “sentimientos” (sin soslayar la importancia que éstos tienen). En algunos países como el Reino Unido, parecen tomarse esto bastante en serio. En Edimburgo han condenado a pena de prisión a una pareja que arrojó lonchas de beicon contra una mezquita.
La historia nos brinda ejemplos del peligro que supone el fanatismo religioso, pero también del que entraña el fanatismo político. Hay que estar alerta frente a ambos.
Así, las agresiones contra personas y celebraciones religiosas deberían ser una señal de alarma. En España, estos ataques contra la libertad los protagoniza, por lo general, la extrema izquierda. Es cierto que hay evidentes casos de antisemitismo e islamofobia desde la extrema derecha, pero, hasta ahora, solo los políticos de la izquierda más radical han empleado recursos públicos y foros de gran exposición ante los medios para ofender a los católicos. Tómese el ejemplo de la Cabalgata de Reyes o los titiriteros en Madrid o el Padrenuestro blasfemo en Barcelona o las exposiciones ofensivas con la Eucaristía u otros sacramentos en otros lugares como Pamplona. Insultar a los católicos es garantía de notoriedad y cierto prestigio entre la izquierda más intolerante y radical. Uno puede convertirse en celebridad a costa de hacer escarnio de las creencias de millones de ciudadanos que deben escoger entre callar o defenderse y sufrir, entonces, la acusación de ser inquisidores, intransigentes o susceptibles.
En España solo se reclama tolerancia para los que ofenden a las personas religiosas -sobre todo, si son católicos- y la etiqueta de intolerantes queda para los que defienden, por ejemplo, su derecho a que sus lugares de culto no sean mancillados. La comparación del juicio a Rita Maestre con los procesos inquisitoriales solo revela un profundísimo desconocimiento de lo que fueron la Inquisición y sus procesos.
Hubo un tiempo en Europa en que se quemó el Talmud, se expulsó a quienes profesaban una fe distinta de la mayoritaria y se anegaron campos de batalla por causa de la religión. Todo esto lo hicieron cristianos de distintas iglesias; entre ellos, católicos. Todos ellos han lamentado aquella barbarie. La tolerancia religiosa fue uno de los grandes logros de nuestro continente. Deberíamos haber aprendido a vivir sin ofender a otro por el credo que profesa. Las jornadas de oración por la paz que Juan Pablo II comenzó en Asís en 1986 con 50 representantes de iglesias cristianas y más de 60 de otras religiones son un ejemplo de cómo podemos ser diferentes, pero rezar juntos. El Papa dijo, entonces, que "la oración y el testimonio de los creyentes, independientemente de su tradición, puede hacer mucho por la paz en el mundo".
Quienes tanto pueden hacer por la paz son los que sufren tantos insultos y tantas humillaciones en España.
El desafío es convivir asumiendo que una parte muy significativa de nuestra sociedad -y la mayor parte de la humanidad, si vamos a eso- es religiosa y esto impregna toda su vida: la alimentación, la educación, la ética, la familia e incluso los negocios. Reivindicar la libertad también es exigir que los lugares de culto y las creencias sean respetados. Dentro de los límites de la convivencia y de la razón, uno debería poder vivir una vida religiosa si así lo desea. A algunos les molesta que haya espacios para orar en los lugares públicos. Yo creo que, en realidad, lo que más detestan es que sean capillas cristianas. De todas formas, ojalá hubiese más lugares para tener una vida espiritual en una sociedad donde importa más lo que uno tiene que lo que uno es. Así nos va.