La noticia de un posible túnel submarino que uniese Francia e Inglaterra fue en su momento un auténtico bombazo. Desde el lado británico, en cambio, lo veían con su tradicional flema. Creo que fue en The Times donde aparecía una viñeta memorable, en la que se veía a dos ingleses opinar sobre el asunto. Uno de ellos comentaba la portada del periódico con estas palabras: “bien; por fin el Continente dejará de estar aislado”. Ahora podría volver a estarlo, si el próximo 23 de junio Reino Unido decide en referéndum abandonar la UE. Y en gran medida, uno de los factores más determinantes será la actual crisis migratoria.
Cerca de Calais, en las inmediaciones del lado francés del Eurotúnel, hay un asentamiento de inmigrantes irregulares. Esperan su oportunidad para cruzar a suelo inglés por vía subterránea, jugándose -y en muchos casos perdiendo- la vida. Ya en su día, Londres tuvo dudas acerca del acuerdo Schengen. No acababa de ver eso de la libre circulación, con el riesgo de que se le pudiera colar cualquiera en su isla. Cualquiera, dicho sea de paso, pidiendo alfombra roja y banda de música para entrar. Y eso, guste más o menos, es justo lo que está pasando en Europa.
En 1965, la UE que hoy conocemos ni se soñaba. Bélgica, Francia, Italia, Alemania, Luxemburgo y Holanda conformaban la Comunidad Económica Europea -CEE-. Un desacuerdo sobre política agraria hizo que el ministro francés Couve de Murville abandonara la reunión y dejase a la institución huérfana de quórum durante 6 meses. Es lo que se conoció como “crisis de la silla vacía”, expresión que ha vuelto a usarse estos días -erróneamente- para intentar hacer una similitud entre el caso francés de entonces con el eventual abandono inglés.
Cameron teme esta posibilidad. Como buen británico, lleva de serie un gen euroescéptico, pero no es tonto. Sabe que está mejor dentro que fuera, y no está dispuesto a que le sigan diciendo cómo tiene que hacer según qué cosas en el plano doméstico; en especial, la política migratoria. Es partidario, junto a otros muchos socios europeos, de endurecer los requisitos para entrar y permanecer aquí. Con toda razón.
Las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial hicieron recapacitar al Viejo Continente sobre la necesidad de evitar que algo semejante volviera a pasar. Era clave la unión, así como transformar Europa en un lugar de acogida y oportunidades. España, con la Guerra Civil, también tuvo lo suyo. Muchos se fueron en busca de un futuro mejor, como hacen hoy sirios, afganos o subsaharianos. Pero con una diferencia: los españoles -y europeos- de hace 50 años aceptaban las reglas de juego, y gracias a ello muchos de ellos salieron adelante. Sé bien de lo que hablo, porque soy hijo y nieto de emigrantes.
América, de norte a sur, les dio la bienvenida, pero dentro de un orden. Sólo entraba quien tenía los papeles en regla, acreditaba un lugar donde poder quedarse y demostraba que estaba sano y que carecía de antecedentes penales. Además, desde México a Chile había una gran demanda de trabajadores, de todo tipo. Mis padres, mis abuelos y todos los que dejaron su país lo hicieron para labrarse un futuro mejor a base de trabajo, no de subsidios. No pensaban en sanidad gratis, educación gratis, paro gratis y una vivienda de protección oficial a costa de los nacionales del país donde iban. Tampoco se les ocurría criticar las costumbres de allí donde les acogían. Porque los de allí, desde México a Chile, eran muy conscientes de su identidad, como es de ley. En la actualidad, sin embargo, un fantasma recorre Europa: el del papanatismo. Hay paro, crisis económica y un evidente peligro de islamización. Frente a ello, los progres de turno optan por barra libre: que vengan todos, que aquí les pagamos la casa, el cole, el hospital y las chuches. En el Reino Unido se han dado cuenta de esto, y no les gusta un pelo. Porque de aquí a nada no habrá sillas vacías para los europeos, ya que estarán todas ocupadas por los que vinieron a quedárselas.