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TRIBUNA

Emotiva despedida a Umberto Eco

miércoles 24 de febrero de 2016, 20:08h
Actualizado el: 24 de febrero de 2016, 20:35h

El pasado 19 de febrero se nos fue Umberto Eco, filósofo, escritor y semiólogo italiano, a la edad de 84 años. El hecho de que más de mil personas le despidieran ayer en Milán, aunque solo hubiera espacio para alrededor de ochocientas, es sólo un gesto simbólico del cariño, la admiración y la estima intelectual que despertaba entre multitudes su figura.

El funeral se celebró en el Castillo Sforzesco, construido en el siglo XV, por el que tenía predilección el escritor y, respetándose su deseo, la ceremonia se desarrolló en un tono laico lo que, en cierta medida, nos evoca el descreimiento y abandono de la Iglesia católica que sufrió, paradójicamente, a raíz de la elaboración de una tesis doctoral sobre la estética de Santo Tomás de Aquino.

En aras de que se le rindiera un sentido homenaje se colocó su toga de la Universidad de Bolonia, donde el semiólogo había desempeñado el puesto de catedrático de Filosofía y donde había puesto en marcha la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, conocida como la Superescuela, al tener como principal objetivo la difusión de la cultura entre licenciados con un alto nivel de conocimientos. También había sido fundador de la Asociación Nacional de Semiótica, de la que aún era su secretario.

Escritores, políticos, editores y músicos, además de amigos, familiares y personas ilustres del mundo académico, entre otros, el Rector de la universidad de Bolonia, Francesco Ubertini, apreciaban a este autor de best sellers como El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault, y es que, como el propio Eco reconocería, para sobrevivir no tenía más remedio que contar historias.

A Umberto Eco se le recordará como un verdadero maestro y como un gran sabio de la vida (como diría el ministro de Cultura, Dario Franceschini, “tenía una biblioteca dentro de sí mismo”) porque, en suma, era un artista de la vida. El director y actor Roberto Benigni sentenció con gran acierto que “personas como él son necesarias en la Tierra, no en el cielo”.

Con su marcha, Eco nos deja todas sus lecciones de vida a través de una amplia obra pero a sabiendas de que “los libros no están hechos para que uno crea en ellos, sino para ser sometidos a investigación. Cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa”. Resulta de justicia así recordar su humildad intelectual y su actitud anti-arrogante y de aire irónico y provocador. Estoy segura de que esta interesante mezcla de virtudes le ayudó a afrontar el futuro desde la curiosidad y la ambición de seguir permanentemente aprendiendo. Creo que el presidente de Francia, François Hollande, acertó al referirse a él como un inmenso humanista, que se interesaba por todo y que estaba “igual de cómodo con la Historia medieval que con los cómics” (…) “nunca se cansó de aprender y de transmitir su inmensa erudición con elocuencia y humor”.

Otra de sus indiscutibles cualidades –que no podemos pasar por alto- era su gran capacidad de trabajo y tenacidad. De hecho, sus problemas de salud de los últimos años no fueron un obstáculo para seguir escribiendo. Concretamente, en su libro póstumo Pape Satàn Aleppe —que se nutre de los artículos que publicaba en el semanario L’Espresso, se puede decir que queda reflejada la historia de los últimos quince años. De ahí que el subtítulo elegido sea el de Crónicas de una sociedad líquida. Por suerte para muchos, no tendremos que esperar más que unos días para poder hacernos con esta publicación que sale anticipadamente. Me vienen a la mente otras obras suyas sobre las que resulta imposible permanecer indiferente: Apocalípticos e integrados y Obra abierta, que despiertan en el lector la reflexión ante las tesis atrevidas que allí se defienden.

Eco sintió desde muy joven una gran atracción por el periodismo. De hecho, al poco de doctorarse, se estableció en Milán, participando en un concurso de la RAI -la televisión pública italiana- del que salió victorioso, convirtiéndose en compañero del periodista Furio Colombo y del filósofo Gianni Vattimo en una gran empresa dirigida a promover la vida cultural.

La última de las obras de su brillante e intensa carrera, Número cero, constituye una mirada crítica personal sobre la crisis del periodismo en los tiempos actuales. La trama de Número cero, ambientada en 1992 por ser un año clave de la historia italiana por el caso Tangentopolis, se desarrolla en la redacción de un periódico incipiente donde confluyen multitud de grupos que agitaban con fuerza al país de entonces: la logia masónica P2, las Brigadas Rojas, esto es, el ocaso de una era y el nacimiento de otra nueva que protagonizaría su poco apreciado y siempre controvertido Silvio Berlusconi. Si Umberto Eco se enfrentó a Berlusconi es porque lo consideraba en las antípodas de su pensamiento y de su actitud ante la vida.

Supo ser leal a sus amigos y a su vocación. Por ello no sorprende que en el mes de noviembre de 2015, Umberto Eco -junto a Sandro Veronesi, Hanif Kureishi y Tahar Ben Jelloun- fundara una nueva editorial, La nave di Teseo, tras oponerse sin éxito a la fusión entre Mondadori y el grupo RCS. En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”. Tenemos que agradecerle que con su rica y fecunda obra haya conseguido que muchos de nosotros descumplamos años al hacernos asiduos a la lectura de sus escritos.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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