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Evo Morales acepta, pero no asume, su derrota

EL IMPARCIAL
viernes 26 de febrero de 2016, 11:16h

Al fin, Evo Morales y su partido Movimiento al Socialismo (MAS) se han visto en la obligación de admitir a regañadientes que han perdido el plebiscito a través del cual Morales se proponía perpetuarse en la presidencia de Bolivia sin limitación temporal alguna. En realidad, Evo Morales ya se saltó hace tiempo el cupo máximo de ocho años para ocupar el Palacio Quemado. La argucia utilizada fue no contabilizar los años en la presidencia anteriores al Estado Plurinacional que logró imponer en el país. Ahora se cumplen, pues, once años reales al mando de la nación, tras ganar todas las batallas electorales. Pero para Evo Morales esto no le era suficiente. Según sus propias normas, no tiene derecho a presentarse a las próximas elecciones de 2019 y esa expectativa se le hacía intolerable. El mandatario populista está convencido de que ejerce un liderazgo irremplazable, y que sin él, el país simplemente se derrumbará. Una mentalidad caudillista sobradamente conocida.

Esa borrachera de poder es la que le ha conducido a encajar tarde y de malos modos la derrota del referéndum. Su reacción delata su escaso talante democrático. Culpa del resultado adverso a un supuesto racismo contra los indígenas, a la confabulación del imperialismo extranjero con la oligarquía interior y a la “guerra sucia” informativa durante las semanas que precedieron a las votaciones. Pero lo cierto es que un considerable número de votantes tradicionales de Evo Morales, incluyendo agrupaciones juveniles, dirigentes sindicales y pensadores de izquierda, le han retirado su apoyo ante las arbitrariedades autoritarias que jalonan su último mandato. La puntilla vino a través de un escándalo mayúsculo donde un affaire amoroso se daba la mano con la corrupción política. Las informaciones periodísticas evidenciaron que Evo Morales había mentido sobre su relación con su amante secreta Gabriela Zapata, el hijo oculto de ambos y el desvío de cuantioso dinero público a favor de las empresas que ésta representaba. El populismo ha venido demostrando una singular habilidad para manipular a la ciudadanía, pero las falsedades no se pueden mantener eternamente escondidas bajo la alfombra.

Este revés se suma a otros no menos significativos en los populismos hispanoamericanos, que tan estrechos lazos de colaboración y ayuda mutua se prestan entre sí. La derrota del oficialismo kirchnerista en Argentina, la nueva Asamblea Nacional de Venezuela y este “no” a Evo Morales en Bolivia, forman parte de una misma reacción contra esa lacra que ha lastrado la democracia en la región. Que el presidente boliviano acepte el resultado de las urnas no significa que lo asuma y se resigne a él. En su momento, Hugo Chávez perdió un plebiscito similar, pero encontró otras vías para imponer su propósito. Que Evo Morales haya declarado que la “guerra no se ha perdido” parece indicar que no ha dejado de tener en cuenta el ejemplo de su admirado líder venezolano y trame una jugada política similar. Para evitarla, y tanto más aún, para desalojar a los populistas definitivamente del poder, la oposición boliviana debe renovarse con prontitud. Dejar atrás viejas figuras desacreditadas y encontrar una unidad democrática en torno a un proyecto rejuvenecido a la altura de las circunstancias que exige el siglo XXI. Solo el primer paso está dado, pero faltan otros más y de mayor calado.

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