www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

España como problema

sábado 27 de febrero de 2016, 17:10h

España es una nación con un gran legado histórico y cultural, pero nuestra identidad colectiva nunca ha dejado de ser problemática. De hecho, muchos sueñan con la división del territorio nacional en pequeñas repúblicas que liquiden quinientos años de vida en común. ¿Por qué esa desafección? ¿Por qué esa resistencia a reconocer nuestra riqueza como nación y nuestro potencial como sociedad? Se trata de preguntas fundamentales que condicionan nuestro presente y determinarán nuestro porvenir. Es imposible contestar de forma individual, pues el problema sólo se resolverá con una respuesta colectiva. No me refiero a la posibilidad de una consulta popular, sino a la configuración de una idea de España que resulte sugestiva y despierte una ilusión perdurable. Ya en 1910 escribía Ortega y Gasset: “España es el problema primario, plenario y perentorio”. Un cuarto de siglo más tarde el conflicto, lejos de atenuarse, se había exacerbado de tal manera que la perspectiva de una guerra civil parecía ineludible. Actualmente, España no se halla en el umbral de una catástrofe semejante, pero el paro, la pobreza, la corrupción y la desigualdad alimentan una percepción negativa de nuestra realidad nacional. Parece que España es la causa de todos los males. Para muchos, simboliza el franquismo, las corruptelas, el caciquismo, sin reparar en que la identidad de un país no se define por las miserias de su clase política, sino por sus logros culturales y su cohesión social.

España es el país de Cervantes, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, Quevedo, Gracián, Velázquez, Goya, Tomás Luis de Victoria, Cristóbal de Morales, Pérez Galdós, Clarín, Miguel de Unamuno, Antonio Machado y García Lorca, por sólo citar unos pocos nombres. También es el país que se echó a la calle para solidarizarse con las víctimas del 11-M o protestar contra el cobarde asesinato de Miguel Ángel Blanco. Asimismo, es el país con cinco millones de voluntarios que reparten comida, productos de higiene o material escolar. O que colaboran en programas de formación de profesional para desempleados, ayudan a alumnos con problemas en los estudios o cuidan desinteresadamente a menores, ancianos y discapacitados. España –además- es el país que logró salir de una larga dictadura sin naufragar en el caos. La Transición transformó un régimen autoritario en una sociedad libre, abierta y plural. No fue un proceso sencillo y exento de traumas. Es imposible olvidar los trágicos intentos de desestabilizar la recién implantada democracia mediante atentados terroristas y tramas golpistas. Gracias a la Corona, los políticos reformistas del último franquismo y la responsabilidad de las fuerzas de la oposición, España pudo convertirse en un país con un ordenamiento constitucional que garantizaba derechos y libertades homologables con los de cualquier democracia europea. Aunque ETA no cesó de atacar a la sociedad hasta hace algo menos de cinco años, prevaleció la madurez y anhelo de convivir en paz. Sólo unos pocos se dejaron seducir por la bandera del odio y la intolerancia. Y la historia ha acabado derrotándolos, marginándolos. La recesión mundial que empezó en 2008 ha dañado gravemente esas décadas de progreso y estabilidad, avivando las tendencias secesionistas y los discursos demagógicos. No simpatizo con el neoliberalismo, que alimenta el individualismo, merma el sentido de comunidad y desdeña lo espiritual, pero me resulta más inquietante que se rescaten viejas ideologías causantes de pavorosos genocidios. Los aprendices de brujo con plaza de profesores universitarios deberían releer a Hannah Arendt, que advirtió tempranamente el estrecho parentesco entre nazismo y comunismo, cosechando la incomprensión de una izquierda enamorada de las purgas revolucionarias.

Pedro Laín Entralgo publicó en 1949 un libro que hizo historia, España como problema, que planteaba la necesidad de conciliar tradición y modernidad en una nación con hondas raíces católicas y un liberalismo impregnado de sincero patriotismo. No es posible construir el futuro, ignorando la conjunción de fuerzas que han intervenido en nuestro devenir histórico. No se puede hablar de paz y progreso, si no existe el propósito de hallar un punto de encuentro. Laín lamentaba “la dramática inhabilidad de los españoles, desde hace siglo y medio, para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de su constitución política y social”. El problema de España es uno de los vértices de la cuestionada generación del 98. En cada autor se manifiesta de modo diferente: “Es la abulia que Ganivet diagnostica, el marasmo que angustia a Unamuno, la depresión enorme de la vida, que Azorín advierte, la visión de una España vieja y tahúr, zaragatera y triste, que asquea a Antonio Machado…”. Laín, católico convencido, se rebelaba contra el tradicionalismo que identificaba el progreso con el mal y, en la misma línea que Ortega y Gasset, pedía la modernización del país. Creía que era posible una síntesis de catolicismo y modernidad. En una sociedad cada vez más secularizada, una fórmula semejante parece anacrónica, pero lo cierto es que la sensibilidad católica y el laicismo no han desaparecido. Y, lo que es peor, continúan trágicamente enfrentados. Pienso que no existirá una conciencia nacional sólida y esperanzadora hasta que esas dos tendencias aprendan a convivir y respetarse, trabajando conjuntamente por el bienestar común. Laín Entralgo recriminaba a la derecha su “incapacidad para la denuncia de cualquier fechoría en aras del que ella consideraba su orden” y reprochaba a la Iglesia su estrechez de miras, fuente de un creciente escepticismo religioso. Laín no se mostraba menos crítico con la izquierda, igualmente renuente a la hora de reconocer sus crímenes. En su opinión, la guerra civil no estalló en 1936, sino que ya había comenzado con la Revolución de Asturias, una sublevación alentada por los socialistas, incapaces de aceptar un resultado electoral adverso. En la última entrevista que concedió a televisión, Laín señaló que la Transición se había quedado incompleta. Desde su punto de vista, se había escenificado una falsa reconciliación. La Transición no culminaría hasta que los dos bandos expresaran públicamente un arrepentimiento sincero por sus errores y atrocidades. Es evidente que el fusilamiento de las Trece Rosas fue tan repugnante como el de los ocho carmelitas asesinados en las tapias del cementerio de Carabanchel Bajo, pero actualmente prevalece un relato asimétrico de los hechos, que casi justifica la inmolación de los religiosos. No es menos reprobable oponerse a que los familiares de las víctimas del franquismo recuperen sus restos y puedan enterrarlos dignamente. Pedro Laín Entralgo murió en 2001. Me temo que su clarividencia le impediría modificar su juicio. El problema de España sigue sin resolverse, pese a que está en juego nuestra pervivencia como nación.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios