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TRIBUNA

Políticos y estadistas

Alejandro San Francisco
martes 15 de marzo de 2016, 20:24h

La situación política es compleja y confusa en distintos lugares del mundo. Así lo muestra el proceso electoral norteamericano, la indefinición gubernativa en España o la eventual destitución de Dilma Rousseff en Brasil. A esto se añade la peligrosa polarización que se ha producido en Venezuela, la proliferación de diversos populismos en Europa y América Latina, o simplemente la irrupción de nuevas formas de protesta social que no siempre encuentran una adecuada canalización o respuestas oportunas.

Si en la década de 1980, por ejemplo, el problema era transitar hacia la democracia, desde las dictaduras latinoamericanas o bien desde las dictaduras comunistas en Europa Oriental, después de casi tres décadas han emergido problemas nuevos que, con seguridad, también requieren respuestas distintas. En las últimas dos décadas del siglo XX parecía natural que los líderes opositores a los regímenes autoritarios asumieran los gobiernos al finalizar las respectivas transiciones. Hoy es distinto y conviene detenerse en el asunto. Quizá la clave, como en otros momentos de crisis, sea repensar la figura del estadista, como complemento necesario de los políticos que habitualmente circulan en la vida pública.

¿Qué distingue al estadista y por qué es tan necesario en la actualidad?

En primer lugar, hay una cuestión de sentido, por cuanto le interesa el poder, pero no como un fin, sino como un medio. Por lo mismo se somete al escrutinio público, e incluso es capaz de aceptar derrotas dolorosas y que podrían parecer injustas, como las de Winston Churchill después de la Segunda Guerra Mundial o la de Lech Walesa en su candidatura a la reelección en la Polonia democrática, después de haber encabezado durante años -y con inmensos riesgos personales- el sindicato Solidaridad y la recuperación de la libertad en su país. El estadista no cambia las reglas para poder reelegirse donde antes no se podía, como lo hacen tantos populistas cada vez que pueden; vive para servir y no para servirse. En otras palabras, es una persona que sospecha de sí mismo -como gustaba recordar Vaclav Havel en un hermoso discurso en 1991- cuando empiezan a gustarle los privilegios asociados al poder, cuestión que se puede combatir si se tiene "un espíritu de alerta especialmente desarrollado".

En segundo lugar, un estadista es una persona con convicciones, que está convencido de que sus ideas son las mejores y lucha por difundirlas y transformarlas en decisiones de administración o en leyes de una sociedad. Sin embargo, también es capaz de buscar y alcanzar acuerdos de Estado -o entre estados- y no solo de imponer su propia visión de las cosas. Sabe que los problemas complejos hay que enfrentarlos con sabiduría y no con ideología, y comprende que en las sociedades plurales se requiere un esfuerzo especialmente delicado para entender los puntos de vista de otros y procurar acuerdos con ellos que hagan a los países más gobernables y estables. Las transiciones democráticas, la construcción de sociedades después de las guerras mundiales o la superación de grandes problemas -como el apartheid en Sudáfrica, por ejemplo- han tenido a muchas de estas personas en el primer lugar del servicio público, como ilustrarían los casos de Nelson Mandela o Adolfo Suárez.

En tercer lugar, un estadista del siglo XXI es una persona que es capaz de relativizar las encuestas, a pesar de que sabe que tienen un gran valor como termómetro de la opinión pública en un momento determinado, como un indicador de la percepción positiva o negativa hacia las ideas que se tienen o las acciones que se ejecutan. Sin embargo, relativiza el instrumento, no se hace esclavo de las opiniones, rechaza la tentación populista, precisamente porque sabe que la política también implica convicciones profundas, que no se transan por votos, no se venden por influencia, no se negocian por poder. Quizá alguno piense que el ejemplo de Tomás Moro es excesivo o fuera de época, pero sigue siendo un punto de referencia moral y de fortaleza en días de mayor ambigüedad y relativismo.

En cuarto lugar, un estadista respeta las instituciones, las protege en cada momento y las prestigia con su actuación pública. Sabe que las personas son pasajeras en los cargos, y que las sociedades funcionan cuando tienen instituciones sólidas y bien diseñadas. Un político cualquiera, mal aconsejado o derechamente desviado de su verdadera función, podría caer en el personalismo, en confundirse con el bien de su país o en arriesgar la Constitución para mantener su propia posición de poder. Un estadista conoce sus límites en el Estado de derecho o en los contrapesos estatales, rechaza la tentación de la corrupción, porque sabe que va horadando por dentro el sistema democrático, no practica el nepotismo, cuida los recursos estatales como si fueran propios. Es capaz de dar un paso al costado cuando corresponde, y de regresar a la vida privada con la frente en alto, para seguir sirviendo desde otros lugares.

Finalmente, un estadista es una persona que no exalta su propia importancia, pues sabe que la vida no comenzó con él -por eso lee y valora la historia-; se reconoce limitado en sus capacidades, por eso forma y confía en equipos de trabajo y no simplemente en sus capacidades, por destacadas que sean; comprende que la política es muy importante, pero no es todo y por eso comparte con sus amigos, valora su familia, se preocupa por los demás y reserva tiempo para otros temas. Es decir, es alguien que procura ser normal y trata de ser buena persona, con todo lo poco y lo mucho que eso significa en estos tiempos.

Es verdad que vivir estas y otras virtudes de la función pública no es fácil, pero tampoco son cuestiones de otro mundo. Alguien podría intentar ser más sensato y noble no por una particular grandeza de espíritu, sino por un mínimo autoconocimiento y realismo. Además, la historia demuestra que muchos políticos tienen la capacidad para transformarse en estadistas, cuando les llega la hora y cuando logran hacer un examen de circunstancias y actuar por una genuina vocación de servicio.

El mundo tiene muchos problemas del más diverso tipo. En el ámbito público, una buena forma de superar las pruebas que nos plantea el siglo XXI es superar el peligro de los demagogos, la triste hora de los populistas, el amargo aprovechamiento de los oportunistas. Vivimos tiempos hermosos y de oportunidades, tiempos para estadistas.

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