Los que formamos parte de la sencilla democracia, los que por ende abrigamos el respeto a las instituciones y, en definitiva, los que contribuimos arrimando el hombro para mantener la cultura de lo sobrio, no tenemos por más que sentir vergüenza ajena cuando alguien no sabe discernir la línea que separa el odio de la compostura. Ada Colau tiene todo el derecho a pensar como ella quiera, faltaría más, incluso a representarse a sí misma como la eterna enemiga de todo aquello que no forme parte de su fondo de armario ideológico; ahora bien, en el cargo público que ostenta, no solo es responsable de sus propios actos, sino también de lo que proyecta cuando su inopia educativa la deja en ridículo a ella y también a la institución que representa.
Me da igual que esta señora sea la alcaldesa de Barcelona como si lo es de Bularros de Cornija. Nada tiene que ver el municipio si el bastón de mando lo convierte en una fusta al servicio de la acrimonia más profunda hacia quienes no forman parte de su cuerda. Los ciudadanos libres, mucho antes de que ella viniera al mundo, inventaron algo llamado respeto y educación, curiosamente asignaturas que, a pesar de cuantos han tratado de ultrajar con revoluciones y demás componendas, no han conseguido erradicar en los miles de millones de personas que aún sabemos diferenciarnos de quienes se flagelan con rebenque de hiel.
Faltar el respeto a nuestras Fuerzas Armadas es erosionar la lealtad de todos cuantos perseveran en una misión de salvaguarda al servicio de la vida, de la paz y de la convivencia. Faltar el respeto a nuestras Fuerzas Armadas no es otra cosa que disfrazarse de pacifista en el entierro de la sardina. Faltar el respeto a nuestros soldados es como dejar huérfanos a tantos hombres y mujeres que hacen la instrucción para la no violencia, pero sí para el orden, la urbanidad y la disciplina; valores éstos, por cierto, tan denostados últimamente por quienes se consideran ser los dueños del mambo y piensan que el mundo solo les pertenece a ellos y a su manera dictatorial de administrarlo.
Ada Colau, busca espacios para no mezclarse con quienes promueven valores humanitarios y educativos de progenie castrense. No la importa hacerlo en público y ante una representación militar que brinda a los jóvenes la oportunidad de formación, trabajo y futuro en el Salón de la Enseñanza, de Barcelona. No es ese el conflicto que tiene Colau, es el reflujo de sus propios intestinos lo que no la deja controlar al helicobacter pilori que lleva en su aparato digestivo impidiéndola erradicar cuanta bilis atesora; porque una cosa es odiar cualquier guerra, como así hacemos los pacifistas de bien, y otra muy diferente es hacerlo sobre los militares que profesan la vocación de impartir docencia e incluso entregar hasta su propia vida al servicio de los demás.
Usted, Doña Ada, con sus muestras de inquina no dignifica los principios fundamentales del ser humano, es decir, saber respetar la libertad de cada cual sin mayores estridencias. Y para eso hay que mamarlo desde la neutralidad de una buena educación y una letanía con mejores principios, más que nada, porque la abundancia de cultura viene como fruto de una siembra de buena simiente, y créame, entre nuestros instructores siempre estuvieron presentes aquellos forjadores de amplio compromiso con la sociedad civil.
Desmilitarizar la educación, como usted promulga, no trae causa de peores educandos, basta hacer recuento de los miles y miles de servidores que hemos cumplido con el servicio militar obligatorio o voluntario y aquí estamos anteponiendo el amor a la guerra, pero conscientes de que los espacios entre militares y civiles no se pueden separar -cosa que a usted incomoda-, entre otras razones porque nuestros ejércitos colaboran en amparar nuestras vidas ante cualquier catástrofe natural o humanitaria.
En fin, quienes hemos besado la bandera hemos aprendido a besar el compromiso de lealtad hacia nosotros mismos, por eso cada cual debe tener la libertad para ocupar los espacios que en provecho de una misma sociedad le corresponde por igual.