Cerca de Alcalá de Henares, hay un pueblecito con una pequeña plaza, una fuente de piedra y una iglesia antigua, con una torre mudéjar. La torre imprime ligereza a un edificio que parece una roca en mitad del desierto. Los campos verdean al filo de una primavera que ha despuntado temprano. Los almendros florecieron semanas atrás y ya hay bandadas de golondrinas, construyendo sus nidos. El frío invernal se ha retirado, pero a veces reaparece fugazmente para arrojar algo de escarcha sobre los campos de trigo. El tiempo ha enloquecido, tal vez contagiado por los humanos, que actúan como pequeñas deidades, alterando los ciclos naturales. Poco antes de las ocho de la tarde, la campana de la iglesia empieza a sonar, anunciando la inminencia de la Misa. A diario, el templo apenas acoge a unas veinte personas, cuya fe soporta las inclemencias de una época reacia a las cosas del espíritu. Yo intento acudir unos minutos antes del inicio de la celebración. La nave semivacía parece el umbral de otra vida, mucho más verdadera que la rutina de cada día. El tacto del agua bendita me produce el mismo alborozo que el sol asomándose por el horizonte. Siento que mis dedos se contagian de la alegría de los pájaros, que cantan mientras el cielo se llena de rojos, morados y violetas.
Después de realizar la genuflexión ante el altar, avanzo lentamente por una de las naves laterales, emocionado por el hondo silencio. El sagrario desprende una luz dorada que prefigura el misterio de la eternidad. En su interior, la custodia palpita como un corazón impaciente, anhelando fundirse con los que buscan su ternura. Aunque contemplo todos los días la imagen de Cristo, siempre experimento la sensación de recibir un don inesperado. Aparentemente, es la figura de un reo martirizado, que expira lentamente, con el vientre hundido, la cabeza inclinada y los párpados vencidos por el agotamiento. Sin embargo, no inspira desolación, sino esperanza. El ser humano se obstina en alejarse de Dios, pero no puede librarse de la fidelidad de un amor que no pertenece a este mundo. Águeda tampoco parece de este mundo. Es una joven que asiste a Misa casi todos los días. Morena, menuda, con el pelo corto y los ojos castaños, suele abrazar a los que se cruzan con ella. Nunca escatima una sonrisa y unas palabras de afecto, con su voz dulce y levemente entrecortada. Le gusta sentarse al lado de los niños y extender el brazo sobre sus hombros. Cuando llega la Eucaristía, se coloca tímidamente en la fila y comulga con sencillez. No creo que haya un alma más limpia en la parroquia. Su mirada parece un río de aguas cristalinas, bajando por unas riberas vestidas de chopos, fresnos y sauces. Es imposible concebir una transparencia más alta. Si alguien buscara una sombra, fracasaría estrepitosamente. En esos ojos sólo hay claridad e inocencia.
Águeda es diferente. El lenguaje revela su torpeza cuando se enfrenta a la verdadera belleza. Me parecen inaceptables casi todas las palabras que se emplean para describir a las niñas y jóvenes como ella. Algunas resultan despectivas; otras, insuficientes. Águeda tal vez no es capaz de resolver un problema matemático o encadenar subordinadas para componer un párrafo complejo, pero su inteligencia es mucho más profunda que la repelente arrogancia de la ciencia, ebria de fórmulas y apotegmas. Está más cerca de Dios que la mayoría de los seres humanos. María Zambrano ha comparado la experiencia mística con el claro de un bosque. Sólo unos pocos acceden a ese centro remoto y escondido. No es un lugar inaccesible, pero nuestras miserias se conciertan para crear una distancia insalvable. A veces pisamos ese claro, sin advertir su carácter sobrenatural. Lo divino no es una visión clara y distinta, sino la certeza o intuición de una presencia. No hay que buscarlo. Si lo hacemos, si no nos dejamos llevar, pasará a nuestro lado, sin que lo apreciemos. Hay que esperar a que se manifieste y nos llame. En ocasiones, el claro del bosque se abre un instante y se cierra. Yo creo que Águeda ha encontrado ese claro y permanece en él, disfrutando de su plenitud. Por eso es especial.
En un mundo desencantado, Dios parece una quimera, pero su ausencia nos aboca a la desesperación. Nadie contempla la muerte con indiferencia. Sólo un desalmado observa impasible el dolor ajeno. Si no hay Dios, Shakespeare no se equivocaba al describir la vida como “un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que nada significa”. La duda es inseparable de la fe. Nadie debe preocuparse, cuando su fe tiemble como una llamita a punto de apagarse. Un pastor evangélico me comentó una vez que desconfiaba de una fe sin dudas, pues la fe es una vivencia intensa y problemática. Escuché a un sacerdote católico repetir la misma idea, asegurando que hasta los santos contienden con la duda. Yo pensé inmediatamente en San Manuel Bueno, mártir (1930), la novela de Unamuno que relata el drama interior de un sacerdote sin fe, pero que imita heroicamente a Cristo. El cristianismo no es para mediocres. Exige una tensión trágica y su eco impregna incluso la vida de los escépticos, que –sin saberlo- buscan a Dios, pues en el corazón humano late con fuerza el anhelo de verdad. Cuando contemplo a Águeda, repartiendo abrazos y sonrisas, siento que se abre un claro, que Dios está muy cerca, que no es una ilusión, sino el único horizonte que puede aplacar nuestra sed de vida, esperanza y fraternidad. No puedo comprender la pobreza espiritual de los que fantasean con un mundo sin niños y jóvenes como Águeda. Su presencia en el mundo es un inestimable regalo, una prueba de la ternura de Dios, que nos llama de infinitos modos. Águeda parece pequeña, pero es mucho más grande que el resto de nosotros. Para Simone Weil, “el pecado es una mala orientación de la mirada”. Mirar a Águeda es mirar a la Verdad, que se hizo carne y murió en la Cruz. No permitamos que nuestros ojos se extravíen, ignorando la verdadera belleza de este mundo.