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NOVELA

Ian McEwan: La ley del menor

domingo 20 de marzo de 2016, 18:04h
Ian McEwan: La ley del menor
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Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 216 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. El escritor británico vuelve a impactarnos con una novela de dilemas morales, en la que sobresale un espléndido retrato femenino, el de su protagonista la jueza Fiona Maye.

Por Ángela Pérez

Fiona Maye, protagonista de La ley del menor, piensa que tiene todo controlado en su vida. Cuenta con un trabajo como jueza del Tribunal Superior especializada en derecho de familia, que le supone no pocos quebraderos de cabeza, pero también prestigio y respeto como la impecable profesional que es. Y lleva más de treinta años casada con Jack, profesor universitario de historia antigua. Su matrimonio, sin hijos, discurre con aparente normalidad. Sin embargo… Siempre hay un “sin embargo” en las vidas aparentemente perfectas, aparentemente bajo control. Ese “sin embargo” en el que los grandes novelistas escarban y descubren hondos socavones.Y, sin duda, el británico Ian McEwan (Aldershot, 1948) es un gran novelista. Lo ha venido demostrando en obras como El inocente, Los perros negros, Solar, y la fascinante Expiación, y vuelve a hacerlo en La ley del menor.

Un domingo de junio -los domingos matan más personas que las bombas-, Fiona, aunque bebe raras veces, se dispone a servirse su tercer whisky. Debe trabajar en una sentencia, pero no puede concentrarse, pese a ser muy disciplinada. Resuenan en su cabeza las palabras de su marido: “Lo necesito. Tengo cincuenta y nueve años. Es mi último cartucho. Todavía no he visto pruebas de que exista otra vida después de ésta”. Lo que necesita el esposo de Fiona es vivir una aventura con una joven: “Fiona ya conocía el nombre de la mujer, Melanie. No tan lejano del nombre de una forma mortal de cáncer de piel”. Jack no le está pidiendo el divorcio y confiesa que quiere a Fiona. Solo le lanza un órdago al solicitar su permiso y su comprensión para realizar ese deseo. A Fiona, dedicada en cuerpo y alma a su trabajo, que ha convertido en el centro de su existencia, le pilla por sorpresa. Está acostumbrada a enfrentarse, y resolver, con la ley en la mano, intrincadas situaciones en las que debe velar por el bienestar de esos menores, cuyos padres se engarzan en feroces combates, o tienen un quizás equivocado concepto de lo que es bueno para aquellos.

Por ejemplo, Fiona tiene que dirimir un caso en el que unos padres ultracatólicos se niegan a que se separe a sus gemelos siameses, Matthew y Mark, porque la intervención supondría la muerte de uno de ellos en ese mismo momento, aunque el otro podría desarrollarse normalmente, Pero si permanecen unidos morirán pronto los dos. Opción que, no obstante, sus progenitores prefieren, pues mantienen que “Dios daba la vida y sólo Dios podía quitarla”. O el de unas niñas judías, hijas de un matrimonio concertado. La pareja tuvo problemas desde el principio, y ahora el marido reclamaba que las niñas recibieran una educación estrictamente ortodoxa, mientras que la mujer aboga por una más liberal y que no las restringiera al papel secundario y limitado a las tareas de la casa que ella misma tuvo que sufrir. Parecida cuestión es la que ha llevado a los tribunales a un musulmán que batalla por retirar la custodia de su hija a su mujer porque no la educa de acuerdo con su religión.

Entre ellos, destaca uno que será el eje de la novela: Fiona debe encargarse del caso de Adam Henry, un muchacho de diecisiete años aquejado de leucemia, enfermedad que le llevará pronto a la muerte, y una muerte dolorosa, salvo que se le haga una transfusión. Pero no solo su familia, sino incluso él mismo, la rechazan. El motivo: son Testigos de Jehová. Se celebra una vista tratando de convencer a su padre, pero ningún argumento lo consigue ni cuando se le recuerda que solo desde 1945 les está prohibido a los Testigos de Jehová recibir transfusiones, y que no todos los miembros de esa comunidad la aceptan. Para el padre de Adam la norma ya está en el Génesis y bajo ningún concepto puede violentarse. Fiona decide entonces no tomar una decisión hasta no hablar personalmente con el propio Adam. Y, una vez hecho esto, dicta sentencia. Pero la historia, naturalmente, no termina ahí. Ni la de Adam ni la de Fiona con su marido, que se fue de la casa común para entregarse a ese affaire más sexual que sentimental que Jack consideraba su “último cartucho”.

El dilema que McEwan plantea en la novela entre las razones del Estado y la Justicia, que en los casos de los que se ocupa la jueza Fiona Maye debe atenerse escrupulosamente a la ley del menor -su bienestar será la consideración primordial del juez- y las creencias personales resulta muy atractivo. Pero no es, pese a que pudiera parecerlo, y sin dejar de ser cierto que es importante en el relato, el meollo esencial de la novela. En cierta ocasión, refiriéndose precisamente a La ley del menor, Ian McEwan confesó: “A mí las novelas de ideas me fascinan. La visión de la novela como la colisión entre dos ideas legítimas me atrae muchísimo. Por ejemplo, en este caso, el conflicto entre los valores del mundo laico y los derechos de una familia religiosa. Pero también sé que hay que tener cuidado con las ideas, que las novelas necesitan piel y humanidad, personajes reales…”.

Mucha “piel y humanidad” hay en La ley del menor. Y sobre todo un personaje, Fiona Maye, que McEwan explora con lucidez, un personaje que puede representar a muchas mujeres en las sociedades occidentales que se vuelcan en su vida profesional en detrimento de la personal. Pero que no es ni mucho menos un mero símbolo. En Fiona, el novelista británico construye una figura única, con sus contradicciones, en cuyo corazón se dirime un dilema de más difícil resolución. Porque Fiona “creía que aportaba soluciones razonables a situaciones sin salida. En conjunto, creía en las disposiciones del derecho de familia”. Sin embargo… se topa con la vida, con los sentimientos, con las creencias, donde muchas veces naufragan “las soluciones razonables”.

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