La Unión Europea se encuentra ante dos importantísimos retos que de ningún modo puede eludir desde la unidad de todos los Estados miembros: por un lado, está la crisis de los refugiados que exige una acción común para dar credibilidad a esa Unión de Estados europeos que, por encima de todo, es Unión de valores; por otro lado, se encuentra el fenómeno del terrorismo internacional que se ha puesto, por desgracia, en primera línea, a raíz del reciente atentado yihadista en la capital de Europa. 34 muertos y 230 heridos tras varias explosiones en el aeropuerto de Bruselas y en el céntrico metro de Maelbeek nos tienen que hacer reflexionar críticamente para poner los medios necesarios dirigidos a que el terror cese y tragedias como esta no vuelvan a repetirse. No podemos perder de vista que es un atentado contra los valores de la UE provocado por los que los rechazan y no quieren integración sino la imposición de su cultura por la fuerza y el terror.
Prueba simbólica de que los valores conforman el corazón de la Unión Europea es que con flores y velas se esté tratando de recordar a las víctimas de este brutal atentado, puesto que el dolor y la consternación son los sentimientos de muchos ciudadanos europeos que expresan el valor relacional de la solidaridad con el pueblo belga a través de estos nobles gestos. Es cierto que las palabras siempre se quedan cortas cuando se trata de describir sentimientos, especialmente cuando nacen como consecuencia de atentados contra el epicentro de la dignidad humana. Es precisamente el sentir lo que nos acerca a los seres humanos que ni siquiera conocemos y nos hace sensibles a situaciones que violentan los derechos humanos básicos, para defender con ahínco lo que es el núcleo valorativo que nos mantiene unidos a pesar de las diversidades, que ahora más que nunca han de pasar a un segundo plano.
La policía belga ha identificado ya a varios sujetos como presuntos autores de la masacre terrorista. Dos de ellos, los hermanos, Jalid y Brahim el Bakraoui, han sido identificados por los cuerpos de seguridad por su vinculación con el crimen organizado pero no por actos de terrorismo. Ambos se inmolaron, en el aeropuerto y en la estación de metro de Maelbeek respectivamente. El tercer sujeto se encuentra en situación de busca y captura ya que consiguió huir y se considera que podía estar relacionado con los atentados de París. Se trata de Najim Laachraoui. Cuando uno se pregunta por la motivación de estos individuos, a la hora de realizar estos actos de barbarie, pensemos que detrás está la firme creencia de que las sociedades occidentales resultan hostiles a la naturaleza del islam y por ello actúan violentamente, con absoluto desprecio de la vida humana, en nombre de una supuesta “yihad”, a la cual sus seguidores se refieren con el apelativo de “guerra santa”.
Todos los líderes europeos, el presidente Obama y el líder ruso Putin, han llamado a la “unidad” frente al terror, tras haber reivindicado el atentado el autoproclamado Estado islámico. Pero ¿qué significa estar unidos? Significa trabajar como si fuéramos un súper Estado bien trabado y consistente, que no deja flecos sueltos, lo que debería hacer reflexionar a los que dentro del escenario político, en calidad de disidentes, no comparten las decisiones de la mayoría y no se alinean con el resto de Estados dentro de la Unión Europea destruyendo la necesaria unidad.
Aunque reforzar las medidas de seguridad es imprescindible, es necesario además crear un centro de inteligencia que gestione la información de todos los Estados miembros. Pensemos que estamos en el nivel cuatro de alerta antiterrorista no sólo en Bruselas sino también en España y, por tanto, el riesgo de atentado es alto. Hay por ello que actuar con rapidez y contundencia a la hora de enfrentarse a esta amenaza, dejando a un lado el color de las banderas, las religiones que se profesan o el sesgo ideológico de los partidos políticos.
Firmeza, calma y dignidad es lo que ha sugerido, con entereza, el rey de Bélgica, Felipe I, para enfrentarse a este ataque terrorista tras declarar que todo el país está de luto. Firmeza a través del refuerzo de medidas de seguridad en las fronteras, aeropuertos, y puntos neurálgicos de los Estados miembros de la UE. Calma frente al miedo e inseguridad que provoca este ataque tan brutal. Dignidad para no dejarse llevar por la ira irracional que no es ni preventiva ni reparadora del daño acaecido. A lo que añadiría yo la importancia de la unidad de todos los demócratas para mantener el modelo de convivencia propio de los Estados de Derecho que los yihadistas tratan de combatir sirviéndose de métodos violentos y sembrando el miedo y el odio antieslamista entre la población.
Aunque nos cueste, no podemos rendirnos ante el sentimiento de pánico que nos inunda a todos cuando ataques terroristas de esta magnitud tienen lugar. La unidad de los demócratas –insisto- es de suma importancia para ganar esta batalla y para ello es imprescindible que no se caiga en la trampa de identificar terrorismo con islam. Ninguna religión puede avalar esta ofensa criminal que es, en realidad, una ofensa “global” y exige, por ello, una respuesta mundial. Lo que se ha producido en Bruselas es un atentado contra la defensa de los derechos y de las libertades. Por ello no hay que regatear esfuerzos en la lucha contra el terrorismo internacional y urge la creación de una unidad de defensa global contra el terrorismo.
Ayer se reunieron por tercera vez los firmantes del pacto antiyihadista en España. No resulta del todo coherente la posición de Podemos al haber optado por ser nuevamente observador, al manifestarse en contra en los medios o vías que se exponen en el texto para luchar contra esta amenaza. Ahora las circunstancias exigen más que nunca que no haya medias tintas. Tampoco se puede perder tiempo en reuniones para tratar de convencer a grupos políticos de las ventajas que tendría para todos el pacto antiyihadista. No hay tiempo para eso. Estamos ante una cuestión de Estado que exige responsabilidad y compromiso por parte de los líderes de los distintos partidos políticos en favor de la necesaria unidad.