Es imposible no conmoverse con las imágenes del atentado terrorista en Bruselas. Una mujer con el rostro ensangrentado y expresión de estupor mira a la cámara. Ha perdido un zapato y su chaqueta amarilla muestra los estragos de la explosión. A su lado, una chica joven llama por teléfono. La mano que sostiene el móvil está teñida de rojo. Probablemente, intenta comunicarse con sus seres queridos. El suelo está lleno de cristales. Ketevan Kardava, periodista de la televisión pública de Georgia, ha captado la imagen casi de forma instintiva. Está sobrecogida. Se hallaba en el aeropuerto de Zaventem, esperando un avión para viajar a Ginebra, cuando han estallado las dos bombas. No entiende cómo está viva, pues “ha visto a docenas de personas sin piernas, nadando en sangre”. Cerca de la mujer de la chaqueta amarilla, que no llora ni chilla, se encuentra Sébastien Bellin, jugador belga de baloncesto. Sus algo más de dos metros parecen inacabables en su dramática inmovilidad. Con las piernas gravemente heridas y el rostro tiznado, aparenta serenidad. No hacen falta más imágenes para sentir el dolor y la impotencia de las víctimas.
No es la primera vez que Europa se enfrenta al terrorismo. No hace falta recodar ciertos nombres particularmente siniestros: las Brigadas Rojas, ETA, el IRA, la Baader-Meinhof (o Fracción del Ejército Rojo), la neofascista Ordine Nuovo, la OAS. Durante décadas, organizaciones terroristas de extrema izquierda o extrema derecha han sembrado el miedo y la inseguridad, con la intención de desestabilizar al Estado de derecho. Ahora la violencia procede del fanatismo yihadista, no del Islam. Es cierto que el Corán incluye exhortaciones a la lucha contra los infieles, pero en el Antiguo Testamento nos topamos con incitaciones similares, que hieren igualmente nuestra sensibilidad. El sentido último de los textos sólo puede comprenderse en su contexto. No se puede juzgar o interpretar el pasado, con los ojos del presente. Sería un gravísimo error atribuir los asesinatos al sentimiento religioso, pues los objetivos que inspiran a los terroristas no son espirituales, sino de carácter político, sociológico y psicopatológico. De hecho, algunos de los autores del 11-M eran delincuentes comunes, al igual los hermanos El Brakaui, los suicidas implicados en los atentados de Zaventem y Maelbeek. De inmediato, surge la necesidad de hallar una explicación, no una justificación, pues éticamente no hay excusas ni atenuantes. El terrorismo de ETA y el IRA nacía del virus nacionalista, que no debe confundirse con el patriotismo. El patriotismo es el aprecio por una tradición sometida al juicio crítico de la razón. Su horizonte siempre es la paz y la convivencia, nunca la exclusión. El nacionalismo es un sentimiento atávico que menosprecia lo diferente y no tolera la diversidad. Por eso, Hitler repetía que era nacionalista, no patriota. Las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof luchaban por establecer la dictadura del proletariado, aboliendo las democracias burguesas. Si hubieran triunfado, el telón de acero se habría situado a las puertas de Francia, arrojando una sombra inquietante sobre el resto de la vieja Europa.
¿Qué desean los terroristas de DAESH? Su propósito es implantar el “Estado islámico” en todos los países árabes. Es el paso necesario para constituir un Califato, capaz de sortear el Mediterráneo, destruir Roma y apoderarse de Europa. Imagino que el siguiente paso será conquistar el mundo. El planteamiento es tan ambicioso como infantil. La milicia que controla grandes zonas de Siria e Irak será derrotada antes o después. De momento, goza de fuentes de financiación que le permiten seguir controlando ciudades tan importantes como Mosul y Al Raqa, esenciales para planificar y ejecutar sus campañas de terror y bandidaje. Por un lado, nunca han dejado de recibir donaciones privadas procedentes de Arabia Saudí, Kuwait y Qatar; por otro, comercian con el petróleo y el gas de los territorios ocupados, utilizando antiguas rutas de contrabando. No está claro quiénes son sus compradores, pero todo indica que trabajan coordinadamente con mafias bien organizadas. Se han exagerado sus beneficios. Todo apunta que la producción de petróleo no excede los 40.000 barriles por día y las ganancias anuales no superan los 200 millones de dólares. Ya no resultan creíbles las cifras que hablaban de tres millones diarios. Se estima que sus fuerzas militares están compuestas por 150.000 combatientes. 20.000 son voluntarios extranjeros. Por sus filas han pasado unos 3.400 occidentales: franceses, británicos, norteamericanos, canadienses, australianos, belgas, españoles. Muchos ya han vuelto a sus países de origen. Quizá ése sea el mayor problema.
Era previsible que ETA no volviera a cometer más atentados tras abandonar la “vía armada”, pues la banda terrorista ha aplicado una mano de hierro con sus militantes, castigando cualquier disidencia. En cambio, los ex combatientes de DAESH podrían seguir perpetrando crímenes, aunque los aliados derrotaran a la milicia islámica en sus bases. ¿Qué les mueve? Algo más peligroso que el fanatismo. No se identifican con los valores occidentales y suelen vivir en periferias paupérrimas. Contemplan el próspero centro con una ira semejante a la de los protagonistas de La haine, la película rodada en blanco y negro por Mathieu Kassovitz en 1995. Apenas necesitan pretextos ideológicos o espirituales. Su verdadera motivación es un beligerante nihilismo existencial. Al igual que Travis Bickle, el personaje interpretado por Robert de Niro en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), quieren dejar de sentir que sus vidas son un camino hacia ninguna parte. Piensan –quizás con algo de razón- que la sociedad les ha tratado mal y quieren hacer sufrir a sus ofensores reales o imaginarios. Es mejor ser un mártir de Alá que un paria. En cierto sentido, me recuerdan a los adolescentes que en 1999 materializaron la masacre de la Escuela de Secundaria de Columbine, Colorado. De hecho, Eric Harris y Dyland Klebold se comportaron como kamikazes, volándose la cabeza en el último momento.
Evidentemente, las autoridades tienen que movilizarse para prevenir y combatir estos crímenes, pero sólo los centros educativos, las políticas sociales y unas familias integradas e identificadas con el principio de ciudadanía, pueden frustrar la aparición de estos perfiles psicopatológicos. Una Europa ciega y sin identidad apenas puede competir con el marketing de DAESH. La batalla principal se resolverá en el terreno de los valores. Hay que aplicar una política de tolerancia cero con la apología de la yihad en mezquitas o redes sociales. El multiculturalismo no puede significar condescendencia con actitudes antidemocráticas que incitan al odio. Pero no es menos importante trabajar para construir un proyecto europeo capaz de ilusionar y convencer. Europa no puede ser tan sólo un escenario de intercambio comercial y negociaciones diplomáticas. Europa debe recuperar su liderazgo como espacio de tolerancia, creatividad y progreso. Debemos luchar por nuestros valores, enseñando a las nuevas generaciones que el ideal de libertad, igualdad y fraternidad no es pura retórica, sino la meta que sinceramente intentamos alcanzar. El himno de Europa se basa en la “Oda a la alegría” de Schiller, que Beethoven incorporó al cuarto movimiento de su novena sinfonía. La esencia de la civilización europea se condensa en uno de sus inolvidables versos: “Y todos los hombres serán hermanos…”. Que estas palabras sirvan de homenaje a las víctimas y de esperanza para los que creemos firmemente en una Europa libre, unida y plural.