Me sorprende a veces la irritación de algunas voces contra la marcha de los asuntos europeos, no tanto porque reaccionan injustificadamente ante las dificultades del momento político actual, verdaderamente grave, sino porque denotan una incomprensión de fondo sobre los mismos supuestos de la organización política de la Unión Europea. Si uno lee los análisis que se hacen de la política europea solo ve críticas, reproches, desencanto y frustración. Hemos pasado los españoles así de la noche a la mañana de encabezar el pelotón de los euroentusiastas a liderar el de los euroescépticos. Si ustedes cogen el editorial del País de ayer, que demanda desde su título un “golpe de timón”, se encuentran con este pórtico: “La Unión europea parece a la deriva… Los fracasos de esta Europa son demasiado numerosos, demasiado paralelos en el tiempo y demasiado importantes como para ser pasados por alto”. A continuación se enseña un muestrario de incapacidades y errores de la Unión, se trate del pacto con Turquía sobre la devolución de refugiados, la gestión de la crisis económica, el chantaje británico sobre la salida de la Unión o la responsabilidad por los fallos de seguridad en los atentados recientes de Bruselas. Europa, se concluye, sin capacidad de liderazgo alguno, “es un ente vulnerable e ineficaz”. Yo tiendo más bien a pensar, como insinuaba con anterioridad, que detrás de la decepción europea lo que muchas veces hay es un desconocimiento de los supuestos y posibilidades de la misma idea política de la Unión.
Para empezar es irreal pensar que la Unión va a actuar como solución a las deficiencias de los estados que la integran, antes que reflejar los problemas de estos. No hay mal europeo sino más bien problemas en los estados miembros, y es, actuando en este nivel, como se podrá asegurar un mejor funcionamiento común. Los problemas de los estados nacionales son bien graves y no tienen una naturaleza exógena, sino principalmente interna o propia. Uno de los últimos números de The Economist, a través de la firma colectiva Charlemagne, contenía alguna reflexión sobre la situación de Alemania cuyo “heile welt” o mundo feliz, anclada en la prosperidad y la estabilidad, parece estar cediendo el paso a la preocupación de poder abordar, sin la acechanza de los viejos demonios, las exigencias del momento actual, así integrar a más de un millón de refugiados que llegaron el último año, sobre todo jóvenes musulmanes. Integración que, como quedó patente en los graves incidentes del nuevo año en Colonia, es difícil. “Los alemanes que solo hace un año rezumaban confianza acerca de su economía y de su país en general, están perdiendo la confianza de que, como dice la señora Merkel, puedan manejar la situación. Muchos temen que la crisis pueda volver irreconocible a Alemania. Un sentimiento de pérdida atraviesa muchas conversaciones”. No nos sería difícil apuntalar esta situación pesimista de Alemania, que por fin se daría cuenta de que la globalización quiere decir algo más que la posibilidad de exportar BMWs, con ejemplos de otros países paralizados por la crisis y la inseguridad ideológica de sus propias posiciones. La recuperación de la democracia, que no solo consiste en instituciones y prácticas, sino también en valores, tiene una fachada nacional que es muy fácil desatender reparando en los fallos europeos.
Por otra parte la decepción europea, ¿verdaderamente está justificada? Les invito a que me acompañen en la lectura de un reciente artículo de la New York Review of Books, de Ian Buruma titulado “In the capital of Europe”. El artículo apareció justo antes de los atentados de esta semana santa en Bruselas, y debe ser entonces leído con precaución porque desde una consideración de simpatía con Bruselas, recomienda el nacionalismo belga como modelo de patriotismo europeo (Antonio Muñoz Molina también elogia en su columna del domingo la calidad europea e ilustrada de Bruselas, de manera irreprochable). Pero el artículo de Ian Buruma hace dos apuntes sobre el actual momento europeo que me parecen muy interesantes. Primero, constata la inevitabilidad de Europa en la actual situación, superando anteriores estadios, cuando el objetivo de Europa de los padres fundadores, hablemos de Adenuaer, Schumann, De Gasperi, Spaak, volcada en una visión funcionalista, era meramente económico. Los problemas de hoy son el cambio climático, la seguridad, la inmigración, la moneda común. Se ha pasado el tiempo del papeleo burocrático, la planificación financiera o el desarrollo institucional. No hay unanimidad ni siquiera acuerdo sobre las políticas a adoptar en estos ámbitos polémicos, es cierto, pero la discusión es útil, si se coincide en otorgar legitimidad a los marcos en los que el conflicto se plantea. Los conflictos, como la misma conversación en que se presentan, son un ingrediente esencial de una comunidad política democrática. “Suceda lo que suceda, han pasado los días de consenso acordado en reuniones opacas detrás de los edificios de cristal y acero del barrio europeo”.
En segundo lugar, por lo que hace al soporte espiritual o ideológico de la Unión Europea, a lo que podríamos llamar su patriotismo, Buruma hace una propuesta modesta, sincrética, renunciando a los altos ideales que en el pasado podrían haber formulado Benda, inclinándose por la lealtad abstracta o racional, o se tratase del vínculo constitucional que preconiza Habermas. Buruma se apropia del proyecto a largo plazo de Van Middelaar (autor del que nos ocupamos en este Cuaderno cuando apareció en español su libro El paso hacia Europa (véase mi Ideas y Nombres, pág. 223), que ha de mezclar el modelo griego, basado en la participación directa popular en las instituciones europeas, el modelo romano que repara en las ventajas económicas de la Unión o sus beneficios económicos, y el modelo alemán que insiste en la comunidad espiritual de valores históricos y culturales compartidos. La referencia europea es entonces un proyecto sugestivo a construir sin urgencias ni desmayos, basada en la razón y el tanteo progresivo y esforzado. Yo también me apunto a esto.