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TRIBUNA

Vargas Llosa y el discurso del Premio Nobel

martes 29 de marzo de 2016, 20:21h

El 10 de diciembre de 2010 el escritor peruano Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura. En parte, era un reconocimiento "por su cartografía de las estructuras de poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo", como expresó la Academia Sueca al justificar la distinción. Este 28 de marzo cumplió 80 años, que han sido celebrados en diversos lugares del mundo, por personas e instituciones que reconocen su aporte a la literatura y a la cultura en general, así como también su valor cívico y compromiso con la sociedad en que le ha correspondido vivir.

Es difícil referirse a Mario Vargas Llosa, sin caer en la reiteración o sin el riesgo de omitir algo relevante. El autor de La ciudad y los perros (1963) o Conversación en la Catedral (1969), sumó a esos dos clásicos otras obras relevantes en las décadas siguientes, tales como La guerra del fin del mundo(1981) o La fiesta del Chivo (2000). Demostrando su plena vigencia, hace algunos años apareció El héroe discreto (2010) y recientemente Cinco esquinas (2016). Esta última es precisamente la obra que acabo de comenzar a leer, intrigado por la plena vigencia del escritor y animado por el contexto histórico en el que está situada la novela -el Perú de Fujimori de finales del siglo XX-, así como influido por la publicidad que ha tenido la obra y los buenos comentarios que han ido apareciendo. Mezcla, además, la vocación literaria del peruano con su permanente interés político, que lo llevó a participar incluso en la primera línea y ser candidato presidencial en Perú, siendo derrotado precisamente por Alberto Fujimori en 1990, como cuenta en su libro memorístico El pez en el agua (1993).

Sin embargo, me parece que si hay un texto breve que resume y expresa con claridad la vida y obra de Vargas Llosa es precisamente su discurso de 2010 al recibir el Premio Nobel de Literatura, que ha sido publicado bajo el título Elogio de la lectura y de la ficción (Madrid, Alfaguara, 2010). Ahí aparecen las letras y el poder, las ideas y la historia, su patria y el mundo. Son palabras pensadas con inteligencia y escritas con la pasión de una vida dedicada precisamente a leer y escribir novelas.

"Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de La Salle en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida", es el emotivo comienzo del discurso de Estocolmo. A continuación, recuerdos de libros y autores, unos guiños a su madre que le había contado cómo el pequeño comenzó a escribir y cómo se emocionaba también leyendo poemas de Amado Nervo o Pablo Neruda.

Más adelante vendría el infaltable reconocimiento político, fruto de una vida comprometida en posiciones diversas e incluso contradictorias, donde soñó con una América Latina que saliera del subdesarrollo y abriera los caminos hacia una vida mejor en la tierra. "En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, en el resto de América Latina y el resto del Tercer Mundo". Más tarde se desencantaría con la dictadura de Fidel Castro, cuya Revolución había admirado y comprometido. Discrepó de su sistema "autoritario y vertical" que seguía el modelo soviético, así como también valoró el testimonio de tantos disidentes que "conseguían escurrirse entre las alambradas del Gulag" o de la invasión de Checoslovaquia por los países del Pacto de Varsovia.

Sin embargo, como no podía ser de otra manera, esta "conversión" de Vargas Llosa también tuvo su origen intelectual, específicamente por la lectura de una serie de pensadores liberales que influirían de forma determinante en configurar la segunda mitad de su vida: Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, "a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas", ejemplos de lucidez y gallardía "cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético".

En uno de los pasajes de su discurso de Estocolmo, Vargas Llosa reconoce que escribir le cuesta mucho trabajo, que le hace "sudar la gota gorda", y que como todo escritor "siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación". Sin embargo, ha derrotado esos problemas o tentaciones, sigue escribiendo y publicando incluso cada semana sus columnas de opinión, cada cierto tiempo sus libros, ocasionalmente algunos discursos o ensayos, siempre lúcidos y dignos de ser leídos. Para la gloria de las letras en español y para seguir repitiendo en los hechos la vigencia de la literatura, con todo lo que tiene de hermosa y dramática, apasionante y dolorosa, hecha para gozar intensamente y para sufrir con otros.

En el caso de las novelas, Vargas Llosa sostenía el 2010 que "la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella". Después de todo, soñar y escribir es una manera, piensa el escritor peruano, es un medio encontrado por los seres humanos para "aliviar nuestra condición perecedera", para "derrotar la carcoma del tiempo" y para "convertir en posible lo imposible".

Hoy sigue valiendo la pena releer el discurso de Estocolmo. Mientras pasan las páginas podemos pensar y sentir en la necesidad de volver a leer a tantos escritores que han llenado muchas vidas, nos han permitido compartir temas y sucesos que desafían el tiempo y las distancias, sentir las emociones de los personajes. Y no debemos dejar de mencionar que leer así hace que nuestros días sean más plenos, sencillamente por tener la posibilidad de leer y vivir historias que han pasado a formar parte de nuestra propia existencia.

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