Miedo me da cerrar esta noche los ojos. Por si mañana al despertarme, se conduce por la izquierda o, lo que es peor, vuelven a llevarse los pantalones de campana. El tiempo corre que se las pela y la velocidad a la que cambian últimamente las cosas es para marearse. En cabeza, Pablo Iglesias, metamorfoseando a Madre Teresa de Calcuta en un requiebro inteligente, quizás necesario, pero arriesgado.
Que Pablo Iglesias interpreta un papel lo sabe hasta Monedero. Una estrategia calculada al milímetro que empezó en la televisión –ese ágora tan necesaria en la política-espectáculo que se predica hoy en día-, siguió con el asalto a los cielos y se moderó de cara al 20D para resurgir como el Ave Fénix en el debate de investidura el pasado 2 de marzo. La cal viva escoció a los socialistas, escandalizó al hemiciclo, ocupó titulares y columnas (y tuits) e hizo la presentación oficial del nuevo parlamentario estrella de la política española.
Pero toca otro giro dramático y el arco del personaje sigue avanzando. Donde hace 56 días Iglesias repartía carteras entre rojos y morados ante la perplejidad de un Sánchez que no sabía muy bien dónde meterse, ahora es todo conciliación. Junto a ‘pacto a la valenciana’ y ‘vía del 161’ –impresionante, por cierto, la capacidad del líder de Podemos para incorporar conceptos a la jerga política diaria: ¿qué político no ha aludido ya en algunas de sus intervenciones a ‘la casta’?-, ‘ceder’ ha sido la palabra más utilizada por Iglesias.
Y ha empezado por él mismo: de exigir la vicepresidencia a dar un paso atrás en ese futuro Gobierno progresista, que pretende, eso sí, dejar encauzado colocándose al frente del equipo negociador de Podemos, un lugar que hasta ahora ocupaba Errejón. De “muestra de generosidad” ha calificado Iglesias su propuesta de abandonar el barco para mitigar el “rechazo” –según Sánchez- de ciertos barones socialistas a compartir Gobierno, no ya con Podemos, sino específicamente con su líder. ¿A cambio de qué entrega Iglesias su cabeza? ¿Por la de Rivera? ¿Para obligar a Sánchez a coger los 161 en mano antes que los 199 volando? “Ahora le toca ceder al PSOE”, ha dicho. ¿Cuál es el trato?
El discurso de Podemos ha terminado inclinándose del lado del pragmatismo y las matemáticas. Quizás por miedo a unas nuevas elecciones. Porque si hasta hace poco Podemos parecía tener todas las de ganar en una nueva cita con las urnas –superando incluso al PSOE y colocándose como segunda fuerza-, la crisis interna del partido y las discrepancias con algunas de las confluencias están azotando a la marca y dividiendo a los militantes, votantes y simpatizantes. Ante este escenario, Iglesias ha optado por el camino de la armonía: ceder, ceder y ceder. Y puede que sea lo que toca en el complicado tablero político que dejaron los comicios y el hartazgo ‘in crescendo’ de los ciudadanos. Pero Podemos tiene un problema con la estrategia: que aunque nadie duda de que está plenamente capacitado para jugar a esto de la política –y, de hecho, lo hace-, no es eso lo que ha venido vendiendo.
La gasolina de Podemos en su meteórica carrera hasta el Congreso ha sido la conexión con la gente en un momento en el que los representantes políticos no pisaban el mismo suelo que sus votantes. Salir de la Universidad, de los barrios, de las asociaciones de vecinos, de la investigación… para devolver la soberanía al pueblo y bajar el poder a la calle. Podemos ha convencido por pasión, por emociones. Los movimientos estratégicos se quedaban en el backstage, y una buena parte de sus votantes, esos que no reparan en los hilos que necesariamente sujetan al actor que vuela por el escenario, van a verse decepcionados al descubrir el truco.
Dice Sánchez que España está más cerca de tener un “Gobierno del cambio” que de ir a unas nuevas elecciones. Eso sí, confiando el líder socialista en que su esposo y su nuevo amante se acepten el uno al otro. Las relaciones abiertas consentidas no tienen por qué no funcionar, ¿no? Ahora bien, si Rivera sigue rechazando a Podemos “por activa y por pasiva” y Sánchez se queda compuesto y sin Presidencia, Iglesias tendrá que esforzarse por reavivar la llama de la pasión con la ciudadanía o verá traducirse el descontento en las urnas.