No es muy original afirmar que el proyecto europeo está en crisis, pero no se habla demasiado de las raíces de un conflicto que determina nuestro presente e hipoteca nuestro porvenir. Después de la Segunda Guerra Mundial, prosperó la idea de que una Europa unida por valores democráticos sería la mejor alternativa para evitar nuevos enfrentamientos bélicos y fomentar el desarrollo económico. La unidad de Europa significaba apostar por la libertad y la convivencia. Esa meta soportó durante varias décadas la presión del bloque soviético, que pretendía extender su zona de influencia. La intervención en Budapest (1956), la Primavera de Praga (1968) y el apoyo financiero y militar a organizaciones terroristas de extrema izquierda despejaron cualquier duda sobre las intenciones de Moscú. La Primavera de Praga coincidió con el Mayo francés, una revuelta juvenil que reivindicaba el marxismo-leninismo y el maoísmo, repudiando las democracias burguesas y el proyecto europeo. Algunas consignas del Mayo francés resultaban simpáticas: “Sed realistas, exigid lo imposible”, “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”. Sin embargo, el ingenio no es un argumento político y la belleza de ciertos lemas esconde fantasías inquietantes. Raymond Aron, escasamente frecuentado por los intelectuales de nuestra época, nos advirtió sobre el carácter engañoso de la retórica de las buenas intenciones: “El despotismo se ha establecido en nombre de la libertad con tanta frecuencia que la experiencia nos dice que debemos juzgar a las personas por lo que hacen y no por lo que dicen”. Quizás el fondo último del Mayo francés se expresa en un breve eslogan: “Pensar juntos, no. Empujar juntos, sí”. Es decir, no actúen como personas, sino como masa. No debatan las ideas, impónganlas. Para llevar a cabo este programa, “acumulen rabia”. ¿Qué clase de Europa hubiera surgido de esta filosofía? ¿Acaso el maoísmo era una opción más humana que la “democracia burguesa”?
La caída del Muro de Berlín aplacó la agitación revolucionaria, pero surgieron nuevos conflictos: el individualismo, la apatía, el relativismo, las crisis cíclicas de la economía, el nihilismo, el multiculturalismo y, en los últimos años, el terrorismo yihadista y la avalancha de refugiados. Se apunta que la construcción europea es un “proceso sin sujeto” o, dicho de otro modo, una idea que no encarna un anhelo común. Tal vez es un diagnóstico exagerado, pero es indudable que ha cundido la desilusión. No es un fenómeno sin importancia. La construcción europea no tiene futuro sin la participación y el respaldo de los ciudadanos. No es suficiente crear una moneda común, suprimir fronteras y firmar pactos políticos. Europa no puede ser algo abstracto, sino un proyecto sostenido por principios. ¿Cuáles son esos principios? Citemos lo más elementales: libertad, igualdad, fraternidad. Casi nadie cree que expresen algo real. Sin embargo, la Unión Europea es el espacio político que más se aproxima a estos valores. Es innegable que cualquier gobierno palidece ante un ideal, pero no se debe frivolizar sobre la realidad. La Unión Europea protege las libertades, amonestando o sancionando a los gobiernos de tendencias autoritarias, como es el caso de Hungría y Polonia. O propinando tirones de orejas a los países que cometen cualquier irregularidad. La crisis que empezó en 2008 ha acentuado las desigualdades, pero no hasta el extremo de suprimir la protección social. La necesidad de corregir el déficit presupuestario ha impuesto recortes que deberían desaparecer en un futuro no muy lejano, pero el alto nivel de endeudamiento de los estados insinúa que no será posible a corto plazo. En muchos países –incluido el nuestro-, existe corrupción, pero no impunidad. En cuanto a la fraternidad, hay que distinguir entre lo público y lo privado. En el aspecto público, la fiscalidad progresiva y las políticas redistributivas actúan como mecanismos correctores, pero su alcance está limitado por la riqueza de cada país. El bienestar de una sociedad no puede depender de ayudas y subvenciones, sino del empleo, que garantiza la sostenibilidad de los servicios públicos. Una fiscalidad altamente progresiva no produce riqueza. En cambio, la creación de empleo digno y con salarios equitativos impulsa el consumo y mejora la recaudación tributaria, sin subir los impuestos. En el aspecto privado, no se puede forzar a los ciudadanos a ser solidarios, pero sí es posible promover la solidaridad con importantes rebajas fiscales y gestos de reconocimiento institucional. En definitiva, la Unión Europea debe mejorar su modelo político y social mediante un “equilibrio reflexivo” (Rawls) que garantice las libertades, la igualdad de oportunidades y un mínimo vital para todos los sectores sociales. Una Unión Europea con grandes bolsas de marginación es terreno abonado para el terrorismo. Por eso, la justicia no es tan sólo un imperativo ético, sino una exigencia práctica.
El proyecto europeo no debe descuidar el terreno de las ideas, pues quizá su flanco más vulnerable es su carencia de ética. El nazismo, el comunismo y el terrorismo yihadista coinciden en su propósito de movilizar las emociones primarias, disolviendo el criterio individual en el fervor mesiánico de las masas. Es un recurso muy poderoso. Las medidas de seguridad no puede ahogar ese discurso, que hechiza hasta el punto de aceptar la inmolación de la propia vida. El proyecto europeo no se consolidará hasta que logre credibilidad, transmitiendo a los ciudadanos que su razón de ser no son únicamente los acuerdos financieros y diplomáticos, sino la voluntad de desarrollar y preservar las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. Europa es la síntesis de la cultura grecolatina, el pensamiento cristiano y el reformismo ilustrado. No deberíamos desaprovechar ni dilapidar ese legado, que contiene algunos de los logros más significativos del devenir humano. Los problemas coyunturales, causantes de un sufrimiento innegable, no deberían hacernos olvidar –por utilizar palabras de Alain Touraine- que “el régimen democrático es la forma de vida política que da mayor libertad al mayor número, que protege y reconoce la mayor diversidad posible”. Europa es un proyecto, pero algún día debería ser una vocación. La vocación de vivir y convivir en un clima de paz, tolerancia y prosperidad.