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TRIBUNA

Nominación Republicana: ¿drama en Cleveland?

sábado 02 de abril de 2016, 20:11h

El proceso que conducirá a la nominación del candidato republicano a la Casa Blanca no desmerece al mejor guion de “House of Cards”.

Diecisiete candidatos comenzaron la carrera, el mayor número de la historia en cualquier nominación (seguida por las demócratas de 1972 y 1976, con 16 aspirantes cada una), quedando en pie, a día de hoy, sólo tres. Sin duda, las altas posibilidades de que el partido del elefante se hiciera con la victoria en noviembre, debido al inevitable desgaste del rival tras dos mandatos demócratas, hacía muy atractiva la inscripción en la competición republicana (así, cabe recordar que en el pasado han sido escasas las ocasiones en que se ha obtenido un tercer mandato por una presidencia monocolor). La lista de candidatos era muy variada, lo que demuestra el policromatismo que encierran los dos grandes partidos estadounidenses, y el republicano actual en particular, como sustitutivo (alguno dirá que sucedáneo) del desconocido pluripartidismo. Así, los 17 corredores que tomaron la salida pueden agruparse en cinco grandes bloques: representantes de las bases republicanas conservadoras, con lazos más o menos fuertes con el movimiento del Tea Party (Cruz y Ben Carson); representantes de los movimientos religiosos (Huckabee y Santorum); del establishment del partido o moderados (Bush, Chris Christie); un cuarto grupo, el más numeroso, que combinaba algunos de los rasgos descritos (Rubio, Jindall, Kasich, Walker…); y, finalmente, el grupo de outsiders o candidatos sin experiencia política previa (Trump, Fiorina y el ya citado Carson).

El proceso de primarias (y caucus) es implacable, por el camino han sido numerosos los tropiezos, acusaciones cruzadas y, en último término, los abandonos. Iowa, New Hampshire, Carolina del Sur, Supermartes, Supersábado, segundo Supermartes, Arizona y Utah… han sido algunas de las etapas más destacadas de una prueba digna de los “Juegos del Hambre”. Los resultados habidos hasta el momento, como es sabido, han ridiculizado los pronósticos hechos hace unos meses. Si Jeb Bush y Marco Rubio eran las primeras opciones de los Nostradamus políticos o “pundits” de Washington D.C., la irrupción de Donald Trump y de Ted Cruz ha obligado a reescribir numerosos libros. A los nombres citados hay que unir el de Kasich (gobernador de un Estado clave como pocos, Ohio, pues ningún candidato republicano ha alcanzado el Despacho Oval sin haber vencido allí en noviembre). Los resultados parciales son bien conocidos: ventaja de Trump con 755 delegados de los 1548 “elegidos” hasta el momento (más de un 60%), seguido por Cruz con 465 y Kasich con 144. Tras una fase frenética, la campaña entra ahora en una calma tensa, pues la siguiente fecha decisiva no será sino el 19 de abril, con la elección de los 95 delegados de Nueva York. Lo reñido del proceso hace que las primarias de este Estado, junto con las posteriores de Pennsylvania (71 delegados) y, especialmente, de California (172 delegados), con la atribución en los dos últimos de todos los delegados al ganador, se antojen en esta ocasión decisivas frente a su intrascendencia política en años anteriores.

Frente a lo que pudiera parecer (espejismo del que se han hecho eco numerosos medios europeos), Trump “no lo tiene hecho”. Aparte del dato de que quedan todavía un buen número de delegados por elegir en unas primarias que, ante la reducción sustancial en el número de supervivientes, pueden ser muy distintas en adelante, en el escenario actual, y en espera de las próximas citas, no cabe descartar una Convención republicana de intenso dramatismo. Resulta paradójico que fuera precisamente el evitar unas primarias muy largas, y el consiguiente desgaste del nominado republicano frente a su rival demócrata, lo que determinara el sustancial adelanto de la fecha de la Convención frente a ediciones pasadas (esta se celebrará entre el 18 y el 21 de julio, frente a la anterior de finales de agosto). Si Trump no llega a Cleveland con la mayoría absoluta de delegados (1237) o a poco de la misma, su nominación dista de ser segura. El magnate ha señalado que en caso de contar con el mayor número de delegados (aun sin alcanzar de partida la cifra mágica) su no nominación sería un fraude, pero las normas internas del partido republicano (no distintas en este punto de las demócratas) y la historia le contradicen.

Existen diversos factores que explican la alta probabilidad de que lo que ocurra en el estadio de los Cleveland Cavaliers el próximo mes de julio responda finalmente al modelo de “Convención abierta”, caracterizada por múltiples negociaciones y posibles sorpresas. En este sentido es clave la primera votación, ya que de no contar en la misma ningún candidato con la mayoría de compromisarios, se haría necesario recurrir a sucesivas votaciones, abriéndose un panorama más que incierto. En primer lugar, ha de tenerse en cuenta que en dicha votación una buena parte de los delegados elegidos por candidatos retirados (caso destacado de Rubio) pueden apoyar a uno distinto (ello depende de la normativa estatal aplicable a cada concreta delegación, aunque, en todo caso, la mayoría de ellas deja libertad a partir de la segunda). Si a ello se añade que en algunos Estados (Colorado o Dakota del Norte) sus delegados no están vinculados a ningún candidato (“unbound delegates”), junto con el hecho de que determinados delegados natos (cargos en el partido) tampoco lo están, resulta que en la primera votación cerca de 250 delegados tendrán ya libertad de voto. Si se hace necesario ir a una segunda votación, la Convención se transforma en un Wall Street político (no en vano la Convención abierta recibe el nombre de “brokered Convention”), ya que, con el fin lógico de propiciar un acuerdo, la mayor parte de las normas aplicadas a las diferentes delegaciones estatales del partido republicano permiten la libertad de voto en las sucesivas votaciones ante la falta de obtención de un número suficiente de votos por ningún candidato: de este modo, el 57% de los delegados tienen libertad en la segunda votación y un 81% en la tercera y siguientes.

Así, hasta en seis ocasiones el candidato republicano con mayor número de votos (y delegados) en la votación inicial no ha alcanzado finalmente la nominación: 1860, 1876, 1880, 1888, 1920 y 1940. En algunos de los supuestos mencionados el elegido no aparecía inicialmente en las quinielas (“underdogs”), siendo candidatos que figuraban en tercer lugar o más atrás por número de delegados: por ejemplo, en 1888 el nominado Harrison se encontraba en el quinto lugar en la primera votación, siendo elegido tras otras siete; Harding aún lo tendría más difícil en 1920, pues ocupaba la sexta posición en la primera votación, alcanzando la nominación en la décima. Incluso no faltan supuestos en los que el “underdog” ni siquiera había concurrido en el proceso previo a la convención, como es el caso de Garfield en 1880, elegido en la trigésimo sexta votación (más recientemente ocurriría algo similar, esta vez en el bando demócrata, con Adlai Stevenson en 1952 y con Humphrey en la polémica convención de 1968). Cierto es que la mayor parte de los supuestos referidos responden a una época en la que no había primarias o su presencia era minoritaria, lo que jugaría en favor de la tesis de Trump; pero, en sentido contrario, también debe tenerse en cuenta que hasta el momento aquél sólo ha conseguido un 37% del total del voto republicano, siendo, por tanto, una amplia mayoría de los votantes conservadores la que no le ha apoyado.

En cualquier caso, si finalmente Trump contara con una ventaja importante en número de delegados y resultara nominado otro candidato (el propio Cruz o un “caballero blanco” como solución de consenso), muy probablemente ello comportaría importantes consecuencias para el partido del elefante. En el mes de septiembre Trump llegó a firmar un documento en el que se comprometía a no concurrir como independiente de no resultar vencedor en el proceso de primeras-nominación; pero de sus últimas declaraciones se deduce que dicho compromiso no abarcaría un escenario como el descrito. El pasado contiene ejemplos de aceptación de los “sorpassos” y maniobras internas (caso de Reagan frente a Ford en 1976) y, también, por contra, de resultados no aceptados que dieron lugar a la presentación de candidaturas independientes a la Casa Blanca (caso de Theodore Roosevelt en 1912, quien disconforme con el proceso de designación de delegados y con el desarrollo de la propia convención republicana, concurriría al frente del denominado Partido Progresista). La segunda opción sería letal para las perspectivas republicanas de alcanzar la Casa Blanca. Los ejemplos de división del electorado conservador así lo atestiguan, desde la ya citada elección de 1912, hasta la más reciente de 1992, en las que la candidatura de Perot arruinó las perspectivas de Bush senior de revalidar el mandato.

Justo es reconocer que Trump conecta con una parte importante del pueblo americano, siendo la expresión exagerada y estridente de algunos aspectos del “american way of life”. No hay que olvidar que en las primarias celebradas hasta la fecha le han votado cerca de 8 millones de estadounidenses, porcentaje no desdeñable del cuerpo electoral. Se ha dicho que Trump es un producto de la crisis y que conectaría así con los populismos de uno u otro signo que han surgido en otros países. En este sentido, su histrionismo, lo inaceptable de ciertos mensajes lanzados por el neoyorquino, no deberían impedir que la clase política en Washington (de uno y otro partido) tomara nota del fenómeno descrito.

De otra parte, si Trump fuera finalmente el candidato republicano en noviembre, sus posibilidades de victoria serían muy escasas, distando mucho de ser un candidato integrador, característica ésta que ha adornado a todos los vencedores en la carrera hacia la magistratura más importante del mundo. A buen seguro, su nominación también tendría incidencia en las elecciones legislativas a celebrar simultáneamente con las presidenciales y en el futuro de la propia formación republicana, ante la tensión entre las diversas corrientes que conviven en la misma. De ahí que el dilema por el que atraviesa en la actualidad el partido republicano se parezca más a la tabla de Carnéades, pues es su supervivencia a corto plazo lo que se está jugando, que a una “mera” lucha entre Franks Underwoods.

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