Entre las múltiples acepciones que la RAE ofrece de la palabra “animal” está la de “persona de comportamiento instintivo, ignorante y grosera”. Enriqueciendo el tema, un “animal de bellota es “una persona ruda y de poco entendimiento”. Por otro lado, hay animales bellísimos. No es el caso de Andrés Bódalo, podemita él, cuyo comportamiento encaja a la perfección en las dos primeras definiciones, mal que me pese relacionar al reino animal con semejante alimaña.
El tal Bódalo es un delincuente que cumple condena por varios delitos. Está en la cárcel, que es donde deben de estar los tipos de su calaña. Lo peor del asunto es que sus correligionarios de Podemos andan pidiendo su indulto, tildándole poco menos que de héroe. Entre ellas otra delincuente: Rita Maestre, portavoz del Ayuntamiento de Madrid y recientemente condenada por un delito contra el sentimiento religioso -su especialidad: profanar capillas y ponerse en tetas a berrear disparates-. Lo de Bódalo, sin embargo, va más allá.
Sus “hazañas” empiezan durante una huelga general. Los propietarios de una pequeña heladería de Jaén, un joven matrimonio -ella estaba embarazada-, se negaron a secundarla. Craso error. Los “piquetes informativos” del Sindicato Andaluz de Trabajadores -SAT- destrozaron el negocio, sacaron por la ventana a la mujer y al marido le “informaron” en las costillas. A Bódalo le cayeron dos años, pero ni un día cumplió. Tiempo después asaltaría un hipermercado, “heroicidad” ésta que también le salió gratis. Y apenas sí tuvo que pagar una multa por apalear a quienes se oponían a la celebración de un acto en favor de ETA, que ya se sabe que Podemos y la izquierda abertzale son algo más que amigos. Pero lo de zurrarle a un teniente de alcalde del PSOE ha sido la gota que ha colmado el vaso. Afortunadamente, la sociedad estará libre de su violencia durante los tres años y medio que le han caído.
Como no podía ser de otra forma, el tal Bódalo aparece siempre tocado con la gorra del Ché. Curioso. Convertido en un icono mediático, no hay progre que se precie sin una camiseta -por lo general, poco limpia- con su foto o con la gorra en cuestión. Posiblemente, si se le pide al animal éste y a muchos otros que idolatran al personaje que citen alguno de sus logros, la respuesta sería evasiva o inexistente.
Las cartas que dejó plasman su “ideario” a la perfección. En 1954 escribía a su esposa desde Guatemala, ya enfrascado en tareas revolucionarias: “Aquí el Ché estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”. Ya entonces le divertía asesinar. Poco después, desde Sierra Maestra, todo seguía igual: “Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre”. De la brutal represión que llevó a cabo el la isla dieron testimonio los 800 presos políticos de la cárcel de La Cabaña, a todos los cuales mandó fusilar. Hizo lo propio con muchos otros, en aras a un credo tan diáfano como espurio: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. De hecho, cuando su amigo Alberto Granado cuestionó sus métodos violentos le espetó “¿Revolución sin disparar ni un tiro? Estás loco”. Bódalo, de momento, no ha pegado tiros -eso se lo deja a sus adorados etarras- ; sólo patadas y puñetazos. Tampoco hay constancia de que haya leído mucho. No importa. Ahora tiene tiempo para aprender.