La mañana del sábado pasado en Madrid era de diamante puro. Nunca defrauda el sol de Madrid. Paseaba por la Carrera de San Jerónimo, dejé a un lado la parte nueva del Congreso de los Diputados, giré por la calle Santa Catalina hasta la del Prado, y entré en el Ateneo. Me tomé un café, antes de ponerme a trabajar en la Sala Santa Catalina de su magnífica Biblioteca, y me informó una socia distinguida de la casa que hoy visitarían la vetusta institución algunos políticos para asistir a un acto cultural. Se trataba de una lectura continúa, o algo así, de las Novelas Ejemplares, de Cervantes, para conmemorar el cuarto centenario de su muerte. No es muy original la iniciativa, pienso para mis adentros, pero algo es algo. Celebremos a nuestros clásicos y hagamos crecer de modo digno la leyenda sobre ellos. Leamos, sí, con respeto a Cervantes y arremetamos contra el terrorismo intelectual que vive de lo que mata: denunciemos a los ciento de cervantinos, de gente sabihonda sobre la obra de Cervantes, que sobreviven maltratando a Cervantes. No necesitamos a nadie que nos traduzca o intérprete el texto de Cervantes. Es tan grandiosa la obra del autor de don Quijote que no necesita mediadores, ni intérpretes y muchos menos “traductores” al castellano de hoy. No necesitamos gente con la cara del cemento armado. Don Quijote entra directamente en el alma de sus lectores.
Entonces, ¿dónde hallar hoy a alguien que diga algo original sobre el genio de Cervantes, ante un millón de cervantinos, que viven de lo que destrozan? Me temo lo peor. Ante Cervantes quizá lo mejor sea guardar silencio, y leer y releer, vivir al propio Cervantes. Eso es lo que hicieron los visitantes del Ateneo en esa mañana del primer sábado de abril. Exactamente es lo que “querían hacer”, me insistía uno de los organizadores del acto, “leer en voz alta a Cervantes”. Estupendo. Lo felicité, me despedí del vicepresidente del Ateneo, y yo me fui a mi pupitre de la Sala Santa Catalina a trabajar, a leer en voz baja. En silencio. Sí, antes de nada, antes de abrir mi ordenador para ponerme a escribir, me releo una novelita, una novela ejemplar de Cervantes. No tiene más de treinta páginas y considero que es la primera gran novela de Hispanoamérica. También Cervantes inauguró el famoso boom de la novela hispanoamericana de los años setenta del siglo pasado. Obvio.
Porque la obviedad a veces no se ve, es menester explicar y contar. Vamos a ello. Se sabe muy bien que Cervantes, por múltiples motivos que no vienen al caso relatar pero que no dejarían en buen lugar a los gobernantes de esa época, deseaba irse a América. ¿Qué otro deseo de aventura mejor podría tener el hombre que creó la más bella y trágica aventura de España? Ninguno. Por eso, Cervantes intentó una y mil veces cruzar el charco, pero no lo consiguió. ¡España, ay, siempre cruel con sus mejores hijos! Imagino que Cervantes jamás resolvió esa frustración, pero transformó su cabreo en novela. Una muestra melancólica –siempre aparece la melancolía cervantina, española- de ese deseo insatisfecho es El celoso extremeño. He ahí la primera novela de Hispanoamérica. Delicioso relato sobre uno de esos españoles que, después de haberse arruinado por las tierras de España en Europa, iban a parar a Sevilla y desde allí “pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman ciertos los peritos en el arte, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.”
Y así, de ese modo tan natural y sencillo, o sea vital, sigue Cervantes contando la aventura de Felipo de Carrizales, que así se llama el protagonista de la novela, que se embarcó en Cádiz hasta llegar a Tierra Firme (hoy Colombia y Venezuela), pasó allí veinte años, después de cumplir los 48 de edad, y regresó a España, desde el puerto de Cartagena (de Indias), como un buen indiano, o sea un español enriquecido en las Indias. En fin, creo que no es desacertado mantener que esta novelita, que leí en voz baja en el Ateneo de Madrid, es la primera novela de Hispanoamérica, lean, amigos, el fragmento que aquí les dejo de El celoso extremeño y juzguen mi perorata sobre Cervantes: “ Iba nuestro pasajero pensativo, revolviendo en su memoria los muchos y diversos peligros que en los años de su peregrinación había pasado y el mal gobierno que en todo el discurso de su vida había tenido; y sacaba de la cuenta que a sí mismo se iba tomando una firme resolución de mudar manera de vida, y de tener otro estilo en guardar la hacienda que Dios fuese servido darle, y de proceder con más recato que hasta allí con las mujeres. La flota estaba como en calma cuando pasaba consigo esta tormenta Felipo Carrizales, que éste es el nombre del que ha dado materia a nuestra novela. Tornó a soplar el viento, impeliendo con tanta fuerza los navíos, que no dejo a nadie en sus asientos; y así, le fue forzoso a Carrizales dejar sus imaginaciones y dejarse llevar de solo los cuidados que el viaje le ofrecía; el cual viaje fue tan próspero, que sin recibir algún revés ni contraste llegaron al puerto de Cartagena (de Indias) (…). Viéndose, pues, rico y próspero, tocado del natural deseo que todos tienen de volver a su patria, pospuestos grandes intereses que se le ofrecían, dejando el Pirú, donde había granjeado tanta hacienda, trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar inconvenientes, se volvió a España”.