No sólo por su ardoroso deseo de llevar la justicia social a los braceros y ganapanes del Sur, sino igualmente por su fervor por algunas de las grandes figuras del solar bético, Giménez Fernández fue un preclaro andaluz. Su ilimitada incondicionalidad por su coterráneo Fray Bartolomé de las Casas lo demuestra ostensiblemente. Sin duda, su culto por el gran apóstol de las Indias provenía esencialmente de considerarlo uno de los más altos exponentes del ideal de la fraternidad humana y del calvario que deben padecer todos los que se proponen encarnarlo en pugna abierta con el egoísmo de “las potestades del mundo”; pero tal seducción nacía igualmente del afán por refulgir los caracteres de una figura histórica de primera magnitud, amenazada siempre por los celajes del falso patriotismo y muy oscurecida en su patria chica, a despecho de alguna que otra lápida y adocenada conmemoración. Ciertamente, su monumental biografía sobre el dominico sevillano no puede ser accesible por motivos obvios al gran público. Sin embargo, sería empresa hacedera el compendiarla en una síntesis de amplia audiencia. Los beneficios socioculturales derivados de dicha empresa no son difíciles de imaginar. Junto con hacer más conocida una figura que merece serlo, los que en diferentes terrenos luchan por iluminar oscuridades y reducir sinrazones encontrarían en el esfuerzo del autor de la Destrucción de las Indias ejemplo y aliento. Aunque los paralelismos y las comparaciones históricas son en todos los casos arriesgados, tal vez podría decirse que la gesta del dominico Las Casas puede seguir sirviendo de guía a los combatientes contra la explotación del hombre por el hombre y a los soñadores en un mundo más justo. En Andalucía no puede decirse, desde luego, que un programa así estuviera lastrado por la utopía o la inutilidad.
En la España de los años cincuenta, en el exilio Gil Robles, el eximio americanista se convirtió en el símbolo de la vieja democracia cristiana no colaboracionista con el régimen. Ningún intelectual o estudioso de la vida española contemporánea dejaba de recalar en su acogedora mansión hispalense o en el Archivo de Indias –donde transcurrieran muchas horas de su fecunda investigación- para conocer su impresión de la dictadura o recoger sus juicios acerca de la etapa republicana. Chaunu, E. Otte, Guy Hermet e incontables hispanistas más se enriquecieron con su charla generosa y un punto, fonéticamente, estridente, bien que algunos, a la manera de Gabriel Jackson, por ejemplo, no comprendieran casi nada de la experiencia y mensajes transmitidos por D. Manuel.
Una y otros sí calaron -y mucho- en varios de los integrantes más conspicuos de las hornadas universitarias sevillanas de los decenios centrales del novecientos. No obstante, ninguno haya tal vez honrado su incansable apología de la democracia y del Estado de Derecho en los términos de rendida y explícita admiración que su persona merecía. “El contemporáneo” –Luis Cernuda-, de conocerlo, se sentiría egregiamente acompañado en su soledad. Sevilla, la eterna, la ciudad de los silencios.