Vemos que cada día que pasa coincide más la biografía de los candidatos con el guión de una comedia de situación, la aventura de lo gris con unos toques del absurdo de Ionesco, cuando se aquieta el sentido de servicio al país. Entre la ambición y la falta de vergüenza van creciendo los tres niños con complejo sadicoanal, que diría Freud, que nos han salido cuales pequeños y creciditos narcisos en esta lenta prórroga hasta el 3 de mayo.
El caso es que el otro día, repasando nuestra autobiografía reciente en un ejercicio de desenmascaramiento inocente, nuestra amiga Lisi Linder nos habló del chico “puente”, la “persona bálsamo” –dijo ella– que le sirve a una mujer para acabar una relación y empezar otra nueva. Lisi, con su extraordinaria inteligencia y su sentido intuitivo de las cosas, lleva consigo la secreta claudicación de la modestia y el triunfo sedante de la risa amistosa, entre Cádiz y Viena. A veces se intuye en su mirada la nostalgia clandestina del mar y la conciencia secreta del sentido común. Por eso nos gusta escucharla: “Después de un tiempo, ella se dio cuenta de que no se había limpiado de su antigua relación y tras cuatro meses refulgentes y curativos finiquitó lo vuestro porque no podía continuar”. Lisi es la complejidad austriaca y la brisa de un poema de Alberti escapado del Puerto de Santa María.
Ahora Podemos, tras dos horas y media de reunión, ha resultado incompatible para la investidura con el documento presentado el pasado jueves a Albert y a Pedro –sin Albert y sin Pedro presentes– y que conlleva un “inasumible” incremento del gasto público de más de 60.000 millones de euros, el derecho de autodeterminación para Cataluña y un Gobierno con Podemos e “independientes de consenso” en las estructuras de Poder. Han dicho en Ciudadanos –antes Ciutadans– que sea han leído la carpeta roja de Pablo “por simple cortesía”, mientras que en el PSOE siguen abiertos al beso con tornillo con tal de sentarse en el sillón capitoné monclovita, a veces un trono alfonsino y otras un chéster federalista, según requiera la ocasión. Para Iglesias, el pacto acordado entre PSOE y Ciudadanos está en vía muerta y el socialista Antonio Hernando, otrora asesor rubalcabiano, dice que su partido seguirá intentando llegar a un acuerdo “hasta su última gota de sudor” con tal de acabar con la supremacía del dominio pepero en el Ejecutivo. Desmoralizado, Pablo, el chico “puente” entre las dos derechas sistémicas de nuestro país, la de Pedro y la de Albert, acabó por suspender su ansiada comparecencia ante los medios: ya no pertenece al Olimpo de los dioses griegos del papel timbrado. En todo candidato hay un funcionario dormido y en todo funcionario hay un político rampante que sueña con sentarse en el Congreso para echar sus cabezadas más cómodamente.
“Imposible”, “inviable”, decía el vicesecretario general de Ciudadanos, José Manuel Villegas con respecto a la oferta de Podemos, que no los quiere en un hipotético Gobierno porque plantean políticas económicas, educativas y fiscales opuestas a las suyas. Albert dice que Pablo quiere que rompa su romance primaveral con Pedro: ambos apuestos y machoalfabéticos; y Pablo reclama sus tiempos de flirteo y coqueteo con los dos, ay, que tan pronto lo han sacado del juego amoroso de la que ya se configura como la pareja del año, unida por el afán de alcanzar presidencia y vicepresidencia. La política española es ese espectáculo mediático que nos desmitifica: no hay nada más desmitificador que un supositorio en forma de investidura. El PNV y el nacionalismo catalán están a la espera de que Pedro se los lleve a la cama, desobedeciendo a sus mayores –Felipe y demás ancianos del comité federal–.
A todo esto, Mariano sigue ajeno, viendo cómo los chicos se desgastan en efusiones hormonales: con una estrategia muy definida desde el principio, la negativa a negociar y la repetición de elecciones, el presidente en funciones quiere volver a ser presidente en ejercicio, sí o sí. Mientras, Pedro y Albert han dinamitado el puente, el mismo que les hizo falta para llegar a la pedida de mano mutua: es la resignación del débito conyugal; en una palabra, el momento en que los dos, él y él, se hacen de derechas.
Hace unos días, querida Lisi, en un acto de presentación de un libro, ella nos dio el beso –que ahora se estilan dos– de Judas. Olimos el aroma denso de la mentira y hasta nos pareció divertido vernos tal como fuimos, como en una película cómica de Woody Allen, hechos chico “puente” de la cosa. Pero uno es por naturaleza un animal periodístico-literario y ante unos ósculos sartrianos surgidos de la nada metafísica, del absurdo camuniano, del vacío afectivo, también desmitifica y comienza a creer tan solo en la química, en la lírica y en el teatro; en una química que genera una lírica de la existencia, en el oro del periodismo bohemio y del escenario. Mientras, el político mancha el periódico de mentiras ante la rebelión alegre del periodista, acorralado por los recortes salariales y la digitalización absoluta de la célula, el órgano y la escritura. La locura del periodismo consiste precisamente en su mitología, que los políticos compran ahora en el supermercado de los think tanks, en una oferta del 2 x 1.
Toca asumir ahora el puente que algunos elegimos ser y caer a plomo en el abismo, cual Daniel Dravot en El hombre que pudo reinar. Pablo, deja a un lado la soberbia: tampoco es tan malo caer dando tumbos y tumbos, como un canto rodado, miles de metros hasta estrellarse contra las rocas. Una muerte detonante que después es vida: optar por la oscuridad habría sido darse por vencido y dar por inaugurada la madurez. No, todavía algunos tenemos un último arresto para caminar cantando victoriosos por el puente de tablas, agarrándonos a las cuerdas, mientras un monje de Sikandergul da los últimos machetazos para cortarlas. Y entre los despojos vagos florecerá el antiguo romance, cuando fuimos amados, al igual que Pablo por sus huestes comunistas –o no–, cuando España deseó a su candidato bálsamo, a su chico “puente”.
A eso se le llama la voluptuosidad de la rebeldía: caer para volverse a levantar. Y vamos siendo ya unos artistas de la derrota y unos antihéroes de lo menudo, de lo fino, de lo curioso, de la memoria… en esta cura que hemos emprendido contra la seriedad y el aburrimiento del mundo y que parte de la carcajada. La investidura ya es cosa de, cuando menos, un pobre diablo escapado de un relato de J. R. R. Tolkien.
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