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TRIBUNA

El caballo de Nietzsche

martes 12 de abril de 2016, 20:15h

Turín, enero de 1889, plaza de Carlo Alberto, un cochero azota sin piedad a su caballo. Friedrich Nietzsche se acerca al caballo, acaricia sus crines y rompe en sollozos. Si no fuera por Nietzsche, el cochero hubiera vapuleado también la compasión del hombre por el animal.

En España, tenemos nuestro caballo particular metamorfoseado en toro lidiado, alanceado, o embolado.

Mi análisis va más allá del buen o mal hacer moral, porque no aspiro a ser maniqueo y que unos me sitúen en contra de otros. Tampoco quiero cargar la suerte, antes de hacer la verónica.

A puerta gayola, genealógicamente, la fiesta de toros fue religiosa y se enraízar en las profundidades de nuestra civilización. El taurobolio, en honor a Mitra, ya dejó huellas arqueológicas en la arcana Creta. Dionysos admitía al toro como ofrenda para la fiesta de la omofagia, que supo transformarse y llega hasta nuestros días. Los ritos jupiterinos también contaban con el sacrificio del toro, piadoso, a celebrar en el ara.

Alfonso X, quizá consciente de la enfermedad que afecta a las creencias, recoge la práctica taurina con sentido laico, como un arte de caza mayor, en el que lucen audacia varones de la Nobleza. Ya tenemos al toro en varas: pugna entre machos. El rey desmonta la prosopopeya litúrgica y conceptúa la suerte como arte. ¿Será así?

Ciertamente, el toreo exige entrenamiento, destreza y virtuosismo en los lances. También tienen elegancia y sensualidad los movimientos, hay color en los atalajes y emoción, mucha emoción. La corrida es la boda de la vida con la muerte, donde casan luz y lucimientos, música y mugidos, seducciones variadas, cromatismo y dolor, sangre y flores. Es más que un espectáculo banal, y menos que un rito sagrado.

La astucia del torero, frágil y cenceño, es compatible con el miedo que provoca el riesgo, en él mismo y en el graderío por empatía. Luego, viene el alivio inmediato, cuando termina cada lance. Mucho proceso oponente en espectadores y actores. Nadie es capaz de mantenerse impasible. El que menos el toro, que pierde 50 kilos, durante los 15 minutos que dura su lidia. Todos los sistemas simpático y parasimpático trabajando a destajo, durante las dos horas de corrida. ¡Qué borrachera de cortisol y serotonina, mezclados en una revolera diabólica! Esta es una clave para comprender por qué prevalece la lidia sobre la compasión.

Pero la química no es suficiente para comprender, con empatía y respeto, el fenómeno taurino. Los toros también son un acto social, un gran río de seducciones, donde la vanidad juega su papel.

Es vanidoso el mayoral, representante del Hierro (otro símbolo de agresión), vestido con zahones de guadamecí, sombrero cordobés gris y chaquetilla corta. En las vestimentas toreras, todo es barroco y arcaico, desde los alguaciles, vestidos a la moda del siglo XVII, hasta los penachos mortuorios, rojo y gualda por cierto, de las mulillas del arrastre.

Seductor, vanidoso y pinturero el matador que viste de gran lujo, bodoques de oro y plata y taleguilla rellena, dicen que por protección, pero de paso luce entre alamares y sedas joyantes. Tanta ambigüedad, puesta en la diana de miles de ojos, tiene denotaciones profundas, que no es lugar de ventilar.

Vanidoso, jayán y fornido el picador, que figura como una almena cuadrada, encaramada a la gualdrapa, armado con su pértiga de dolor.

Vanidosas la barrera y contrabarrera, donde se apostan ejecutivos y majas. Aquellos por presumir de cartera, generalmente ajena; las otras a lucir palmito con sus mejores galas, ¡ay! ya sin mantilla, y por si les cae algún capote que exhibir, como alfombra repujada de rendición.

La plaza entera corea vanidad cuando el matador le brinda la muerte y la montera cae boca arriba.

El juego taurino, de dominio-sumisión, se libra de trapo a trapío; es la idea frente al instinto, el bello contra la bestia. Frente a la bravura indómita, que hace frente a su estrés, se mueve el ingenio de la humanidad, dispuesta a convertir a la fiera en víctima. El matador templa, cita con el capote a una masa de 600 kilos, que arremete, frena en seco y se revuelve, en un carrusel de fatiga y confusión animal, o salta en los faroles sobre los precipicios del albero. Luego siguen otros castigos, hasta que la fiera cede, agacha la cerviz y muestra, con mansedumbre, su rendición a la fatalidad. Estas victorias del hombre ingenioso sobre las fieras nos remontan al Neolítico, cuando la supervivencia era imperativa, para que el hombre se sobrepusiera a sus depredadores. El toro nunca ha sido uno de ellos, pero nos queda el arregosto del triunfo de cortar orejas y rabo.

Hay intereses creados para ganaderos, empresarios, apoderados, maestros y subalternos. Incluso subyace un nicho de trabajo que alberga a veterinarios, rabadanes, profesionales de la lidia, mozos de estoque, talleres de costura y temporeros monosabios. Hasta la industria turística tiene aquí una fuente de divisas, de otras divisas; de hecho, es un espectáculo que logra mantener casi quietos a los japoneses durante dos horas.

La fiesta, por modesta que sea la convocatoria, aunque es una expresión folclórica, siempre da sus chicuelinas con la bandera nacional, fusionando Nación y festejo. Esto no lo hace la zarzuela, manifestación artística autóctona; ni los conciertos de la orquesta nacional; ni siquiera el fútbol, elevado a expresión máxima de destreza. Además, el toro como emblema, en sustitución del escudo de todos, o icono que simboliza la raza…, son hipérboles poco soportables, que dan a ganar a la fiesta, elevándola a rito de identidad, lo que hurtan a la Patria, en términos de prestigio. Porque la fiesta de toros no nos abre puertas en los foros internacionales políticos y científicos, ni nos acredita como merecedores de premios de prestigio, ni podemos exhibirla con orgullo como espectáculo respetuoso con la naturaleza.

A mi juicio, que la derecha asuma la defensa de la fiesta, como rasgo propio del nacionalismo español, resulta tan bisoño como que las ideologías de izquierda la detesten. Esto es puro maniqueísmo. Es un atavismo a deslindar sin ese paradigma. O, si se quiere, es un fenómeno cultural que debe evolucionar integrando los valores de respeto a la vida, que han emergido hoy. Yo no digo que haya de quedar anclada en un museo etnográfico, pero tampoco niego que es regresiva, sangrienta y cruel.

Es un reto a la creatividad encontrar fórmulas que casen compasión y osadía, respeto a la naturaleza y arte, diversión y gracia.

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