No es lo mismo ilegal que inmoral, claro está. Lo primero, tiene –o debería tener- unas consecuencias penales. Lo segundo, no penales, pero sí consecuencias. Me fascina el tono con el que Bertín Osborne ha respondido a la publicación de su nombre vinculado con los papeles de Panamá. Porque a Bertín le “encabrona” tener que dar explicaciones por algo que es legal.
A mí lo que me “encabrona” es tener que asistir con absoluta perplejidad a esas explicaciones. Porque en los noventa en Miami, donde residía el presentador y cantante cuando creó la sociedad offshore por la que se vincula con el escándalo panameño, era “normal” tener una empresa de este tipo en el país centroamericano. “Te las ofrecían de dos en dos por mil dólares. Yo qué sé, pues te dicen que si en el futuro quieres hacer algo, que tengas una sociedad allí...”. Ha llegado ese futuro para el que no sabemos muy bien qué expectativas tenía Bertín –no tendremos la certeza si no lo cuenta, claro, pero tratándose de una sociedad opaca en un país que entra y sale de las listas de paraísos fiscales, permítanme cierta suspicacia-, y reactiva la sociedad para hacer frente a sus pagos con Hacienda. Ya todo de manera legal porque, según ha dicho, “ya hace años” que está todo legalizado.
Me duele sobremanera el sambenito de la “picaresca española”, venga de fuera o –creo que más- de dentro. Me “encabrona” un sentir muy generalizado de que en España somos ‘ladronzuelos’ (como si el sufijo añadiera simpatía al asunto) por naturaleza, que va inscrito en nuestro ADN y debemos asumirlo como parte del carácter mediterráneo, como el jamón serrano y la siesta. “¿Y qué decir de nuestra madre España / este país de todos los demonios / en donde el mal gobierno, la pobreza /no son, sin más, pobreza y mal gobierno, /sino un estado místico del hombre, /la absolución final de nuestra historia?” que decía Gil de Biedma.
Y el español de pura cepa, el de los toros, el vino y “los hombres no entran en la cocina” –vergonzosos momentos en la entrevista a Iker Casillas en En tu casa o en la mía-, resulta que no le apetece tanto su país cuando se trata de pagar. Es otra España. La que contaba esos “chistes de mariquitas” que Bertín Osborne y Arévalo han declarado recientemente echar de menos en los escenarios españoles. Otra España que, confío, está a tiempo de hacer algo más que lavarse la cara.
“Quiero creer que nuestro mal gobierno / es un vulgar negocio de los hombres / y no una metafísica, que España / puede y debe salir de la pobreza, /que es tiempo aún para cambiar su historia / antes que se la lleven los demonios”. (Apología y petición de Jaime Gil de Biedma)