Una de las noticias más complejas de este 2016 es la situación que vive Brasil como país, y muy especialmente la situación que afecta al gobierno de Dilma Rousseff, y a la institucionalidad política del gigante sudamericano.
Como una manifestación relevante del problema, este domingo 17 de abril la Cámara de Diputados aprobó con 367 votos a favor la apertura del proceso de impeachment contra la Presidente, ante solo 137 que votaron en contra. ¿La razón? Se acusa a Rousseff de violar normas fiscales, específicamente de haber maquillado el déficit en el presupuesto. A continuación la destitución debe proseguir su curso en el Senado -donde sólo se requiere más de la mitad de los votos para continuar con la destitución-, que en principio tendrían las mismas definiciones, augurando una difícil situación para el gobierno. Todo podría concluir con un proceso en que la Mandataria debe dejar el cargo por 180 días (plazo máximo), durante el cual gobierna Michel Temer, del Partido Movimiento Democrático Brasileño.
Lo curioso es que Rousseff fue reelegida hace poco más de un año, después de lo cual se ha producido el desplome de su popularidad y también ha crecido la efervescencia y la protesta social, al punto que la causa de la acusación parece un mero pretexto para terminar anticipadamente con su mandato. El impeachment ha monopolizado las informaciones en las últimas semanas, lo que podría llevar a pensar, erróneamente, que ahí está el único o principal problema que afecta a Brasil en la actualidad, pero el tema tiene demasiadas aristas que no corresponde omitir.
Para ello lo primero que debemos entender es que Brasil no está sufriendo simplemente una crisis política, sino que tiene un problema más profundo y plural. Es verdad que hay una crisis política, y grave, pero hay muchas otras manifestaciones de descomposición que no se pueden soslayar en cualquier análisis maduro del asunto: Brasil enfrenta también una delicada situación institucional, marcada por la judialización del conflicto político, a lo que se suman la crisis económica y un eventual estallido social. Cada una de esas aristas multiplica los problemas y hace más difíciles las soluciones, en medio de una acefalía política y una incertidumbre creciente.
En el plano institucional hay varios elementos relevantes. Desde luego, las disputas entre los tres poderes del Estado, con ataques cruzados y permanentes: juicios contra parlamentarios y autoridades del Ejecutivo desde el mundo judicial, unido a acusaciones contra fiscales y jueces por supuestos intereses políticos. Además, existe una situación compleja propia de los países con regímenes presidenciales: el gobierno se debe mantener durante todo su periodo, aunque apenas tiene un 10% de respaldo popular. El sistema carece de esa flexibilidad que muestran los regímenes parlamentarios para adelantar las elecciones y provocar una definición popular y constitucional cuando existe una crisis de representación o un notorio cambio en las preferencias de la población. Finalmente existe una clase política cuestionada, donde son demasiados los que aparecen involucrados en escándalos de corrupción -muchos de los cuales están siendo juzgados y son jueces a la vez, según el caso del cual se trate-, con un inmenso descrédito ciudadano. Así se vio en la definición de este domingo, cuando decenas de los que votaron por seguir el impeachment también están cuestionados o perseguidos judicialmente, algo que se repetirá en el Senado.
Adicionalmente, Brasil tiene serios problemas económicos. Después de unos años de bonanza, el país sudamericano -una de las diez principales potencias económicas del mundo- se encuentra en una situación depresiva. La economía mostró resultados negativos durante el 2015, con una caída del 3,8% del PIB, y se auguran similares resultados para el presente año, en lo que es la peor recesión de las últimas décadas. Algunos analistas incluso estiman que hay factores estructurales en la economía brasileña que impedirán superar el problema si no se realizan reformas fundamentales que no se vislumbran por el momento. Si a esto se le agregan los síntomas de desconfianza hacia Brasil, el resultado es necesariamente negativo.
Por otra parte, en materia social hay al menos dos problemas graves en el país del fútbol y la samba. El primero es la permanencia de grupos grandes de la sociedad en condiciones de pobreza (unos treinta millones) o de miseria (diez millones). Si bien en esto se ha avanzado bastante y son también millones los que dejaron la pobreza en las últimas décadas y pasaron a integrar parte de una creciente clase media, al tratarse de un país tan grande los números siguen siendo inmensos y parece una tarea insuperable terminar con esos resabios de subdesarrollo y malestar social. Un segundo elemento es la inmensa polarización en la que se encuentra la sociedad brasileña, por la situación política que vive y que se prevé no será superada en un plazo breve. Las calles han empezado a llenarse de partidarios y contrarios, y las agresiones se multiplican.
No son exageradas las reacciones que se han producido en los últimos días: "Brasil ante el abismo", señala un editorial de El País, indicativo de la percepción que ha producido el resultado en la Cámara de Diputados. Hace algunas semanas el mundo observó la detención de Luiz Inácio Lula da Silva, el carismático líder de la izquierda brasileña, acusado por casos de corrupción. Un hombre que llegó a ser una figura de relevancia mundial y que logró instalar a la izquierda en el gobierno, vive uno de sus momentos más amargos.
Igual cosa ocurre con Dilma, quien de joven fue guerrillera, luego estudió economía y finalmente ingresó a la política. Así participó como ministra en el gobierno de Lula, se levantó como su sucesora y comenzó a gobernar el 1° de enero de 2011. Dos años después fue elegida como la segunda mujer más importante del mundo por la revista Forbes, en lo que representaba su momento de mayor reconocimiento internacional. Sin embargo, el dinamismo y las veleidades de la política la tienen ahora en una situación que podría terminar con su salida del gobierno.
Si Dilma Rousseff es efectivamente destituida, podemos estar seguros que el problema político e institucional de Brasil seguirá abierto, con insospechadas consecuencias. Más todavía cuando la Presidenta ha dicho que se trata de un golpe de Estado y que se defenderá hasta el final. Ya veremos en qué queda todo este asunto, aunque nadie presagia algo positivo.