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TRIBUNA

La regresión

jueves 21 de abril de 2016, 18:59h

Recientemente, hemos podido observar cómo unos seres humanos, ufanos de poder y ahítos de alcohol, convocados para participar en un encuentro de fútbol, son capaces de hacer todo tipo de vejaciones a personas indefensas, minusválidas o menesterosas, que arrastran su pesar por los márgenes de la dignidad. Escenas como las de Roma, Barcelona y Madrid son emocionalmente repugnantes, producen asco. En el plano moral, son execrables porque simbolizan desprecio y humillación entre semejantes. Y en el plano cognitivo, el de las ideas, significan cómo el poder, aunque sea suplido, abusa del desposeído de poder.

Todos los aficionados al fútbol no son como los sujetos que protagonizaron esos hechos. Afortunadamente. Mi escrito de hoy pretende clarificar este tipo de epifenómenos que, a veces acarrean muerte, otras la estupefacción y bochorno de muchos, y siempre la humillación del ser humano, daños diversos y un espectáculo deleznable.

El fútbol es el segundo negocio que más dinero mueve en todo el planeta. El primero es la droga. Y este segundo negocio no le va a la zaga en toxicidad y alienación, en función del usuario que lo consume y la sobredosis con que se dope.

El fútbol, hoy día, puede ser un agente de enajenación mental, que produce dependencia psíquica de los seguidores de cada equipo, que “son” del Barça, del Madrid, o de no importa qué. El sentido de este “ser de” despersonaliza, enajena, despoja del ser propio y reduce la consistencia y autonomía del yo, en sentido inverso al desarrollo de este “ser de…” Cuanta menos fuerza centrípeta tenga la propia consciencia de identidad, mayor será la huída hacia ese “ser de” no importa qué. Por ello, es muy peligrosa esta dependencia, especialmente, entre niños y adolescentes, que incluso llegan a deprimirse si va mal el equipo del que “son”... Pero el fenómeno no se para en la adolescencia; adultos, mal cuajados con su edad cronológica, trasvasan los resultados coyunturales del partido a su actitud existencial.

En psicología social, se usa la fórmula 2+2>4, para señalar cómo el poder del grupo crece más allá de la suma de los recursos individuales de sus integrantes, porque todo grupo suple las deficiencias del individuo y se convierte en exponente multiplicador del poder individual. Actuaciones que la persona singular no se atreve a hacer, las protagoniza por el suplido de poder que el grupo le otorga.

Por otra parte, la masa social, que no se parece en nada al grupo, crea una nueva identidad colectiva, garantiza el anonimato de los sujetos que la componen. Quienes “son” de este o aquel equipo, dejan de ser Juan o María, en cuanto se revisten con camisetas, bufandas y sombreros alusivos al equipo, para oficiar los ritos que corresponden a su identidad plural, amorfa y emocional.

Enseguida aparece el alcohol, ingrediente de todos los ritos catárticos, sean cultos nilóticos (Amón), bacanales dionisiacas, fiestas liberalias de Roma, o ahora concentraciones futbolísticas. La fase intermedia de la intoxicación etílica rompe límites, otorga una permisividad extraordinaria y procura el frenesí caótico de emociones, que fluyen como turbulencias, pero sin sentido, al albur de cualquier emergente. Despersonalizados, arropados con los atalajes del equipo, suplidos por el grupo e inmersos en la masa, llegamos a las puertas de la regresión hacia la horda.

Una vez sumergidos en la horda, el plano superior de la mente convierte las ideas en una informe mescolanza de ocurrencias, que pasan a la acción, apenas esbozadas, sin que medie estructuración alguna, ni sean filtradas por los mecanismos de censura habituales, que restringen la conducta personal: no hay raciocinio lógico, ni sentido crítico, ni valoración teleológica. Todo vale, si garantiza la euforia propia, aunque sea a costa de la disforia de otros. Es el resultado de hacer simple al hombre, de castrar su naturaleza, para instrumentalizarlo.

La locura de poder se dispara con anticipación, por el delirio de ganar el partido. Se trata de participar de la gloria reflejada, aunque aún no haya tenido lugar el encuentro. Ese entusiasmo previo genera un estado maníaco, en sentido estricto. La realidad no cuenta, porque no ha existido todavía. Lo que cuenta es la imaginación, junto al deseo y el entusiasmo que suscita. Tal entente de fantasía y emoción de cada participante en la algarabía, que se alientan entre sí, genera un estado anímico colectivo límite, susceptible de cualquier desastre, habida cuenta que interactúa con el alcohol y otras drogas. Es un cóctel de toxicidades.

Una vez dentro de la contienda, el espectador está en la grada, pero participa en el juego, con sus habilidades de vociferar, silbar, aplaudir o patear. Hasta cualquier Manolo llevaba su bombo, que la percusión genera rebumbios apabullantes. Es hora y media de proceso oponente entre el simpático y el parasimpático: una borrachera química de catecolaminas, que se agrega a los otros tóxicos, incluido el social.

Los partidistas, por sus destrezas de grada, son considerados el jugador número 12. Cada equipo lleva su número 12; pero, gana aquel que prevalece, quien chilla y berrea con más fuerza, para desbancar al contrario. Es una pugna por ser más cerril que el contrincante, porque eso ayuda al equipo propio y desanima al otro. Por tanto, este es un partido superpuesto al del césped, cuya única regla es ser todo lo violento que se pueda, con tal de callar al adversario. A este proceso le llaman “quemar adrenalina”, sin tener en cuenta que cuanta más adrenalina secreta el organismo, más noradrenalina y dopamina necesita, en un proceso circular “ad limina”, susceptible de producir infartos y trastornos de conducta.

Cuando aquello ha terminado, surge la frustración de quienes perdieron y el frenesí de quienes ganaron. Seguimos generando vórtices de turbulencias emocionales. Unas en un sentido y otras en otro, con tal de no aceptar del todo la realidad, porque los perdedores casi siempre consideran injusta la derrota y a los ganadores les parece escaso el triunfo. En lo que ambos coinciden es en la metabolización mental de las jugadas: una y otra vez, se relatan entre sí cada pase, el regate, el dominio del campo, el toque de balón, los errores del árbitro y cualquier avatar.

Estos relatos están adulterados desde que las jugadas son percibidas, porque cada quien tiene sesgada su capacidad perceptiva, por tratarse del jugador número 12. Pero no importa, que uno le cuente a otro su propia mentira, la mentira que espera oír el oyente. Unos convencen más a otros, aunque se trate de embustes. Mientras tanto, ninguno piensa. Todos viven, compulsivamente, su relato. El proceso oponente se repite y repite, profundizando la alienación mental y el condicionamiento emocional.

Si no fuese un negocio pingüe, el fútbol no tendría tanto predicamento en los telediarios, que le dedican horas y entrevistan diariamente a los adinerados genios del balón, con más fruición que a los pobres científicos, filósofos y artistas. Podría pensarse que es el mundo al revés, que valora más los pies que la cabeza. Pero, no. Detrás, hay alguna cabeza empeñada en producir alienación, que genera condicionamiento desde la infancia, regalando camisetas y ornamentos del equipo y persiste en los telediarios. Es preciso madrugar en la despersonalización y reforzarla, para asegurar oficiantes del tiempo venidero y nutrir la masa crítica del jugador número 12 (“masa crítica” se llama técnicamente). Aquí, la crítica falta por doquier, porque se trata de bloquear el criterio y conseguir un tipo de acefalia real, que será tanto más eficiente, cuanto más profundo sea su condicionamiento. De ese modo, en lugar de que el fútbol sea un instrumento de educación, se convierte en factor de regresión.

Siempre, solemos responsabilizar de estos trastornos sociales a los políticos. Ellos tienen una cuota, desde luego, porque son beneficiarios colaterales de la alienación. Pero los medios de comunicación tienen otra y también se benefician de las migajas del festín, propagándolo. Los padres, han de asumir la suya, cuando abdican de la creatividad y se dejan llevar del ir a favor de la corriente, que es como va bien Vicente. Los educadores, si queda alguno que no se haya reconvertido a instructor, no pueden eludir la propia, al no diferenciar valores. Es decir, que, por activa o por pasiva, cada quien hemos de plantearnos cuál ha sido nuestra participación en los epifenómenos que lamentamos y diseñar la terapéutica que nos parezca adecuada.

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