Lo dicho por Ortega en una conferencia del año 1949, en Berlín, ha logrado su forma acabada esta semana en Bruselas. Ortega denunció que la palabra democracia (no confundir con la propia democracia) “se ha vuelto estúpida y fraudulenta”, y eso es lo que ha sucedido esta semana en el Parlamento Europeo con la presencia de Otegi. Nosotros hemos sido testigos de un fraude, de una estafa a nivel europeo. Otegi, el excarcelado asesino de ETA, ha tenido su minuto de gloria en la principal institución de la democracia europea. Un señor inhabilitado para ocupar un cargo público por sus propios crímenes, el líder de la izquierda abertzale y socio privilegiado del Podemos, ha tomado la palabra en el ágora simbólicamente más importante de Europa.
Es un secreto a voces que muchas de las instituciones de la Unión Europea no funcionan a la altura de las circunstancias y retos actuales, pero nadie podía sospechar que pudieran llegar a tal degradación que permitiera justificar la comparecencia de un “ex”-terrorista ante sus víctimas. Las diputadas Teresa Jiménez-Becerril y Maite Pagazaurtundúa, que saben demasiado bien qué es el terrorismo, se manifestaron en contra de esta ofensa a las víctimas del terrorismo. Sin embargo, no han conseguido nada o poco. Toda la protesta quedó en una queja de Manfred Weber, presidente de los demócrata-cristianos europeos, y el apoyo tibio de los diputados del PP, C´s y UPyD junto con algunos independientes. Mientras que el PSOE, IU, Podemos y PNV con arrogancia rechazaron sumarse a la protesta en contra de la aparición de Otegi. Otros muchos fueron más allá e ignoraron el minuto del silencio para conmemorar a las víctimas del terrorismo. Además, han impuesto otro minuto de silencio por los bombardeos de Guernica. Engañifa tras engañifa, estafa tras estafa para burlarse de los parlamentarios díscolos, que no quieren ver a los asesinos con nutrido pedigrí predicarles la paz y la concordia.
La democracia ha sido utilizada como arma arrojadiza por toda la izquierda europea. Martin Schulz, el presidente de la Cámara y socialista alemán, optó por ser prudente, en el peor sentido de esta palabra, es decir: esperar a que venciese el plazo de la petición de las diputadas Jiménez-Becerril y Pagazaurtundúa. A toro pasado, se excusó diciendo que no tenía competencias suficientes para resolverlo y apeló a un órgano colectivo, la Mesa o Conferencia de los Presidentes. No hay mejor manera de eludir la responsabilidad individual que convertirla en colectiva. Viejo truco de todos los totalitarismos. Se destacó también Gabi Zimmer, líder de la Izquierda Unitaria Europea, que defendió a capa y espada el derecho de Otegi a intervenir, porque cualquiera que defienda el proceso de paz pueda entrar en el Parlamento.
No podemos dejar sin atención el comportamiento de los primeros socios de Bildu y de todos abertzales, de Podemos. Si nos fijamos en las declaraciones de Schulz, uno de sus principales argumentos para su propia defensa fue apelar a que él no puede negar la comparecencia de nadie que ha sido invitado por los grupos parlamentarios, en este caso de Podemos y sus afines. Pero, ¡qué sorpresa!, el mismo día vemos a Pablo Iglesias diciendo que la invitación de Otegi fue iniciativa de alguien de por allí pero no de ellos. ¡Vaya, vaya! Tampoco les habrían avisado del minuto de silencio por las víctimas causadas por sus nuevos aliados. En fin, una vez más, la izquierda europea, especialmente esa que ha invitado Otegi a legitimar el terrorismo, lo ha hecho en nombre de la “democracia occisa”, o sea muerta. Ya lo decía el bueno de Aristóteles: “La democracia radical es una tiranía” (
Política, VII (V), 10, 1312 b 5-6).