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El enigma del Temple

miércoles 11 de junio de 2008, 21:55h
Al grito de “Dieu lo volti” -¡Dios lo quiere!-, el Papa Urbano II proclamaba en 1096 la primera Cruzada, cuyo punto álgido se alcanzaría en 1099, con la toma de Jerusalén. Una vez en manos cristinas, la Ciudad de Oro se convirtió -si cabe, aún más- en centro de peregrinación, al que acudían gentes de todo el orbe cristiano. No eran, desde luego, viajes seguros aquéllos, por lo que un grupo de nueve caballeros, al mando de noble francés Hugo de Payens, se ofreció al rey Balduino II, con un noble propósito: brindar protección a quienes acudían a Tierra Santa. Balduino II les permitió instalarse en las dependencias que fueran del Templo de Salomón; de ahí el nombre que posteriormente tomarían. Los que paseen hoy en día por la explanada de las mezquitas, deben saber que caminan sobre suelo templario; es más, la actual Mezquita de Al-Aqsa fue en tiempos su sala capitular.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo -tal fue su nombre completo- recibiría sus estatutos en el Concilio de Troyes, en 1128. De su redacción se encargó una de las mentes más preclaras de la Iglesia medieval, San Bernardo de Claraval. Desde entonces, su fama no hizo sino subir y acrecentarse. Formidables guerreros, tenían prohibido rendirse. Su espada fue temida durante toda la etapa de dominación cristiana, donde cosecharon grandes éxitos, como en la batalla de Monsgisard, donde estuvieron a punto de acabar con el mismísimo Saladino. Además, tanto allí como en Europa comenzaron a surgir las llamadas “encomiendas”, una suerte de sucursales bancarias a regentadas por el Temple, donde el viajero entregaba en custodia sus riquezas, y a cambio, recibía un documento cifrado, contra el cual se le iban entregando durante su periplo sumas a cuenta de lo inicialmente depositado. No se llegó a descubrir nunca el código con el que los templarios encriptaban sus comunicaciones, pero lo cierto es que empezaron a atesorar grandes riquezas.

La codicia, y las deudas que tenía contraídas con ellos, fueron las razones que impulsaron al rey Felipe IV de Francia a urdir su disolución. Se detuvo a tantos caballeros como se pudo y, sometidos a tormento, fueron acusados de cargos tales como brujería, sodomía y usura. El proceso culminaría con la quema en París del último Gran Maestre templario, Jacques de Molay. Leyenda o no, lo cierto es que la posibilidad de un tesoro oculto ha alimentado la imaginación de quienes esperan encontrar el oro perdido del Temple. Sólo un último apunte: entre los manuscritos hallados en Qumran, en el Mar Muerto, hay uno, el llamado Rollo de Cobre, que presuntamente contiene el inventario del tesoro que los judíos escondieron tras su revuelta contra Roma en el 66 d.C.: doscientas toneladas de oro y plata. Nunca fueron halladas, pero sí se dice que los templarios, en sus excavaciones en el Monte Moria, encontraron algo de gran valor. Algo que, por cierto, nunca llegó a aparecer...

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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