Así parece y después de rebotar de cabeza en cabeza, un tanto mellado. Lo lanzó a comienzos de febrero anunciándole al Rey que no contaba con los apoyos necesarios para formar gobierno. (Lo hemos comentado en artículo precedente). Daba paso a otras ofertas. Un pase torero o “viravolta de muiñeira”. El bumerán -con acento agudo o esdrújulo, este más etimológico (búmeran), preferido en latitudes americanas- es arma arrojadiza que toma dirección hacia atrás y vuelve al lugar de origen. El presidente Rajoy atisbaba el rumbo. De espaldas al toro. Atrevido. Esperó paciente y consciente de que la moderación y sensatez democrática se impondrían sobre el oportunismo. Tal fue la oposición semántica con que resumió al Rey la circunstancia que se vivía entonces. Y en los tres meses transcurridos la órbita del artefacto y el bordón de la gaita galaica le confirmaron lo que intuía. Temple, sin duda.
Estamos ante otro modo de hacer política o de que la res pública resulte sólida si realmente es algo de por sí sostenible. El presidente desconcierta al personal acostumbrado al ruido demagógico y verborreico. Inmovilista, apático, distante, indolente. Son algunos de los adjetivos con que lo enmarca la opinión pública y política interesada. No así, en cambio, quienes lo conocen de cerca. Y con todo resiste. Le van saliendo bien los asuntos de Estado. Poco a poco. Dicen que por agotamiento y lasitud de los problemas y asuntos sociales. Una velocidad inédita en un país dado a improvisación e hipocresía de pantalla. No consigue alejar, sin embargo, la inquietud que genera en el entorno y hasta desprecio por su talante ajeno a manipulaciones e intereses espurios. Pudiera ser también que su moderación lo sitúe en un término medio que ningún otro líder quiere y del cual huye la mayor parte, a derecha e izquierda, perdiendo altura y bajando niveles. Bastantes políticos han quedado orillados en casi un lustro de gobierno.
Rajoy se está convirtiendo en un fenómeno socio-político extraño. Lo acorralan, empujan, dentro y fuera de su partido. Le niegan el diálogo. Lo vetan. Si quiere gobernar, ha de conseguir mayoría desproporcionada u obtener un resultado que la impida en un frente contra él absoluto. Curiosa circunstancia. Ahora pretenden circuirlo en grupo mediático porque le temen cara a cara y de veras. En serio, como dice él.
A pesar del tiempo perdido en este trimestre políticamente anómalo, la población no se siente huérfana, pero sí preocupada. Las instituciones funcionan. El listón económico de la legislatura se mantiene. Las expectativas parece que también. El paro disminuye. Tal vez sea esto resultado del denominador común en que basa Rajoy su actuación política. Y sorprende. Consigue sotto voce una resonancia de fondo que se impone. Y puede otorgarle nuevos apoyos democráticos en el próximo mes de junio.
La órbita del bumerán seguramente ha abierto nuevo horizonte. Son tres meses y medio de reflexión aparentemente distanciada. Suficientes para regresar más convencido y con refuerzo democrático. Tres perspectivas al menos. Una, seguir purgando el terreno que pisa en el partido propio. Cuando hace falta, mira a otra parte y espera a que la justicia culmine su trabajo. No parece rebajarse ante compromisos y situaciones que empañen el fundamento político. Ni ser persona de encomiendas. Otra, favorecer y desarrollar el dinamismo cultural de los valores históricos que han conformado al país. Y hacerlo de tal modo que España ocupe realmente el cuarto puesto que la Unión Europea le ha asignado. Y una urgencia más: reducir la deuda contraída al aceptar este compromiso y la ayuda millonaria que supuso en los años de la Transición con alegría y derroche financiero. España fue almoneda pública durante bastantes años. Hipotecó su tejido productivo y recursos humanos a cambio de estabilidad política. De ella viven aquellos mandatarios y agentes sociales. Y ahora se notan las consecuencias.
Dos factores pueden contribuir al logro de esas perspectivas. Uno, aprovechar la experiencia vivida en el interregno de los tres meses y atender a la continua recomendación europea de formar un gobierno sólido y estable. Nos exigen más recortes, es decir, más animadversión popular frente a quienes nos gobiernen en el futuro inmediato. Traducido en términos de oposición: más política anti-Rajoy, pero siguiendo la ruta que Bruselas le dicta a él o a quien le sustituya, el presidente X. Si pretendemos un gobierno competente el 26 de junio próximo, los partidos con más experiencia legislativa deben aproximar posiciones y personas capaces de alzar la mira histórica de España e integrarla verdaderamente en Europa. Y esto con el aporte de su vivencia ibérica, hispanoamericana, africana y plurilingüe.
El otro factor concierne a la reducción de la deuda externa. No podemos seguir con esta losa encima y removerla desde el gobierno o la oposición según intereses de partido y hasta revolucionarios, desestabilizadores. Las medidas dispuestas no logran aliviar el peso y carga que supone ser europeos. Habrá que inventar otras. Y una sería ofertar la deuda a los ciudadanos con garantías estatales de reintegro, a largo o corto plazo. Un tipo de pagarés históricos. Y según libre voluntad del contribuyente. Hay modos y formas que lo permiten. Tendríamos conciencia real del coste y de la situación en que nos encontramos. Proponerse, por ejemplo, reducir la deuda en tiempo adecuado al desarrollo y progreso conseguido. Liberar lastre. Y proponérselo a Bruselas como medio y condición de estabilidad política. Lanzar la deuda como bumerán que la revierta en libertad de opción y compromiso. Rentabilizarla sin dañar los principios democráticos ni fatigar la esperanza de quienes los sostienen. Idear un modo de reconvertir en beneficio de Estado la hipoteca y los intereses que pagamos a quienes compran deuda pública desde el extranjero. Solo así podremos salir del encuadre de país con economía porcina (PIG). La crisis financiera pasa factura política evidente. Y el desafecto social amenaza al sistema democrático.
Como otros presidentes anteriores, Rajoy confía en la lasitud del problema constitucional con la intención de ganar tiempo y aproximarse al período de mayor rentabilidad económica de España: el turismo. Seis meses largos de economía emergente y distracción festiva. Semana Santa, ferias de abril, mayo, agosto, septiembre, santoral múltiple, puentes vacacionales, rendimiento fiscal, agobio juvenil de exámenes, evaluaciones, horizonte de playa, montaña, viajes, toros, mercadillos, lides deportivas. Y ahora, período electoral, expectativa de voto e incertidumbre política. Espejismo asegurado de futuro.
Un ruido que ensordece y desvía la preocupación de fondo, aún más la deuda de Estado, pues son Europa, América y Asia quienes nos visitan. Ayudan a mermar devengo. El problema político y económico de España se reduce a la mitad durante medio año. Por eso no inquieta realmente la gravedad que entraña. Nos acostumbramos a ser país de arrastre y ciclos alternos, periódicos. Y la deuda se vuelve perpetua. Un rédito asegurado para otros países e inversores. Con futuro siempre delante. Un tiempo virtual que desvirtúa el presente escorzándolo. Vivimos en escorzo de feudo permanente.