La aspiración presidencial del empresario multimillonario Donald Trump se ha convertido en un desafío al sentido común pero también al análisis político. A lo largo de seis meses proliferaron las voces que desdeñaron la posibilidad de su victoria en las primarias, en lugar de hacer el esfuerzo de entender la realidad que ha permitido su casi segura candidatura republicana.
Uno de los más brillantes pronosticadores políticos en base a estadísticas y encuestas, Natan Silver, declaró: “estoy contento de no predecir algo tan loco como la nominación de Trump”. Silver se colocó en los medios estadunidenses por haber adivinado, leyendo cifras, la victoria de Barack Obama en el 2008 justo en el país que sigue arrastrando resabios de racismo. Ahora falló.
Trump resultó todo un desafío al sentido común. Pero la razón no ha radicado en las fallas de la prospectiva política, sino en el método: los principales analistas políticos le dieron prioridad a sus percepciones personales y no a la racionalidad de la política. John Cassidy, en la prestigiada revista The New Yorker, recogió el sentimiento de derrota en la evaluación de la carrera presidencial de Trump: “mal, mal, mal hasta el final, lo hicimos mal”. Pronosticaron su derrota por deseo personal de los analistas y se equivocaron.
No sería la primera vez que ello ocurre: los medios desdeñaron a Nixon, no bajaron de cacahuatero a Jimmy Carter, se burlaron de Ronald Reagan por ser actor de películas de tercera categoría, vieron pretencioso al provinciano gobernador Bill Clinton, desdeñaron a Bush Jr. por incompetente y no le dieron posibilidades a Obama por el color de su piel. Sin embargo, esos presidentes fueron producto de un estado de ánimo social específico en cada época.
Cassidy señala que pocos analistas le dieron posibilidades a Trump el año pasado. Hoy reevalúan sus análisis ya no en función de la candidatura sino en la elección de noviembre. Pero de nueva cuenta los métodos analíticos están contaminados con las percepciones personales: quien analice la elección presidencial entre Trump y Hillary Clinton en un escenario social, de estado de ánimo de los electores y de contexto internacional tendrá mejores posibilidades de hacer un pronóstico adecuado; pero Trump sigue estimulando repudios personales. En el fondo, quienes van a elegir al próximo presidente de los EE.UU. son los electores de una sociedad estadunidense que es diferente a las otras anteriores.
Lo mismo le ocurre a los conservadores. El famoso analista conservador William Kristol, en The Weekly Standar, centro de pensamiento de la derecha, se disculpó por anunciar que no votaría por Trump por una serie de razones que sin duda nunca les exigió a otros candidatos republicanos. En su artículo Kristol colocó un epígrafe muy significativo, no tanto por el autor sino por su militancia partidista: el demócrata John F. Kennedy dijo algún día que “en ocasiones la lealtad al partido exige demasiado”.
Los datos anteriores revelan, en consecuencia, la magnitud de la victoria casi segura de Trump en las primarias, sobre todo por el retiro de sus tres principales competidores: el empresario ganaría la nominación --en cuanto se haga oficial-- en un escenario político adverso, no sólo en el espacio demócrata y social sino al interior de la franja conservadora de los republicanos. Nunca antes ningún aspirante republicano a la candidatura presidencial había enfrentado una oposición tan amplia en los medios, ni siquiera George W. Bush.
Los analistas centraron sus baterías críticas en la personalidad de Trump: un empresario multimillonario, varias veces fracasado en negocios. Lo que los analistas no han preguntado es el estado de ánimo de la sociedad ante los presidentes anteriores: la frivolidad de Clinton y sus aventuras sexuales, la escasa preparación de Bush Jr. en uno de los momentos más desafiantes de los EE.UU. por los ataques terroristas del 9/11 y las promesas incumplidas de Barack Obama con los pobres, los migrantes y los afroamericanos.
El factor Trump está redefiniendo la mentalidad de los estadunidenses. Desde hace un mes, la aspirante demócrata Hillary Clinton tuvo que resolver uno de sus más importantes dilemas, fácil desde su oportunismo y convicciones imperiales, pero difícil ante el escenario político del norteamericano medio: entrarle al debate ideológico con aspirante el izquierdista Bernie Sanders o entender que Trump había fijado el terreno político-ideológico de la contienda en la agenda de la derecha. Ahí encontró explicación el largo análisis de The New York Times Magazine sobre el camino de Hillary Clinton para convertirse en un halcón derechista del poderío estadunidense. Peor aún, Hillary se vio obligada a asumir la agenda México de Trump y en una semana lanzar cuando menos tres duros ataques a la situación crítica de seguridad en México no porque le interesara --su agenda real es más geopolítica y personal de poder-- sino porque entendió que México había sido metido en la campaña estadunidense por Trump.
Los estadunidenses van a optar en noviembre entre la imagen de Forrest Gump corriendo como nadie hacia ningún lado o la Dorothy Gale de la novela El mago de Oz de Lyman Frank Baum elevada a obra de arte cinematográfica por Víctor Fleming, pero sin que ninguno de los dos ofrezca alguna agenda de soluciones a la grave crisis de transición de los EE.UU. luego de la caída del Muro de Berlín, el fin de la guerra fría, el monstruo del terrorismo y la larguísima crisis económica que terminó con el sueño del empleo seguro, bien pagado y asegurado con el retiro.
Los periodistas deberán de rehacer su sistema analítico sobre Trump y analizar las elecciones en función de las tres variables clave: la geopolítica, la crisis social provocada por la crisis económica y el relevo en la élite gobernante. Lo escribí aquí hace poco: no es Trump sino la sociedad estadunidense.
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