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TRIBUNA

Una historia de amor en California

sábado 14 de mayo de 2016, 19:13h

Tanta fue la repercusión de esta bella y verídica historia que inspiró una ópera rusa, un éxito extraordinario que aún sigue reponiéndose.

Discurre el comienzo del siglo XIX. Nos encontramos en la California española, la tierra que linda con el Pacífico y que ese gran rey que fue Carlos III quiso incorporar al imperio español para evangelizar a los indios costeros, y para frenar las apetencias colonizadoras de otras naciones europeas y sobre todo de una incipiente potencia, Rusia.

En efecto, Carlos III había lanzado la empresa de la ocupación por España de California, ordenando a sus barcos y hombres que fundaran misiones y presidios y registraran a fondo la costa en busca de establecimientos rusos. Rusia se hallaba en efecto en pleno proceso de expansión territorial, aunque sus intereses eran más bien comerciales que políticos, puesto que instalaban factorías para la obtención de pieles y salazones en la rica franja costera que baja desde Alaska, en la California que España consideraba de su exclusiva soberanía y que controlaba a través de misiones y presidios.

Rusia era por consiguiente formalmente un rival de España, puesto que ambos países pugnaban por los mismos territorios, pero nunca lo fue en la medida en que lo fueron Inglaterra o Francia. Rival y competidor, sí, enemigo, nunca. Cuando los españoles se toparon al fin con los asentamientos buscados, sus relaciones con los rusos fueron de extrema cordialidad, y se dispensaron un trato recíproco excelente, muy distinto a los ásperos encuentros con ingleses o franceses.

En 1806 fueron los rusos quienes costearon en busca de los españoles, en concreto un embajador comercial, Nikolai Rezanov. Rusia había fundado ya una larga serie de factorías comerciales a lo largo de la costa pacífica desde Alaska, del mismo modo que España había fundado una cadena de misiones desde San Diego a San Francisco.

Rezanov recaló en la gran bahía de San Francisco, que descubriera cincuenta años antes para España la expedición del catalán Gaspar de Portolá, la llamada Santa Expedición, y se puso en contacto con el comandante del Presidio de San Francisco, José Darío Argüello. Su propósito era claro: deseaba intercambiar regularmente productos con el virreinato español de Nueva España: pieles y salazones rusas, a cambio de frutos, galleta, carne seca y vinos californianos.

Desafortunadamente, la Corona española no permitía comerciar con naciones extranjeras, de modo que el trato no era posible por el momento. Pero la estancia de Rezanov en San Francisco rindió un fruto de muy distinta naturaleza: Rezanov y la hija del comandante, Concepción Argüello, Conchita, la más bella joven de California, se enamoraron perdidamente, hasta el punto de jurarse fidelidad y prometerse en matrimonio.

En un principio el Comandante Argüello se opuso a tal enlace, vistas las diferencias de edad, nación y religión de ambos, pero era tal la convicción de la pareja que acabó por ceder. Acordaron que Rezanov partiría para tratar de obtener aprobación al tratado comercial entre España y Rusia, y además portaba cartas para el Papa, el Zar y Carlos IV de España, con el fin de que dispensaran su casamiento con la bella Conchita. Prometió estar de vuelta antes de un año para celebrar el matrimonio. Y Conchita, mientras tanto le esperaría…

Partió pues Rezanov, pero el destino se empeñó en torcer las cosas. Enfermó de neumonía hasta tres veces, lo que le obligaba a guardar reposo cada vez durante largo tiempo, lo que retrasó mucho sus planes. Su estado físico se deterioraba, sufría de fiebres y se encontraba en gran estado de agotamiento. Viajaba por las planicies de Siberia, cuando cayó del caballo, y poco tiempo después moría, dedicando los últimos suspiros a su amada.

Que seguía esperando en San Francisco, inasequible a otros pretendientes, fiel a su Nikolai. Cuéntase que alguien que le llevaba la noticia de la muerte de Rezanov naufragó en el viaje, de modo que la noticia no llegó a oídos de Conchita. Otros le insinuaron que, tras zarpar de San Francisco, se había olvidado de la promesa hecha, pero ella no quiso creerlo y siguió esperando. Años y años de melancólica espera, asomándose cada día con esperanza al horizonte inmenso del Pacífico.

Años después ingresó en un convento. Cuéntase también que lo hizo cuando se enteró por fin del desenlace triste y solitario de Nikolai, y de que sus últimas palabras habían sido para ella. También en la hora de su muerte, Conchita Argüello rezó por encontrarse con Nikolai Rezanov y gozar juntos de la eternidad.

Borja Cardelús

Hispanista y escritor

BORJA CARDELÚS es hispanista y escritor

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