El jueves pasado el Estado de Israel cumplió 68 años. A las 16:00 de aquel día 5 del mes de Iyar de 1948 -que era 14 de mayo, según el calendario gregoriano- David Ben-Gurión leyó la declaración del establecimiento del Estado de Israel “en la Tierra de Israel”. Quedaban atrás siglos de exilio, pogroms, quemas del Talmud, persecuciones, conversiones forzadas, guetos, fosas y campos. El deseo y la esperanza de un hogar que el pueblo judío había alimentado y sostenido durante casi dos mil años se veían, por fin, satisfechos.
Este nuevo Estado -el más joven y, de algún modo, el más antiguo- estaría abierto, decía la declaración, “a la inmigración judía y la reunión de los exiliados” y “fomentaría el desarrollo del país para beneficio de todos sus habitantes”. Estaría basado en la libertad, la justicia y la paz conforme a la tradición de los profetas de Israel y aseguraría completa igualdad social y derechos políticos a todos sus habitantes con independencia de la religión, la raza o el sexo. Del mismo modo, garantizaba libertad de religión, conciencia, lengua, educación y cultura. Protegería los lugares santos de todas las religiones. Respetaría los principios de la Carta de Naciones Unidas.
Podríamos hablar ahora de cuestiones políticas, de las guerras y las fronteras o, tal vez, del desarrollo tecnológico que ha convertido a Israel en una potencia de innovación y desarrollo. Sin embargo, hoy es un día para celebrar el nacimiento de Israel, así que escribamos mejor sobre la vida y la cultura de este lugar fascinante. Gershom Scholem, uno de los grandes estudiosos y profesores de Historia de la Mística judía, dijo que “los cabalistas sentían algo de forma radical: hay un misterio en el mundo. El mundo es también lo que vemos, pero no se agota en lo que vemos”. Hubo mucho tiempo de memoria y conocimiento que jalonó el camino al recién nacido Estado. Tal vez por eso, Israel es un lugar tan especial.
Por ejemplo, antes del Estado, ya existía la Universidad Hebrea de Jerusalén. La habían fundado el 24 de julio de 1918. El 1 de abril de 1925 Albert Einstein dictó la lección inaugural. En ella han estudiado o enseñado siete Premios Nobel: tres de Química, dos de Física y dos de Economía. De ella dependería el Jardín Botánico Nacional de Israel, cuyo primer árbol se plantó en 1931. La Palestina bajo mandato británico también había presenciado el nacimiento de la Orquesta Filarmónica de Israel en 1936. La fundó el gran violinista Bronisław Huberman en 1936 y muchos de sus músicos eran judíos huidos de Europa, como su primer gerente, Leo Kestenberg, y su primer director, William Steinberg. La orquesta se estrenó el 26 de diciembre de 1936 con Arturo Toscanini a la batuta. En 1942, estos judíos que habían salvado la vida de una muerte segura en la Europa del Reich, tocaron para los soldados de la Brigada Judía en El Alamein, donde el Eje sufrió su primera gran derrota en África.
El pueblo judío llamó a España Sefarad que, según algunos, viene del hebrero “sefer”, que significa “libro”. Así, nuestro país sería, para el pueblo de la Escritura, “la tierra de los libros”. Como dijo el escritor argentino Marcelo Birmajer, cuyo hermano fue apuñalado cerca de la puerta de Jaffa, en Jerusalem, en diciembre del año pasado, “nuestro pueblo es el pueblo del libro”. Tal vez por eso, en 1948 ya existía la Biblioteca Nacional de Israel, fundada en 1892. Esta biblioteca atesora más de cinco millones de volúmenes y acoge la mayor colección de fondos sobre cultura judía del mundo. Entre sus tesoros están manuscritos de Isaac Newton y las bibliotecas personales de Martin Buber y de Scholem, así como de intelectuales y estudiosos palestinos como Henry Cattan, Khalil Beidas y Khalil al-Sakakini. Sus fondos están abiertos a la consulta de todos.
Recuerdo un libro de Buber de la biblioteca de mis padres – me refiero a “Eclipse de Dios. Estudio sobre las relaciones entre religión y filosofía”- en el que el gran filósofo judío evocaba una conversación con “un noble y anciano pensador”. Lo describe diciendo: “Durante los últimos años de guerra, la realidad se le había aproximado tanto que todo lo veía con nuevos ojos y debía pensarlo todo en una nueva forma. Ser viejo es cosa gloriosa cuando no se ha olvidado el significado de “comenzar”, este anciano quizá lo había aprendido a fondo por vez primera en su vejez. No era de ninguna manera más joven, mas era viejo de una manera joven, pues sabía cómo comenzar”. También Israel, este hogar de científicos y cabalistas, de místicos y profesores, es muy antiguo y muy joven porque sigue sabiendo qué significa la palabra “comenzar”.
En efecto, en el principio fueron los libros, la música, la ciencia y el estudio. La transformación de desiertos en oasis y de pantanos en vergeles fue posible gracias al esfuerzo y la tecnología. La tierra yerma pasó a ser fértil. El nacimiento del Estado vino precedido de instituciones de conocimiento e investigación que lo alentaron y acogieron. Cobró así nuevo sentido la profecía de Isaías: “te haré luz de las naciones”. Por todo el mundo, los descubrimientos e inventos alumbrados en esta franja de desierto y tierra pobrísima en recursos naturales han contribuido al progreso de la humanidad. Desde la medicina a la electrónica, Israel ha hecho del mundo un lugar mejor, cumpliendo así el imperativo bíblico de “reparar el mundo”, que hoy inspira la ética de creyentes y no creyentes.
Por eso, cuando se fomentan las campañas de boicot contra Israel, sus instituciones y sus profesores, investigadores y científicos no es este joven Estado quien sufre, sino aquellos a quienes se priva de la ciencia y el conocimiento. El llamado BDS -el movimiento que pide boicot, sanciones y desinversiones para Israel- es una forma de antisemitismo que perpetúa la ignorancia y la pobreza de aquellos que lo abrazan. En la misma línea de aquellos que tanto provecho han sacado de explotar el resentimiento y educar en el odio, estos antisemitas buscan agravar los conflictos en lugar de resolverlos.
Afortunadamente, a lo largo de todo este tiempo, Israel ha sobrevivido a las guerras, el terrorismo y las campañas de propaganda antiisraelí, que es una nueva forma de la propaganda antisemita de siempre. La promesa de libertad, igualdad, razón y derechos que Israel encarna desde su nacimiento, hunde sus raíces en la tradición occidental y, especialmente, en el legado judeocristiano. Los yihadistas no odian a Occidente a causa de Israel, sino que odian a Israel porque es una avanzadilla de los valores y los principios de Occidente en una región que ha padecido durante mucho tiempo a dictadores y fanáticos religiosos.
Habla de nuevo Birmajer sobre la muerte de su hermano asesinado por unos terroristas: “Lo mató Amán, lo mató el Faraón. Pero sobre todo lo mataron los nazis, son los nazis, los que quieren extinguir al pueblo judío. No hay ningún conflicto territorial, no tienen ningún problema político. No hay nada que hayamos hecho mal en la Tierra de Israel, creamos el mejor país del mundo, Israel es el mejor país del mundo, el más humano, el más culto, el más liberal, el más respetuoso de sus minorías, es lo mejor que le pasó al siglo XX, es el país donde más paz debería haber en el mundo. Los palestinos que mataron a mi hermano son exactamente los hitlerianos que mataron a la familia de mi abuelo, no hay ninguna diferencia. Es una guerra de los idólatras contra el pueblo de Israel.” Pongamos un ejemplo de esto que dice Birmajer: a la judería de Hebrón la masacraron en 1929, es decir, casi veinte años antes de que naciese el Estado.
En 2004, Horacio Vázquez Rial escribió unas palabras lucidísimas que recuerdo a menudo: “Hace unos años, yo pensaba que, si caía Israel, el resultado inmediato sería un pogromo planetario, con cosacos y SS de todos los colores en una prolongada matanza, ya no industrial, como en los lager, sino artesanal, hasta acabar con el último judío. Ahora sé que no será así, que no cesará con el último judío, sino con el último lector, el último escritor, el último músico, el último científico, el último hablante. Si Israel cae, la sharia se impondrá en el estilo Pol Pot, con la colaboración de los mismos que miraron con simpatía a los jémeres rojos, víctimas del imperialismo y otras majaderías. Si Israel cae, habrá un Reich de mil años, un terrible retorno a las edades oscuras”.
Y, sin embargo, ahí sigue Israel celebrando cumpleaños con sus microchips y sus talmudistas, con sus museos prodigiosos y sus escuelas de ingeniería, con el Museo de Israel y el Santuario del Libro, que conserva los manuscritos de Qumran, y con Yad Vashem, donde todas las víctimas del Holocausto y los mártires de la resistencia tienen su lugar y su nombre. Esta tierra sigue siendo hoy un valladar contra el nazismo, el fascismo, el antisemitismo y la irracionalidad que cada cierto tiempo sacuden el mundo. Israel sigue en pie con su 20% de árabes que viven y trabajan en el país, que tienen representación en el parlamento y ocupan magistraturas desde el Mar Rojo hasta la frontera con El Líbano. Israel cumple 68 años con los Santos Lugares del cristianismo llenos de fieles. En ningún otro lugar del Oriente Próximo puede una pareja gay pasear por la playa como en Tel Aviv. No hay otro sitio, en toda esta región convulsa, donde la prensa tenga la libertad que tiene aquí. No hay otro país por esta zona con un poder judicial independiente como éste. Israel sigue siendo único en muchos sentidos. Y aquí seguimos quienes creemos que la razón debe prevalecer sobre el fanatismo. Aquí plantamos árboles en memoria de los difuntos. Aquí brindamos por la vida y lamentamos la muerte. Aquí seguimos quienes sabemos que hay un Misterio en el mundo y en el ser humano. Aquí seguimos quienes esperamos el cumplimiento de las palabras de Isaías: “No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Aquí seguimos, en fin, quienes mantenemos la memoria y alimentamos la esperanza de un mundo mejor para todos.
Cada día 5 del mes de Iyar me alegra celebrar este cumpleaños porque, de algún modo, también es mío.