Las noticias de las últimas semanas no parecen alentadoras para América Latina. Los fantasmas del pasado parecen revivir en algunos lugares del continente: pobreza, debilidad institucional, caudillismo, desorden. La maldición pronunciada por Bolívar -"he arado en el mar y he sembrado en el viento"- parece recobrar fuerza en diversos países, entre las acusaciones contra un gobierno o la caída libre de una nación llena de riquezas y posibilidades, una dictadura perpetua en el Caribe y el narcotráfico que se niega a desaparecer en algunos lados. En definitiva, un mundo de oportunidades que parecen mirar atrás con nostalgia en vez de hacerlo con la madurez de quien ha sufrido y, por lo mismo, sabe que los errores no deben volverse a repetir.
La verdad es necesariamente más compleja, más todavía si se analiza la realidad considerando la perspectiva histórica y no sólo la problemática noticiosa del presente. Hace unas cuatro décadas solamente, la mayoría de las naciones latinoamericanas tenía sus respectivas dictaduras militares, que a su vez habían seguido a procesos de descomposición institucional, polarización política e incluso los riesgos de las guerras civiles. Hace exactamente medio siglo atrás se reunían en La Habana los revolucionarios de distintos países del mundo en la llamada Tricontinental, que bajo la convicción de la solidaridad entre los pueblos se decidió a promover la "lucha armada" como medio para conquistar la independencia contra el imperialismo, así como "la violencia revolucionaria" para proteger dicha independencia nacional y la soberanía de los pueblos. De aquello queda apenas la dictadura de Raúl Castro en Cuba, aunque sin la fuerza de entonces ni tampoco con el ánimo expansivo de una juventud cada día más lejana.
Las décadas finales del siglo XX estuvieron llenas de sorpresas para América Latina, que se llenó de alegría cuando progresivamente cada uno de sus países fue avanzando en transiciones democráticas relativamente pacíficas, con procesos electorales que legitimaban a los nuevos gobernantes y con el crecimiento económico como resultado de la apertura y el deseo de hacer bien las cosas. Los gobernantes, quizá por aprendizaje político, por patriotismo o por ambos, fueron muy responsables, tanto en la preservación del régimen democrático como en procurar mejores condiciones de vida efectivas y no líricas para sus respectivas sociedades.
Es difícil saber cuándo Latinoamérica volvió nuevamente a confundirse en el camino hacia el progreso. Quizá tiene mucho que ver con algunos factores cruciales. El primero, el golpe de Estado y posterior organización del gobierno de Hugo Chávez, con una mezcla de populismo tradicional en el continente mezclado con fanatismo político revolucionario e irresponsabilidad económica. El resultado de tan lamentable combinación fue el deterioro progresivo de la convivencia en Venezuela, la polarización política, la formación de una dictadura de hecho pese a su origen democrático, el empobrecimiento paulatino de la población, que han llevado a un país rico por historia y por recursos a una situación de escasez, miseria y desesperanza que parecían olvidados en el basurero de la historia. Un segundo elemento que puede haber contribuido al deterioro de las democracias del continente es la obsesión de diferentes gobiernos por la reelección, despreciando las expresiones libres de la voluntad popular así como evitando la alternancia en el poder, que es tan necesaria y sana dentro del orden institucional.
Como suele ocurrir en estos temas, el carácter multiforme de las crisis hace que sea imposible concentrar las explicaciones en un solo aspecto, o buscar salidas fáciles a problemas complejos. La situación de Brasil, ¿dónde comienza exactamente? No podemos olvidar que Dilma Rousseff fue reelegida hace apenas poco más de un año, dentro de las normas democráticas y constitucionales de su país. Hoy las percepciones han cambiado, ella es acusada incluso por sus antiguos aliados. Sin embargo, el problema es claramente múltiple: esta crisis política nace de una contradicción institucional, de un problema práctico de gobierno de minoría, una crisis económica que ha llevado a una caída del producto, problemas sociales que tienen en la pobreza a cerca de treinta millones de personas (diez de las cuales viven en la miseria), además de tener un conjunto de derechos declarados que en la práctica son cada día más difíciles de cumplir, manteniendo un déficit sistemático en el erario, con perspectivas que tenderán a empeorar si no hay correcciones de fondo.
Sin embargo, no todo es negativo. Perú está a las puertas de una segunda vuelta que refrendará democráticamente a Keiko Fujimori o a Pedro Pablo Kuczynski como el próximo Presidente de Perú, país que hace algunas décadas tuvo distintas formas de dictadura y también un terrorismo desatado. Hoy tiene el desafío de la consolidación democrática, pero no se ven en peligro las bases del progreso económico. Cada año el continente tiene dos o tres de estas elecciones, práctica que probablemente nunca estuvo tan extendida como en estas últimas tres décadas.
Otro tema interesante, que ciertamente tiene una continuidad mayor en el tiempo, se refiere a la situación de paz general que goza el continente, con capacidad para resolver los problemas por las vías del derecho y con ausencia casi absoluta de guerras internacionales en el siglo XX. Una de las contradicciones más lamentables contra esta realidad es el narcoterrorismo, presente durante tanto tiempo en Colombia y que también ha azotado a México durante muchísimos años.
Como suele ocurrir, nuevamente existe el riesgo de mirar el vaso medio vacío, enfatizando los problemas hasta sumirnos en el desencanto, como también se puede mirar el vaso medio lleno, destacando las posibilidades que representa América Latina, sus logros que no son pocos y una estabilidad que ha costado alcanzar. Vale la pena considerar esta última fórmula, considerando en que la historia marchó mejor de lo que se preveía en las décadas de 1960 y 1970. Solo es necesario revertir los errores, consolidar los avances y compatibilizar los anhelos con las posibilidades reales.
Quizá tiene razón Mario Vargas Llosa cuando reflexiona, esperanzando, sobre la importancia de lo que está haciendo Mauricio Macri: "Que Argentina tenga éxito en las pacíficas reformas democráticas y liberales que está llevando a cabo tiene una importancia que trasciende sus fronteras. América Latina puede aprender mucho de este país que, luego de casi tocar fondo por culpa de la ideología colectivista y estatista que estuvo a punto de arruinarlo, se levanta de sus propias cenizas con los votos de sus ciudadanos y tiene el coraje de desandar el camino equivocado" (El País, 15 de mayo de 2016).
Otra razón más para saber que, al lado de un problema, hay siempre una oportunidad.