Desde que se aprobó nuestra Constitución española la educación ha estado en manos de los vaivenes políticos, en buena parte porque su artículo 27 con su regulación normativa deliberadamente generalista daba amparo para que las dos ideologías tradicionalmente enfrentadas (conservadora y progresista) desde finales del siglo XIX pudieran hacer un uso partidista de la misma. Estaría de acuerdo con el filósofo Marina en que las dos filosofías de la educación se han radicalizado, en buena medida, como consecuencia de la caricaturización de sus posiciones.
Mientras el modelo conservador se presenta como individualista, acentuando el valor familiar de la educación y de la libertad, dando prevalencia a la calidad educativa por encima de la equidad, confiando en los criterios del mérito y la capacidad para generar competencia y apostando por una sociedad del aprendizaje de los mejores; por su parte, el modelo progresista apuesta por un modelo comunitario, acentuando el valor estatal de la educación y de la igualdad, dando prevalencia a la equidad educativa por encima de la libertad de enseñanza, confiando en el criterio de igualdad de oportunidades y apostando por una sociedad del aprendizaje de todos para no hacerla tan dependiente de la ley de la oferta y la demanda propia del mercado.
Ello ha provocado que el modelo conservador del PP haya arremetido con contundencia contra la Logse, defendiendo a capa y espada la actual ley, Lomce, al tiempo que el modelo progresista del PSOE se ha sentido orgulloso de la Logse como ley educativa del periodo democrático y, como contrapartida, ha venido aborreciendo la Lomce, dispuesto a derogarla en cuanto llegue al poder.
Resulta a todas luces un error de perspectiva bajo cualquiera de estas dos posiciones considerar que la educación es algo que se puede cambiar en función del partido político que gane en las urnas. No podemos hacer defender un valor tan importante de nuestra “sociedad del aprendizaje” de los políticos de turno, quienes en función de sus tics ideológicos imponen sus preferencias personales en el ámbito educativo a la sociedad en su conjunto. Con ello no solo se genera inseguridad e inestabilidad social sino lo peor de todo se hace mella en un derecho fundamental que debería estar blindado desde una posición constructiva de consenso.
Llegar a esta solución conciliadora exige reflexión por parte de nuestros líderes políticos que, a mi modo de ver, no deberían seguir echándose un pulso sobre la posición que debería imponerse, cayendo así en un maniqueísmo excluyente y, en consecuencia, deberían cambiar las luces cortas por las largas para así ver más allá, no dejándose cegar por el orgullo y la soberbia política. En definitiva, urge que los partidos políticos no hagan un uso partidista de la educación y traten de llegar a un pacto consensuado con el que todas las posiciones se sientan cómodas y además se adapte a las necesidades sociales de la España del siglo XXI puesto que la educación más que nunca exige una adaptación a su entorno que –sobra decir- en nada se parece a la de los siglos pasados.
Hace solo unos días se presentó la atractiva obra de una joven colega y amiga, Delia Manzanero, en la que reivindicaba el legado jurídico y social del que fuera fundador y director de la Institución Libre de Enseñanza así como discípulo de Julián Sanz del Río. Me estoy refiriendo a Francisco Giner de los Ríos, además de célebre filósofo malagueño y ensayista, sin lugar a dudas, un gran pedagogo. El libro se presentó en la Fundación del pensador de forma muy oportuna si tenemos en cuenta la pérdida de identidad educativa que atraviesa el momento actual. Creo, siguiendo las pistas que nos brinda esta nueva y reveladora publicación, cuya lectura recomiendo, que la forma de salir de la crisis educativa actual es aunar familia y escuela como pivotes sobre los que se asienta el derecho a la educación. Recordemos la máxima de Giner de que había que defender la verdadera educación frente a la mera instrucción. En este excelso intelectual creo que encontramos los puntos de encuentro para las dos ideologías enfrentadas por un ensimismamiento y una obstinación poco consistente. El rigor científico no es incompatible con el ideal moral de la libertad. Más bien al contrario, es un binomio necesario para la transformación de la sociedad en el ámbito pedagógico, sin perder de vista que cada hombre es un ser irrepetible, y esa singularidad la desarrolla el hombre siempre en comunicación con otros.
No se trata, por tanto, de formar aristócratas intelectuales sino personas. Como decía Giner, los criterios que han de guiar la enseñanza son la educación ética, esto es, el desarrollo de una conciencia moral de carácter individual; el postulado de que la educación ha de ser no confesional pero los padres tienen derecho a la educación religiosa; la apuesta por el método de enseñanza intuitivo, el cual fomenta la participación activa del alumno hasta el punto de que el profesor aprende enseñando, al transmitir no solo sus conocimientos sino, lo que es más importante, sus valores. Aquí creo que reside la clave del éxito de la educación en España. Más que transmitir conocimientos y para lograr erigirse en un “verdadero maestro”, el profesor debe ser un portador de valores y formar al alumno en el desarrollo de una actitud crítica, autónoma y madura a partir de la concienciación de que solo con el esfuerzo y el trabajo se pueden conseguir resultados cualitativamente valiosos a largo plazo. No se puede amputar a la educación de su dimensión moral. Los deberes, principios y responsabilidades incumben a la persona, independientemente de su rol como alumno o profesor.
Si queremos superar el fracaso escolar que nos han brindado las sucesivas leyes educativas en España no queda otra que promover la cultura del trabajo y la perseverancia en las aulas. Resulta obligado concienciar a los alumnos de que a estudiar se aprende estudiando pero no desde el aprendizaje memorístico y parcelado sino desde una actitud crítica creadora basada en la voluntad y en la ética del esfuerzo.