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TRIBUNA

Sartori, la sociedad en peligro

miércoles 18 de mayo de 2016, 20:21h

Giovanni Sartori nos acaba de regalar en castellano, a sus 92 años, una obra (calificada por el propio autor de “cuadernillo”, debido a su brevedad, apenas cien páginas) donde se destilan los grandes temas que han centrado la reflexión del profesor italiano en los últimos años. De entrada hay que avisar que esta es seguramente la menos académica de las producidas por el autor, aunque ello no resta un ápice (se esté de acuerdo o no con algunos de sus pasajes) a la ya acostumbrada agudeza del mismo. Un autor al que se vislumbra asolado por cierto “chagrin”, por cierto desencanto ante una realidad, que incluso para un politólogo, no es el mejor de los escenarios posibles, llegándose a asomar en algunas de sus líneas un descarnado pesimismo de ribetes spenglerianos, anticipado ya en el propio subtítulo de la obra: “Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro”.

Diez capítulos engloban las principales preocupaciones del Premio Príncipe de Asturias. Así, en primer término se realiza una reflexión sobre la condición humana (“la parábola del bípedo implume”) que contiene (en muchos casos de manera implícita) buena parte de los argumentos reflejados en su extraordinario “Homo videns”. El hombre se caracteriza (¿o se caracterizaba?) por su capacidad de reflexión abstracta, y son los derivados de ésta lo que constituyen las plasmaciones más elogiables y asombrosas del quehacer humano a través de los siglos. La tiranía de la imagen puede poner en peligro la perfección futura de la condición humana. El segundo capítulo trata de la naturaleza de las verdaderas revoluciones, tema clásico y actual merced a los movimientos de distinto signo de corte populista que han surgido en Europa (y en otras partes del planeta) en los últimos años. Sartori nos recuerda que la ecuación clásica revolución-violencia no es necesariamente cierta, sino todo lo contrario. La violencia empleada (en intensidad y duración) en un proceso de pretendido cambio es inversamente proporcional al carácter revolucionario (por novedoso) del mismo. Y lo mismo señala respecto al cambio de las estructuras económicas y sociales, ya que la ampliación de su objeto (para hacerlas omnicomprensivas) convierte a las revoluciones en “infinitas”. Las revoluciones triunfantes, por transformadoras, han sido aquellas centradas en lo político y acotadas, por tanto, temporalmente. De otra parte, una de las antaño especialidades del autor aparece en el capítulo tercero, los sistemas electorales. La ingeniería constitucional siempre ha sido contemplada con recelo por el italiano, quien hace un repaso de los distintos vaivenes sufridos por su país en el aspecto comentado, para concluir que el sistema idóneo para el mismo no es otro sino el mayoritario a doble vuelta o ballotage.

La guerra contra el terrorismo y el islam y la cuestión migratoria ocupan cuatro capítulos de la obra, constituyendo sin duda la parte central y más novedosa (por actual) de la misma. El pensador florentino parte de la consideración de que es necesario llamar a las cosas por su nombre, pues en caso contrario el diagnóstico, y lo que es peor, el tratamiento, serán equivocados. En este sentido, critica duramente que, en especial en el discurso europeo, se esconda o camufle lo que verdaderamente está sucediendo que no es otra cosa sino una guerra, dirimida con un hostes post-contemporáneo bien es verdad, pero enemigo al fin y al cabo. Si los países amenazados, o mejor dicho atacados, no reconocen esta realidad y adaptan prontamente sus estructuras a la situación fracasarán por completo. Una guerra que, además, tiene un carácter religioso innegable. En relación con ello, y aquí nos adentramos en uno de los capítulos más espinosos de la obra, el autor realiza un análisis del islam, especialmente en comparación con la evolución del cristianismo. Sartori está por supuesto lejos de identificar islam con yihad, si bien indica que, como en el caso anterior, se ha de admitir y, sobre todo, tener en cuenta, que los tiburones (el terrorismo integrista) nadan en un océano que no es otro sino el islam. Tal es su medio, y por tanto, hay que actuar en este, eliminar los nutrientes marinos de los que puede alimentarse el nuevo terror. El politólogo no elude criticar, más bien al contrario, todos aquellos aspectos del islam que no favorecen el asentamiento de la democracia, destacando su radical incompatibilidad actual con el laicismo. La conclusión de todo lo apuntado que subyace en la obra nos evoca el conflicto de civilizaciones de Huntington: el islam se siente amenazado por la modernidad occidental y segrega entre sus defensas el terror fundamentalista; lo mejor es evitar cualquier tipo de intento de exportar valores democrático-liberales que no conducen sino al temido “clash”.

A continuación Sartori dedica dos capítulos a la inmigración. Resulta interesante (se comparta o no) la propuesta contenida a propósito de sustituir las tradicionales categorías de “ius sanguini” o “ius soli” para la determinación de la nacionalidad, sugiriéndose el criterio de la residencia permanente, transferible a los descendientes, y, eso sí, revocable ante la comisión de delitos, llevando aneja la expulsión (la entrada en el país ha de ser legal y con trabajo en cierto grado asegurado). La tesis del italiano fue sugerida antes de los atentados de París y de la presentación de la polémica propuesta de reforma de la Constitución francesa no plenamente coincidente, pero encaminada en la misma dirección, que finalmente fue retirada ante la oposición suscitada. Por otra parte, el autor aborda la cuestión de la integración de la inmigración, tema estudiado ya en otras de sus obras, a propósito de la multiculturalidad. No es ciertamente optimista al respecto, sobre todo por lo que respecta a la inmigración en Europa, constatando el creciente rechazo de la tercera generación a los valores de las sociedades de acogida. Un último capítulo sirve de corolario a los cuatro anteriores (centrados, como se ha señalado, en el terrorismo, el islam y la inmigración). Sartori recuerda la distinción clásica weberiana entre la ética de la intención y la de la responsabilidad, a raíz de la cual realiza una crítica inmisericorde al buenismo oficial europeo, saliendo de nuevo a colación las respuestas dadas desde el Viejo Continente al desafío de integración que plantean las comunidades musulmanas.

Los dos últimos capítulos constituirán para muchos lectores la parte más polémica del libro entre manos, ya que cuestiones como el aborto o la experimentación con embriones (e incluso alguien podría decir que la propia eugenesia) son abordadas por al autor con una posición claramente contraria a considerar como persona al embrión/feto desde que el espermatozoide fecunda el óvulo. Sartori llega a apoyarse en la argumentación tomista para criticar la postura oficial de la Iglesia Católica (por cierto, llaman la atención las duras críticas al actual Papa expresadas en diversos pasajes de la obra, en especial en los dedicados a la emigración), si bien su intento no deja de estar exento de alguna que otra contradicción en los silogismos empleados. Con todo, las líneas dedicadas al tema son una muestra más de la honestidad intelectual del florentino y su absoluta independencia respecto a posiciones estereotipadas o encasillamientos partidario-ideológicos.

En conclusión, el fruto estival (la obra salió al mercado italiano el verano pasado) alumbrado por Sartori no deja de insertarse, como todas sus obras, en el más descarnado desapego respecto a discursos oficiales, estereotipos inamovibles o manuales de la corrección política al uso. Y ello, como siempre, con apoyo en los clásicos y en el conocimiento del amplio panorama atesorado por más de media centuria de estudios y reflexión. Ciertamente, la obra no se cuenta entre las más logradas y profundas de su autor, pero tampoco era ese su propósito pues, por una vez, más que en las respuestas el acento se sitúa en las preguntas. Sartori lanza un “Quo vadis?” a la sociedad europea actual (o mejor dicho, a sus actores oficiales) en lo que, como da rúbrica a su libro, califica de “carrera hacia ningún lugar”. El inconformismo de un autor que ha vivido cerca de un siglo ha de servirnos de lección a todos.

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