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TRIBUNA

Educacion a la baja (y II)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 20 de mayo de 2016, 20:18h

Tras un corto y bienestante periodo en que la sociedad española semejaba compararse con las más avanzadas del mundo, con una agenda de problemas y desafíos parecidos o equiparables a los de los países de su nivel y entorno, el panorama se muestra hodierno densamente aborrascado y susceptible de alcanzar en corto plazo cotas de problemas aún más lacerantes.

En tal perspectiva se comprende sin esfuerzo que resulte improcedente abordar cuestiones y asuntos aristados o proclives al desánimo por su potencial explosivo y hasta devastador. Uno de ellos –y, probablemente, en el grupo de cabeza del mencionado ranking – es sin lugar a duda el educativo, que, por su gravedad y trascendencia para el inmediato futuro de nuestra nación, no admite dilación ni rutina en su análisis.

De modo habitual, los diagnósticos acerca de su situación son pesimistas, cualquiera que sea el ángulo desde el que se le enfoque y estudie. Si la escuela española figura por derecho propio en los peldaños finales de las escalas axiológicas establecidas al efecto, de su lado, ninguna de nuestras numerosas Universidades se incluye en los primeros puestos de las occidentales y, a las veces, de todo el universo. Por su parte, y finalmente, la muy decisiva enseñanza secundaria –campo, en verdad, en el que se juegan los campeonatos decisivos cara a la excelencia formativa-, antaño orgullo del sistema educativo nacional y comparable en términos de absoluta igualdad con las más reputadas del mundo, tampoco descubre a la fecha una fisonomía satisfactoria y propicia a la siembra de peraltadas esperanzas.

Para ilustrar tan pesaroso panorama tanto la prensa como en su redor una abundosa y contrastada publicística de carácter general y divulgador denuncian cuotidianamente los mil y un ejemplos que refrendan la amarga tesitura que envuelve en el presente toda la educación impartida en las aulas escolares y universitarias. En tanto que es grande el número el bachilleres con incontables faltas de ortografía, se cuentan igualmente por centenares los departamentos de Facultades humanísticas –incluidas, claro es, la jurídicas- en que a lo largo de un bienio ninguno de sus miembros –en general, de cifra no menguada- ha dado a la imprenta un solo volumen de autoría personal y específica; o acreditados centros médicos en que una porción considerable de sus integrantes desconoce los rudimentos de la lectura de un simple análisis.

Y si, como aconsejan las buenas preceptivas que se lleve a cabo en las páginas volanderas de un periódico, tal somera radiografía descendiera a los detalles y a las anécdotas, sería el cuento de nunca acabar Desde sesudos diccionarios en que se certifica el ¡suicidio! de Canalejas hasta monografías carentes de la mínima acribia ratifican, junto a múltiples pruebas más, el desolador horizonte en que se encuadra, en los días que corren, un ordenamiento educativo que reclama imperiosamente un drástico viraje que lo encamine por la senda halagüeña y ardua del esfuerzo ahincado y la ilusión más exigente. Por ventura, nuestra vieja y entrañable patria cuenta con elementos para librar tan difícil combate y alcanzar tan sugestiva meta. Desde cuadros administrativos y docentes aún no ganados por la ataraxia del discurso político imperante hasta una legión de jóvenes que ofrecen el inmenso campo de su ilusiones a la siembra del esfuerzo y el ideal de un mundo mejor, conquistado por el saber y la competencia profesional. Que comience sin dilación, del lado de las elites gobernantes, tan noble e irremplazable tarea.

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