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TRIBUNA

Broker, humanista y bipolar

viernes 20 de mayo de 2016, 20:25h
Verdad: “Mezcla ingeniosa de nuestros deseos y de la apariencia de las cosas”. Ambrose Bierce, “El diccionario del diablo”.

Cómo nos gusta el drama. Una vida sin tragedias ni fortuna sería como una obra de teatro sin chicha y una película sin limoná. ¿Por qué nos gustarán tanto los contratiempos y los jaleos? Propios y ajenos.

Supongo que todos han oído hablar del mito de la caverna de Platón o, en su defecto, han visto la película Matrix, con un Keanu Reeves bien joven y guapo. Las dos historias hablan de algo parecido: nuestra percepción, en la mayoría de las ocasiones, no coincide con la realidad. Se podría decir que nuestras vidas transcurren como si fuéramos actores de una obra de teatro y en ocasiones creyéramos que, en realidad, somos el personaje al que estamos representando. Es como si los actores de la compañía que representa cada día la obra de teatro ‘Hamlet’, llegaran a creer que son de verdad Ofelia, Horacio o el propio príncipe Hamlet, y al bajar del escenario siguieran hablando como ellos, vistiendo como ellos y actuando como ellos. La ficción, en este caso, sería nuestra realidad, como el protagonista de un sueño que no es consciente de que está soñando. Suponiendo que estuvieran abducidos por uno de estos personajes o sueños, y alguien les ofreciera una pastilla para despertar, ¿la tomarían? Es decir, si les contaran que su vida es una gran ilusión de la que pueden despertar si toman la pastilla (la roja en la película Matrix), ¿la tomarían, o elegirían seguir soñando?

No he preguntado a suficientes personas como para hacerme una idea de qué narices respondería la mayoría de la gente: despertar o seguir dormidos, pero no hace falta que respondan, sería tan absurdo como responder a la típica pregunta adolescente de por cuánto dinero harían esto o aquello (normalmente chorradas ‘indecentes’ e inverosímiles). No vale la pena. Aun sin tener del todo claro qué elegirían, me inclino a pensar que por encima del sufrimiento, del malestar y de la curiosidad que les podría empujar a tomarse la pastilla roja (‘despertar’), existe un componente también muy potente que les sugeriría tomarse la azul (‘sueño’): el miedo a vivir sin su drama particular, el miedo a no ser. Aunque parezca frívolo, creo que la mayoría de nosotros, en el fondo, querría seguir viviendo dentro del personaje que hemos creado, con sus cosas buenas y a pesar de las malas. No hablo sin conocimiento de causa, ya que soy un adicto a mi propio infortunio, que no deja de ser cómico por lo absurdo, por lo inverosímil y por lo repetitivo de su existencia. Atrapado en mi propio bucle, en mi propio ‘Día de la Marmota’ (de la película ‘Atrapado en el tiempo’), más de lo mismo. “Quién te mandará meterte en este fregao, otra vez”. ¿Cuántas veces me habré hecho esa pregunta? La respuesta es siempre la misma: sin comedia y sin melodrama… no hay personaje, no hay vida.

En mi caso, el drama se mueve entre dos extremos: el exceso y la abstinencia, cuando públicamente -y por escrito- defiendo, casi semanalmente, que la moderación es lo deseable, pero, ¿y si diera lo mismo estar en un extremo que en el camino del medio? ¿Qué sentido tiene comportarse como lo haría otro personaje distinto al nuestro y en una representación diferente? Además, ¿no es en la desdicha y en la adversidad donde uno crece y aprende ciertas lecciones? En fin, un lío para todos los públicos.

En realidad no busco disuadirles ni convencerles de que lo uno es mejor que lo otro, sino más bien sembrar la misma duda que ha germinado en éste intérprete que se desnuda, ya que resistirme al disfraz de comediante es tan malo (o tan bueno) como creer que la ropa que viste es la mía propia. ¿No sería entonces igual de malo (o de bueno) gastar y consumir compulsivamente que una vida asceta? No lo sé, pero ¿qué más da? El buscador, en el fondo, no para de buscar al mismo que busca, y corre alrededor de sí mismo como el perro que da vueltas persiguiendo su cola: realidad y ficción, sueño y vigilia, se despliegan cada día y conviven de la mejor manera, de la única. Unos creen que están más despiertos por su renuncia o su por su generosidad pública, otros que son más poderosos por lo que acumulan, pero no son ellos sino sus personajes los que les dan (la) vida con sus disfraces y con sus cosas, buenas, malas, ¿quién sabe? En unos diálogos se permite a los personajes llorar, gritar y torturarse, y en otros se disimula el pesar bajo un manto de hipocresía y frivolidad, aunque debajo yazca la misma miseria: drama y miedo, el miedo a no vivir una vida de película, una obra de teatro entretenida. Triste o alegre, eso da igual. Cosas del guion universal. Lo que importa es que el público se acuerde del nombre de los actores, de sus logros y de sus miserias. ¿Quiénes serían sin su historia y su audiencia?

Mi apego por este personaje es tan grande, pero a la vez tan real, que me asombra como uno es capaz de representarlo y salir indemne: una especie de bróker humanista bipolar con grandes aspiraciones y falsa humildad, que en su tiempo libre lucha por salvarse a sí mismo ayudando a otras personas. Muy típico de superhéroes… y de super-necesitados. Él busca un papel digno en este constante casting vital, para llamar la atención y para tener la razón, la razón de ser. Eso busca, que su verdad se contagie, llegar al éxtasis del personaje: que el público se inspire y se sugestione. Si dudan de esta ambigüedad de la que les hablo, no tienen más que repasar alguno de mis artículos y descubrir con asombro (el mismo al que yo asisto casi bisemanalmente) que lo que cuento ‘no tiene sentido’, es incongruente, y que si defiendo una idea y su contraria no es tanto por madurez como -quizás- por miedo. Miedo a no llamar la atención lo suficiente como para llenar mi pequeño auditorio. Pasen y vean: inversiones, capitalismo, espiritualidad y filosofía, todo en uno.

Nacho López

Asesor Financiero

NACHO LÓPEZ, dedicado al mundo de la banca de inversión y comercial, al mercado de capitales, al análisis y al asesoramiento bursátil, ha trabajado en los principales bancos españoles y en otros internacionales de primera línea.

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