POCO A POCO
El trabajo más peligroso del mundo
Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 23 de mayo de 2016, 16:22h
Actualizado el: 24/05/2016 14:05h
Este lunes amanecíamos con la malísima noticia del secuestro de Salud Hernández-Mora, compañera del diario El Mundo, al parecer a manos de la guerrilla colombiana mientras se encontraba en la complicada región de Catatumbo. Este suceso, sumado a la reciente liberación de Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre, cautivos en Siria durante casi un año, viene a recordarnos a cuantos ejercemos esta profesión el peligro que muchas veces lleva aparejado el modo de vida que hemos escogido.
Cuando uno se encuentra en una zona de conflicto o cruzando una selva infestada de guerrilleros, sabe que la posibilidad de que algo malo suceda está ahí, se mastica a cada paso. Es inherente a la cobertura y todos asumimos ese riesgo como parte de nuestra labor profesional porque a eso nos comprometimos, a reflejar la realidad tal cual sea allá donde sea.
"Alguien tiene que contarlo porque de lo contrario no existe". Ese es el sentimiento que ha llevado a Hernández-Mora, de la que tengo la mejor de las referencias profesionales, a lo más profundo de la selva por un reportaje que a buen seguro merecía la pena el riesgo que estaba corriendo.
Sin embargo, no debemos echarnos las manos a la cabeza con estos sucesos, que aunque ligados a la peligrosidad de determinados destinos evidencian de forma recurrente la precariedad, tanto económica como estructural, con la que trabaja este sector, tan necesario como despreciado.
Suele omitirse, interesadamente por momentos, que el Periodismo (con mayúscula siempre y a pesar de todo) ha padecido dos gravísimas crisis en paralelo que le han llevado al actual estado de desolación en el que languidece hoy en día.
Por un lado, la crisis financiera general, que ha afectado a casi todos los ámbitos de la vida española. Las empresas periodísticas no han sido excepción y la debacle se ha cebado con un sector delicado y susceptible como pocos a los seísmos económicos. Eso ha provocado que los intereses de terceros, padrinos oportunistas, hayan primado sobre la deontología y la responsabilidad, esencia de este modo de vivir. Ha acabado siendo una cuestión de pura supervivencia, tristemente.
Además, la reconversión digital ha provocado un cambio de paradigma informativo en el que todo, medio, mano de obra y contenido, es más barato. Usted lee esta columna gratis, si no contamos la factura eléctrica que alimenta su dispositivo. Muchos vivimos de la publicidad incrustada en el formato. Como si usted fuera a un restaurante, consumiera gratis y todo dependiera de un anuncio en la pared. ¿Qué esperaría del menú?
Si usted necesita un buen abogado, lo paga. Si usted quiere una buena reforma en casa, la paga. Si usted requiere de un buen empaste, lo paga. ¿Por qué esa resistencia a pagar por una información de calidad? Con un modelo de negocio solvente aún por ser descubierto, los profesionales de la información se enfrentan al sambenito de ser mal pagados y, en muchos casos, mal tratados mientras sus empresas ajustan y ajustan y ajustan con tal de seguir a flote.
Precariedad, inestabilidad y peligrosidad son términos ya ligados a esta profesión que muchos consideran maldita pero en la que muchos seguimos teniedo fe. Y digo peligrosa porque unos esquivan balas y otros EREs, la espada de Damocles de nuestro tiempo. Algunos incluso ambas cosas, lo que es ya el colmo.
Por desgracia, se nos exige, y así lo asumimos, ser guardianes de la veracidad, de la integridad, de la objetividad, todo sobre lo que el Cuarto Poder se asienta. Se nos pide que batallemos contra intereses políticos, económicos, religiosos, militares y fácticos, pero se nos envía a la guerra con un palillo de mondar dientes y da gracias.
Tenemos que ser conscientes todos, público, propietarios y profesionales, de la valía de esta vocación, denostada incluso por los que nos dedicamos a ella. Sin una sociedad bien informada es radicalmente imposible esperar nada como país. Nada. Pero para que ésta esté bien informada se necesitan profesionales cultivados, implicados, trabajados y, en consecuencia, valorados.
De igual modo que estamos sensibilizados del daño para la salud de la fast food, tenemos que implicarnos con la misma energía para atajar la fast press, la que se hace deprisa y corriendo, de cualquier modo y con los incentivos equivocados empobreciendo y embobando a la opinión pública.
Debemos proteger al informador, dotarle de las herramientas adecuadas. Hay que devolverle la integridad al Periodismo (de nuevo con mayúscula).
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Jefe de Internacional de El Imparcial
BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial
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