Adiós a la filosofía
jueves 12 de junio de 2008, 22:13h
¿Qué cosas se perderán cuando dejemos de enseñar filosofía en nuestras escuelas? Por si tengo algún lector propenso a la angustia al toparse con las “grandes preguntas”, me apresuraré a adelantar la respuesta: no gran cosa. Pero antes de justificarla -ya saben, esa propensión enfermiza del gremio filosófico a dar y esperar razones cuando se afirma o se niega algo- prefiero hacer algunas consideraciones, entre otras, para cuándo puede acontecer el evento.
Al ritmo que van las reformas, creo que va a ocurrir muy pronto. Quizá la próxima -a la que quizá llamaremos ya con el más preciso nombre de “reconversión”- dé al traste con ella y de paso arrastre en su caída a los estudios superiores, frágiles siempre por sus raíces materiales. Es una pena, pero los filósofos también comen y practican shopping. Desaparecida su salida laboral más importante, puede verse mermado hasta la extinción el siempre escaso atractivo de los estudios filosóficos. No es una noticia precisamente alentadora que cualquier futuro graduado que quiera dedicarse a la enseñanza pre-universitaria tenga necesariamente que gastar su tiempo, energía intelectual y dinero en un “máster oficial” de postgrado de orientación exclusivamente pedagogista. Parece la confirmación empírica de que en las altas esferas donde se toman decisiones -en cualquiera de esos ministerios por donde anda ahora repartida la educación de este país- han ganado la batalla los pedagogos, que cada vez me recuerdan más a aquella secta de ciegos que aparecía en la imborrable novela de Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas, conjuramentada para dominar el mundo. Bromas aparte, será el triunfo de practicismo abstracto, del aprender a aprender... ¿qué?, y el desprecio sin concesiones a la venerable teoría, a la que tanto debe nuestra vieja Europa.
Cuando al comienzo de curso presento la asignatura Filosofía I, en primer curso del actual bachillerato me apresuro a reconocer ante mis nuevos alumnos, al advertir el bostezo insinuado en sus ávidas miradas adolescentes, que sí, que la filosofía es un lujo, que no sirve (como Lucifer: non serviam) para nada, que no es utilitaria ni práctica ni instrumental ni aptitudinal, ni siquiera reconfortante; que es señora de sus propios principios y de sus propios conceptos, que se preocupa siempre en aclarar. A veces, los más perspicaces caen en la cuenta de que, entonces, la filosofía se aproxima a aquello que más placer les ha proporcionado en el pasado, jugar -el juego tampoco sirve para nada. Se juega para jugar- y satisfacciones en el presente: las charlas ociosas con los amigos, atesorando recuerdos, ensayando narraciones, en suma, explorando el mundo gracias a las palabras. También les comento que el mundo no está hecho de cosas y de valores sino antes y más fundamentalmente de signos y de símbolos y que la filosofía enseña a descifrar enigmas...
Pero no he olvidado mi pregunta. ¿Qué se dejará de enseñar? ¡Bah! Poca cosa. Que somos libres porque algo nos resiste, que la sociedad no puede existir sin el esfuerzo y la imaginación de los individuos (prioridad ontológica de lo individual, enseñará el profesor); que la racionalidad no es un lujo sino la única cosa que nos es necesaria; que los valores, morales o de cualquier otro tipo, no se enseñan sino que se ejemplifican desde su ejercicio; que la búsqueda de los ideales no debe ser nunca ciega, sino que ha de apoyarse siempre en lo real y que la realidad es conflictiva de suyo, por lo que hay que desconfiar por igual de los vendedores de paraísos, así como de los mansos que no creen que el mundo pueda mejorar si uno se lo propone.
Como ve el lector por los ejemplos que ofrezco, no es en efecto, gran cosa, pero de esas minucias llevamos viviendo en Occidente por lo menos desde el siglo V ante de Cristo.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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