¡Cobras una miseria porque el que no defrauda es tonto en España!
Escuché y conversé sobre Europa y España y sobre esta frase. Asistí a un acto que conmemoraba el “Manifiesto de Ventotene”, y a su autor, Altiero Spinelli (1907-1986).
Altiero Spinelli fue un político italiano que se enfrentó a Mussolini, y por eso fue encarcelado y desterrado durante muchos años, y que en 1941, junto con otros deportados en la isla de Ventotene, redactaron el documento de lleva el nombre de la isla, en el que por primera vez se propone superar los Estados-nación europeos y sustituirlos por una Europa construida con patrones federalistas. Eugenio Nasarre, que presidía el acto, dijo que Spinelli siempre pensó que después de la derrota del fascismo no sería suficiente instaurar la democracia sobre una Europa de las paces de Westfalia (1648), es decir, sobre un mapa de Estados europeos que desde el siglo diecisiete no habían parado de hacerse la guerra, cada vez con mayor saña destructiva. Intervinieron también, Josep Borrell, antiguo presidente del Parlamento europeo, Domenec Ruiz Devesa, presidente de los federalistas en España (y futuro candidato socialista al Senado), y dos personalidades italianas, Pier Luigi Dastoli y Elizabetta Holztejn, y sus reflexiones sobre la Unión Europea actual merecerían otro artículo.
Cuando terminó el acto, conversé con un grupo de jóvenes, y la frase del comienzo de este artículo me surgió de ese encuentro. Un joven ingeniero, que se gana la vida montando sistemas informáticos en varios países europeos, me explicó cuál era, a su juicio, la diferencia del modelo económico español con los modelos más competitivos de Europa: la diferencia estaba en el fraude.
España no es de los países delictivamente más corruptos del mundo. Tenemos menos prácticas corruptas que, por ejemplo, Italia. Entre nosotros no existe miedo a que un policía o cualquier funcionario nos pida dinero, o que la mafia nos exija mordidas si queremos vivir en paz como empresario, trabajador o representante público. Aquí tenemos una corrupción en sectores oligárquicos y poco competitivos, como los partidos políticos, el mercado inmobiliario y la contratación de obras públicas.
Y esos sectores están saneándose porque España posee un Estado de Derecho más serio y eficaz. La corrupción que nos debe preocupar no es exactamente esa. Es la que podríamos llamar algo así como la chapuza de un capitalismo de amiguetes, que está generalizado y se define, por ejemplo, por no abonar el IVA, pagar a los empleados con sobres que no se declaran al fisco, buscar al trabajador o autónomo que esté dispuesto a tragar con las corruptelas de los listillos habituales, en síntesis, preferir hacer negocios en palcos deportivos, o en cuchipandas con muchas copas, en lugar de planificarlos teniendo en cuenta las obligaciones legales, tributarias y su viabilidad en un mercado, español e internacional, cada vez más competitivo.
Mi amigo ingeniero me dijo que en los países europeos con menos paro, los productos y servicios obtienen márgenes de beneficio de hasta un 80%, pero ese precio se justifica con transparencia, señalando lo que se paga a los empleados, los impuestos devengados, los costes de calidad, transporte, logística, publicidad, etcétera. Al final, el capitalista obtiene una cantidad razonable, y lo más importante, la transparencia y la ausencia de fraudes hacen posible que el modelo económico sea competitivo y que las desigualdades inherentes al capitalismo son corregidas por la acción del Estado y de las leyes.
El modelo económico justo se consigue haciendo que el respeto a las leyes sea un imperativo moral de toda la sociedad. Es el imperativo categórico kantiano, la ética más compatible con la democracia. Ése es el desafío que tenemos en este tiempo de elecciones.
Lograr ese modelo económico es algo que requiere tiempo, voluntad de acuerdos, y capacidad de sacrificios. La polarización política puede dar réditos políticos a corto plazo, pero será nefasta para un país como España, salvo que en el futuro sólo podamos optar entre el modelo de Grecia o el de Letonia (desigualdad social, baja productividad y empleos precarios en el turismo). En los años 80, España era uno de los países más igualitarios del mundo (según la ONU), y hoy tenemos que el 28,9 por ciento de la población es pobre con riesgo de exclusión.
Ese es el riesgo. Las propuestas radicales que prometen superar el capitalismo -“asaltar el cielo” como escribió Karl Marx- son tan poco creíbles que no asustan a los poderes económicos; incluso se hace negocio con su radicalismo. Desde luego, los grandes intereses financieros coinciden plenamente con los populismos antieuropeos, sean Le Pen, Nigel Farage o Podemos; el Estado de Bienestar europeo es su más ansiada captura. En ese sentido Pablo Iglesias no tiene recorrido ni futuro: los jóvenes no se identifican con él. Pero Íñigo Errejón podría ser el futuro líder de un movimiento populista y antieuropeo. Su reciente declaración muestra una elaborada doctrina: “Entre Podemos y Marine Le Pen sí hay un hilo: la necesidad de volver a reconstruir
comunidad y sentirse parte de algo; yo quiero ser parte de un
pueblo, de una
patria democrática, que en las malas me protege y que cuando las cosas van mal exige
a los de arriba que cumplan.” El votante comunista francés, que ahora vota al Frente Nacional, es la prueba de que el populismo supera las diferencias ideológicas, propias de la pacífica alternancia democrática. Serbia o Venezuela son ejemplo de esa superación.