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TRIBUNA

Diálogo inédito con Rodríguez-Aguilera

viernes 27 de mayo de 2016, 20:27h

Ahí está con Eugenio d’Ors en Vilanova; él joven y en pie, sentado el venerable. En otra, ambos con Dalí en su refugio de Cadaqués. Junto a Mª Teresa León y Rafael Alberti, durante una semana cultural que tuvo lugar en Florencia. Y con Cela, posando espalda contra espalda en la residencia mallorquina de éste, frente a un esgrafiado de su común amigo Picasso. O de nuevo en Palma pero con Miró, en el terrado de Son Abrines. Y otras dos con Cela en compañía de Dionisio Ridruejo. Luego entre copas con García Márquez y Manuel del Arco. Y años después, de sobremesa a la vera de Borges, o saludándose con Tàpies; o antes con Guinovart y Casamada en el Parque Güell. También hay una con Adolfo Suárez, y otra de cuando le impusieron la medalla de magistrado del Supremo; y en las Cortes, de su etapa de Senador por Barcelona.

Las fotos de aquel monográfico de Anthropos –“Cesáreo Rodríguez-Aguilera. Justicia democrática y crítica cultural”, 1994– eran suficientemente expresivas. Si el periodismo conlleva el privilegio de recordar conversaciones con personas ilustres que nunca se acordarán de ti, aquella entrevista no era mal comienzo.

Sucedió durante el curso 98-99. Yo debía hacer un reportaje para la clase de investigación periodística. Pero convencer a mi profesor de la permuta fue sencillo: Si puede usted conseguirla, por mí adelante. Hecho. La entrevista ya estaba apalabrada por encargo del director de la tertulia “Diálogos Literarios” en la que yo participaba, y que por entonces tenía su plaza solemne en la biblioteca del Real Círculo Artístico de Barcelona. Este dirigía, además, la Editorial Carena, que en 1986 había dado a imprenta una segunda edición ampliada de la Antología breve de Rodríguez-Aguilera, con prólogo de Ángel Crespo.

Hoy la poetisa y cofundadora de aquel taller, Araceli Palma-Gris, me recuerda al teléfono que Crespo pasó por la tertulia, y en ocasiones el zen manchego de José Corredor-Matheos. Y que Rodríquez-Aguilera era el puntal de todo como presidente honorífico. Nos apoyó mucho, me dice Araceli, y siempre estuvo muy interesado en que la tertulia saliese adelante; duró de 1992 a 2004. La entrevista, por su parte, iría en el primer número de una revista poética proyectada desde Diálogos. Imagino que me la ofrecieron porque ya entonces publicaba como becario de Cultura en la delegación barcelonesa del ABC.


Entrevista intravista

Mis encuentros con Cesáreo Rodríguez-Aguilera transcurrieron en dos o tres sesiones que mantuvimos en su despacho, sito en una perpendicular próxima a Paseo de Gracia; quizá en la calle Aragón o Consejo de Ciento. Quedamos en que yo grabaría la entrevista, y que luego él supervisaría la transcripción, lo que hizo indicándome algunos expurgos y correcciones.

Memoria y texto me dicen que era un hombre atildado, sensato, preciso en el discernimiento pero de una formalidad ecuménica, dúctil al arte irrestricto de la conversación intelectual. Tocamos todos los palos que le puse delante. Me habló, primero, de los dos rafaeles que le despertaron al vanguardismo en la Andalucía de los años 20: un segador de lienzos como picassos de ajuarina y gazpacho (su paisano quesadeño Zabaleta), y un sevillano cosmopolita de madre inglesa, el soterraño de la Generación del 27 Porlán Merlo. También abordamos, por supuesto, la brecha de nuestra Incivil, en la que esquivó el frente como miliciano cultural y lector de macuto; se propuso y logró, lo mismo que Laín, no causar baja ni disparar a nadie, reconociendo de un mismo signo la barbarie de rebeldes y revolucionarios.

Después Madrid, las oposiciones, el Café Gijón. Y cuando ya se pensaba de juez en su Jaén natal, tres años a Marruecos de servicio militar; lo equivalente al tiempo que había combatido junto a los vencidos. Pero en Larache y Tetuán, y sobre todo en el puerto libre de Tánger, encuentra un inesperado oasis de intercambio y refinamiento; una pequeña Europa de expatriados que daban paseos y organizaban tertulias mientras los otros, los del Continente, se mataban a escala mundial. Descubre allí también al africano, al musulmán; es decir, a otro sí mismo, y empapándose de su lengua y tradiciones estudia la posibilidad de modernizar sin desarraigo sus leyes; la traducción francesa de su Manual de Derecho de Marruecos (1952) no se hizo esperar.

Para entonces ya estaba en Barcelona, bien casado y con los amigos de Dau al Set y La Calandria. Allí afianzará su carrera jurídica, y eclosionará como formidable tratadista y crítico de arte. Libros, artículos, empresas y nombramientos se suceden a ritmo de vértigo; qué no dará de sí una inteligencia ambiciosa y disciplinada.

Con el Régimen jugó al pulso discreto: algunos textos en el umbral del nihil obstat, y sobre todo como impulsor de la clandestina Justicia Democrática; no a pocos evitó la cárcel, mediante sus amainadas exégesis del ordenamiento franquista. También conversamos, aunque menos, de la España reciente, la de la Transición y el viaje al centro. Y más acá, por hablar del barrio, de casa nostra o Cataluña, a cuyo mayor autogobierno prestó siempre su mucha influencia desde el elástico encaje constitucional.


Palabras en el trastero

La entrevista colmó siete folios. Nunca fue publicada. La reencontré el pasado jueves 19 de mayo en el trastero-biblioteca de mi consulta. Justo al día siguiente de cumplirse el centenario del nacimiento de Rodríguez-Aguilera (Jaén, 18 de mayo de 1916), y a una década de su óbito en Barcelona el 11 de noviembre de 2006.

Estaba en una carpeta junto a dos libros del entrevistado: un volumen de la citada Antología breve, y su Zabaleta de Quesada (1990) prologado por Castilla del Pino. Volví a ver, asimismo, los monográficos a él dedicados que me habían facilitado para documentarme: el nº 1 de la revista Devenir (1988), y el ya mentado 157 de Anthropos.

Y también una poética suya mecanoscrita, y acaso inédita, titulada “El poeta se divierte”; él mismo me la dio para sacarla con la entrevista. Pero el trabajo, como digo, quedó encarpetado, pues la esperada gaceta no pasó de proyecto. Supongo que la incertidumbre duró unos meses, y que luego llegaron otras voces, otros ámbitos. Creo que alguna vez rondé la idea de publicarla. Pero seguramente ni vi el momento, ni me pensé con derecho a hacerlo; perdidas, por otra parte, las cintas de la grabación.

Releída hoy, la entrevista apenas descubre; quizá matices. Pero son palabras que un crítico y repúblico español me contó desde la cima de su densa y larga vida. Historia y testimonio de nuestro siglo XX. Memoria de España. Quede al menos esta intravista.

Dicen que Rodríguez-Aguilera escribía poemas como quien cuenta historias: “La de Cesáreo es una poesía de la experiencia que tiende al relato; es decir, a lo que el inolvidable Miguel Labordeta llamó la epilírica, y más precisamente al relato testimonial” (Crespo, 1986). Vuelvo, pensando en ello, a las fotografías de Anthropos. Están cajeadas entre un extenso y apretado ensayo de Rodríguez-Aguilera titulado “Autopercepción intelectual de un proceso histórico”. Vuelvo y me digo que no son, dichas estampas, medallas para el ego. Que tienen, todas ellas, su trazabilidad vital, su epigrafía.

Con d’Ors, por ejemplo, bregó mucho en su Academia Breve de Crítica de Arte. En cuanto a Cela, ahí quedan las decenas de artículos que publicó para Papeles de Son Armadans. De Ridruejo se amigó desde Revista, y como admirador de su autobiografía Escrito en España. Y a Miró casi le consigue su anhelo de pintar gratis un recorte de los vitrales de la Catedral de Mallorca. El vínculo, con Alberti, es anterior. Porque aunque más tarde, Rodríguez-Aguilera también se unió a esos torerillos, de cuadrilla poética y lidia del mejor estilo, que el gaditano cifró en sus memorias La arboleda perdida sobre su paso, en 1926, por la tertulia sevillana de Rafael Porlán.


Epilírica española

Qué lástima no tenerle aquí, ahora, para darle a nuestro encuentro otra vuelta de tuerca. Revenir hoy con él sobre su salto a la política como independiente por el PSC, la normalización lingüística del año 83, el caso Banca Catalana… Hablaríamos del mundo después del 11-S, y le preguntaría más por la precariedad e insuficiencias de nuestra feliz democracia. O alzando el arco sobre la epilírica de su humanismo jurídico; Derecho legitimado, entramado en la mirada; movedizo asunto. Y también por los paisajes e impresiones de su mocedad en las estribaciones de la Sierra de Cazorla, con sus lomas y cerros, y sus cortijos blancos.

Aunque puesto a escucharle un relato en su cien aniversario, le pediría este que contó en la referida “Autopercepción”: Llegado a Larache, en 1942, le ofrecen el cargo de capitán auditor honorífico. Y apenas acepta, se ve ya en el deber de procesar a un secretario con el que había dado sus primeros pasos en la carrera judicial. La malversación es tan grave, que no tiene más remedio que decretar su prisión. Al poco, la esposa del detenido le visita y le expone su penuria económica: además de perder la nómina del marido, la familia subsistía gracias a su segunda actividad autorizada como profesor en un instituto de segunda enseñanza. Pues bien, Rodríguez-Aguilera, que conoce al director del instituto, ocupa la vacante del preso con una condición: que la mujer de este siga cobrando íntegro su sueldo.

Visto. He aquí, entre la guerra atroz, en medio de la imperfección endémica del mundo, un ejemplo resuelto del cielo en la tierra. Integridad. Conciencia. El teorema encarnado. Sin utopía. Sin estación de término. Rodríguez-Aguilera lo entendió con nitidez: “La realidad hoy, como siempre, se nos presenta insegura y contradictoria. El gran debate sigue siendo entre la libertad y la tolerancia por un lado; y la homogeneidad política, religiosa y social por el otro”. La realidad, remachó citando a Ortega, sólo debe ser lo que puede ser. Y nuestras decisiones, un acto voluntario, personal.

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