Creo que es poderosamente significativo que los últimos libros escritos por Eduardo Chirinos fueran reescrituras. Chirinos fue un poeta que abarcó numerosos registros, estilos y voces; un poeta moderno que nunca se adhirió a una sola estética ni a una sola manera de hacer poesía. Esto puede explicarse por su carácter prolífico y sus amplios conocimientos de la tradición literaria, pero creo que es algo que va más allá, y que toca los propios fundamentos de su escritura: Chirinos vivía dentro de esa tradición literaria con total naturalidad, así que moverse de un lado a otro no le causaba ninguna inquietud. ¿Quién hace un análisis de conciencia cuando pasa del dormitorio de su casa a la cocina? Es un acto reflejo. Pues bien, siguiendo con esa metáfora, el pasillo que lo llevaba de una habitación de su casa a otra era la reescritura de la tradición. Sus tres últimos libros lo muestran muy bien. Siete días para la eternidad es una reescritura de un poema de Seferis, Harmonices Mundi parte de un tratado de Kepler y Tetramorfos, de los Evangelios. Un texto poético, un texto científico y un texto religioso como puntos de partida. Tras la publicación, aún en vida del autor, del primero de ellos, aparece ahora, en una cuidada edición de Point de Lunettes, de Sevilla, el segundo. Se publica una edición comercial y una edición limitada, artesanal, en papel vegetal y en rama.
Harmonices Mundi fue publicado por Kepler en 1619 y es al mismo tiempo un éxito y un fracaso; un éxito porque enuncia, entre otras cosas, la tercera ley del movimiento planetario, que sigue siendo válida hoy en día; y un fracaso porque la armonía de las esferas en la que se basaba, una idea de raigambre pitagórica tan antigua como la propia astronomía, era bellísima como marco estético pero inútil como teoría científica. El propio Kepler acabó abandonando esta teoría unos años después. Este es el punto de partida del libro de Chirinos, que está marcado desde el principio por una doble perspectiva: la perspectiva de que existe un eje matemático, preciso y cuantificable, de las cosas, y la perspectiva de que existe un eje estético, igualmente fuerte y duradero. Lo que está en medio es el hombre de la calle, el que vive todos los días. En el libro hay una tensión entre lo duradero y lo fugaz que es común a los últimos libros de Eduardo Chirinos, a partir de Medicinas para quebrantamientos del halcón. Hay un enfrentamiento extremadamente lúcido (conmovedoramente lúcido, diría yo) entre las capacidades humanas y sus limitaciones: entre el éxito y el fracaso, como le sucedió a Kepler: bellas teorías que no se sostienen y comprobaciones inesperadas que sí. ¿Qué puede ser más bello que pensar que los planetas se rigen por intervalos musicales, como soñó la teoría de la armonía de las esferas desde Platón hasta Kepler? ¿O que los planetas se colocan todos en sucesiones geométricas perfectas, en las que nada, absolutamente nada queda al azar? Eso te da como minúsculo humano un lugar firme en el universo. Pero por otra parte está la duda, el disenso, la discordancia. La comprobación diaria de que el mundo no está bien hecho.
Pocos poetas han mostrado los entresijos de esta lucha, primordial y necesaria, como Eduardo Chirinos. Y pocos le han dado una respuesta tan cabal en términos estéticos, pero también, me atrevería a decir, humanísticos: la armonía no puede estar en ningún otro sitio que no sea en el hombre y en lo que escribe. Harmonices Mundi es una reivindicación tajante del poder de la escritura, fugaz y a la vez inamovible como la vida diaria de las personas. En este libro, como en los últimos de su escritura, Chirinos logró trasladar al lector el escenario de lucha interior de quien se enfrenta en siete días a la eternidad y al movimiento de los planetas, de quien triunfa y fracasa en ese empeño a partes iguales. Como Kepler, como él mismo y como sus lectores.