El término burlesque le viene que ni pintado al desarrollo y ejecución de esta novela policiaca francesa de una escritora novel columnista de la delegación propia de Cosmopolitan, que ya tiene lista la continuación de las desventuras de Capestan dentro de la Policía judicial parisina. Y es que tanto tema y argumento se ven influenciados por este género teatral (en ocasiones musical) donde se juega con un surrealismo en este caso algo costumbrista, así como con una idea del absurdo desternillante en ocasiones por lo cómica. Parece ser que, además, la autora ha escrito e interpretado obras de este jaez en café-teatros, por lo que esta forma de ver la realidad novelesca no es tan sui géneris como pudiéramos llegar a adivinar. Por otro lado, estamos ante una novela negra y descreída por lo desenfadado en la que la crítica especializada internacional ha visto ecos de Fred Vargas y Pierre Lemaitre, llegando a cosechar el Premio Polar y el Arsene Lupin en su país natal.
El punto de partida de la misma nace de la necesidad de borrar por parte de la protagonista una larga excedencia sin empleo y sueldo dentro del departamento policial referido, debido a que necesita que su trasero ya no esté “entre dos sillas”; el caso es que su jefe Buron, le tiene preparada una sorpresita, que le dará poco tiempo después, junto a sus dos hombres de confianza (que parecen modelos sólo aptos para mirar a las musarañas y hacer posturitas raras), a saber, encabezar una brigada con los tipos más inútiles, depresivos y balas perdidas que por allí han pasado en los últimos años. Cuarenta parece ser el número inicial de desechos humanos sobre los que tiene que mandar, si bien este número se verá reducido en tamaño y según sea la importancia dramática de los mismos. Entre ellos destacamos a Torrez, el típico gafe limpio de expediente pero al que nadie se quiere arrimar, un alcohólico, otro que es homosexual y se siente avergonzado por ello, y Eva Rosière, todo un histrión que tras pasar por el cuerpo, decidió escribir novelas policiacas con éxito, dedicándose más tarde a la interpretación televisiva en una serie basada en sus cuitas profesionales y que va acompañada siempre de un perro llamado Pilú (ella asegura que no es por Hergé y su Tintín, sino porque es abreviatura de Piloto, el capítulo inicial de toda serie o temporada de TV).
Conforme se van instalando en las oficinas, Anne descubre un cajón lleno de expedientes, entre los que le llaman la atención dos de los casos: el de una mujer estrangulada en el sofá de su casa y el de un tipo muerto en un río. Cada uno de estos casos seguirá varias bifurcaciones. Del primero, que saca la vena más feminista y reivindicativa de la Rosière, apenas consiguen hilar la presencia de un reproductor de DVD en 2005 con lo diáfano del espacio que representa el apartamento. El otro les lleva a ir tras la pista de los Valincourt, padre e hijo (Alexandre y Gabriel) en cuyos papeles y con la hipotética complicidad de Buron, que juega a ser la chinita en el zapato de toda la brigada, instándoles indirectamente ante su desconocimiento a averiguar más de lo humanamente posible, se encuentra la clave de lo que ocurre.
El trabajo con los personajes recuerda, desde ese uso de la tercera persona aquiescente en el narrador, al cuento “La carta robada” de Poe, salvando las lógicas distancias, si bien en ocasiones nos parece estar ante un pastiche que recorre la comedia, con los clichés de la novela negra y también social. El tratamiento, siendo originalísimo, recuerda, como símil gastronómico, a esos pasteles de los escaparates tan vistosos y apetitosos por fuera, como algo insulsos por dentro.