www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

AL PASO

Galicia

martes 31 de mayo de 2016, 20:40h

Les digo a quienes han venido a escuchar mi conferencia sobre Las Diputaciones provinciales que aquí comprendo perfectamente el sentimiento de añoranza, la morriña, que es fama acompaña a los gallegos fuera de su tierra. He paseado por la bella ciudad en el declinar prolongado de uno de estos días del tardomayo, he llegado hasta la catedral, que admiraré con su señero cimborrio y prodigioso retablo mañana, me he sentado a tomar algo en la terraza de un bar del entorno, y después me he mezclado en el bullicio de la gente hasta regresar de nuevo al hotel. Me relajan particularmente estas excursiones fuera de Madrid, como esta que ahora hago a la ciudad de Ourense, en las que hay ocasión de sumergirte por unas horas en un ambiente desconocido y que presumes menos formal y lejano, más humano, que el de la gran ciudad. Vas apuntando los nombres de las calles, muchas veces tan evocadoras (en este caso Rúas del Progreso, del Trigo, etc.), pasas delante de los palacios, que ahora acogen a diversas instituciones públicas, y que así han sido salvados de la ruina o de la piqueta especuladora, te detienes un momento en sitios y recovecos (aquí Prazas, praziñas) que te sorprenden en su originalidad. Estas ciudades con su río, su calle mayor, su plaza del ayuntamiento, quizás sus murallas, sientes que son organismos vivos, que solo presentan entre sí semejanzas aparentes, pero que en realidad tienen cada una su pálpito particular, un modo de ser privativo y distintivo característico.

En un momento antes de hablar rememoras que el conocimiento de Galicia fue anticipado por el conocimiento de sus gentes. Mi padre, como muchos de los que me escuchan, fue funcionario local, y sirvió como secretario de juzgado en Pasajes de San Pedro. El bello pueblo guipuzcoano tenía un barrio en el que vivían sobre todo pescadores, a los que se añadiría el vecindario de El Poblado, de procedencia gallega. A veces asistía a mi padre en el registro civil y procedíamos a inscribir a los niños que acababan de nacer. Al hacer constar los lugares de los que sus padres eran originarios, escribía la toponimia sonora y misteriosa de los pueblos y aldeas gallegas: Betanzos, La Puebla de Carimañal, Cambados, Villlagarcía de Arosa…En julio, por las fiestas del Carmen, en la plaza del mercado de Trincherpe, se solapaban los concursos de aizkolaris, sokatiras y otras exhibiciones de deporte rural autóctonos con bailes gallegos al compas de la gaita, instrumento también que sorprendía por su exotismo maravilloso a los niños, al descompasar el esfuerzo de soplar con la emisión del sonido, gobernado por la pericia del gaiteiro. También me llamaba la atención en el caso de la muñeira que la tranquilidad de la melodía al principio acababa fatalmente a través de una repetición encabalgada en un desquiciamiento final agotador y convulsivo, que me ha intrigado siempre. Muchas veces, la verdad es que sin éxito, he preguntado a mis amigos gallegos al respecto, por ejemplo a mi querido colega Roberto Blanco. Era frecuente en los autobuses atiborrados que transitaban de San Sebastián a la plaza de San Pedro, y que el cobrador había de esforzarse en atravesar durante el trayecto (con suerte podías llegar a tu destino antes que el cobrador te alcanzase y entonces habías hecho gratis el viaje), oír hablar en gallego más que en euskera. En una parada del autobús de Trincherpe podía subir o bajar don Jesús, el maestro carlista y euskaldún de la escuela del barrio donostiarra de Intxaurrondo a la que tú no habías asistido, cuando vivíamos allí antes de trasladarnos a Pasajes, pero que había frecuentado tu hermano menor.

Cuando venías por la autopista desde el aeropuerto de Vigo has visto a lo lejos, detrás de sus canteras, el pueblo de Porriño. Porriño, quizás ya lo has contado en alguna ocasión en este Cuaderno, era el seudónimo de un periodista, Manuel Vázquez, que se desempeñaba en La Voz de España el periódico donostiarra, que leías cuando eras un chaval. Escribía de deportes, aunque lo que verdaderamente le gustaba era el ciclismo, y sus crónicas de las vueltas, especialmente la de Francia, animaban tu ardorosa imaginación infantil casi tanto como los libros de aventuras o viajes. Porriño, después lo has sabido, o te lo ha contado José Luis Barbería, no nació en este pueblo sino en La Habana (Cuba). Después se trasladó a Galicia, militó en el galleguismo durante la Segunda República, y escribió en A Nosa Terra. Murió a los 66 años (Ahora me parece, joven). En La Voz de España solía colaborar un gran escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez. Aparecían sus columnas con frecuencia al lado de los recuadros de mi admirado José de Arteche. En aquellos años en Unidad colaboraba como crítico taurino un hermano de Xavier Zubiri, Fernando. Los dos periódicos de San Sebastián pertenecían a la cadena del Movimiento, después Medios de Comunicación del Estado. Su cierre daría lugar a una sentencia pionera, y magnífica, del Tribunal Constitucional sobre la libertad de expresión, de la que fue ponente Francisco Rubio.

Cuando años más tarde viví en Madrid junto, como quien dice, al que suelo llamar barrio federal, en la calle dedicada al vizcaíno encartado Martin de los Heros, paraba en una pensión que tenían dos hermanas gallegas, a las que llamaré Carmiña y Teruca. Eran dos buenísimas personas. El único problema es que la menor se gastaba desde luego lo que nosotros pagábamos de alquiler, y quizás también parte del sueldo de su hermana, en conferencias, hablando por teléfono con el abogado de Cambados. Daba la razón así al maestro Raymond Carr que hablaba del minifundismo de la propiedad rural gallega y su inevitable litigiosidad…

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.