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TRIBUNA

El regreso de la esclavitud

Alejandro San Francisco
martes 31 de mayo de 2016, 20:45h

Una de las características fundamentales de las sociedades abiertas es la existencia de la libertad, la posibilidad de hacer o no hacer algo, de participar en el desarrollo político los países, en condiciones de igualdad con los demás ciudadanos. Como contrapartida, hoy se estima que un resabio inaceptable de otros tiempos era precisamente la falta de libertad manifestada en su expresión más extrema, la esclavitud.

Es verdad que no siempre la esclavitud ha sido igual: en el mundo clásico, por ejemplo, se podía apreciar a figuras como Polibio, esclavo griego en la república de Roma, que se volvía un consejero político decisivo para la familia de Escipión y que era capaz de contar la grandeza de los vencedores, la superioridad de su organización política, que los había llevado a la victoria militar sobre sus adversarios. Sin embargo, cuando analizamos el tema de la esclavitud no debemos pensar en los casos excepcionales, sino en la regla general: personas que son llevadas contra su voluntad, a ejercer trabajos habitualmente arduos, sin más perspectivas que las determinadas por sus propios "dueños" o quienes tienen el poder de disponer de ellos.

En el siglo XX se produjo una verdadera resurrección de la esclavitud, asociada a fenómenos políticos como los regímenes totalitarios. En sociedades como la Alemania de Hitler o la Unión Soviética de Lenin y Stalin, se podía apreciar una tendencia estatal a reducir a muchas personas -por las razones que fueran- a una posición no sólo subordinada en términos legales, sino derechamente a condiciones de esclavitud. Los campos de concentración tenían mucho de esto, así como el también el Gulag, nacido precisamente para asegurar mano de obra barata.

Al comenzar el siglo XXI se puede ver que la esclavitud, en sus diferentes formas, lamentablemente no ha desaparecido. Para las Naciones Unidas la esclavitud significa la "condición de un individuo sobre el cual se ejercitan los atributos del derecho de propiedad o algunos de ellos" (Convención sobre la Esclavitud aprobada por la Sociedad de las Naciones el 25 de septiembre de 1926). En cuanto a la trata de esclavos, se la identifica como "todo acto de captura, adquisición o cesión de un individuo para venderlo o cambiarlo; todo acto de cesión por venta o cambio de un esclavo, adquirido para venderlo o cambiarlo, y en general todo acto de comercio o de transporte de esclavos".

Como suele ocurrir en estos temas, cuando se trata de regular este tipo de situaciones existe un acuerdo bastante amplio en relación a lo inaceptable que resulta que personas vivan de esta manera, o que los Estados posibiliten este tipo de condiciones de existencia. El resultado es la firma de declaraciones y acuerdos, la condena de las diferentes formas de esclavitud y el compromiso de velar para que en ninguna parte del mundo se den este tipo de situaciones. La realidad, sin embargo, es bastante diferente.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), estima que en el mundo hay más de veinte millones de personas que son víctimas de trabajo forzoso en la actualidad. Esto llevó a Guy Ryder, director de la institución, a realizar un llamado a "poner fin a la esclavitud moderna requiere una legislación eficaz que se aplique estrictamente, así como el compromiso común de los países, los interlocutores sociales y el desarrollo de sistemas eficaces de apoyo a las víctimas". Todavía no se pueden ver los resultados, e incluso algunos índices muestran un retroceso más que un avance en este tema.

La Walk Free Foundation es una organización que año a año realiza un informe sobre la situación mundial en este tema, el llamado Global Slavery Index. El 2014 estimaba que unas 35.8 millones de personas en todo el mundo vivían en condiciones de esclavitud moderna, lo que representaba un aumento desde el año anterior. Para mayor drama, un reportaje de El País anticipa los resultados el informe para el 2015: se ha producido un aumento a 46 millones de personas, lo que muestra el agravamiento del problema. El 58% de estas personas viven en Asia, donde se practican diferentes formas de privación de libertad personal: trabajo forzoso, explotación sexual, matrimonios obligatorios, entre otros. En muchos de los casos, y bajo la excusa de un supuesto trabajo, se ve que dentro de la producción de determinados bienes las condiciones laborales son propias de la esclavitud. Esto ha llevado, felizmente, a que algunos países occidentales exijan a las compañías a informar sobre las acciones realizadas para evitar que exista esclavitud dentro de la cadena productiva.

Como suele ocurrir, muchas veces estas situaciones afectan más repetidamente y de manera más grave a personas que están en condiciones de mayor vulnerabilidad, como se aprecia en el caso de las mujeres y los niños, en formas de explotación sexual o de trabajo infantil, por ejemplo. En muchos de estos casos la situación se basa en verdaderas mafias dedicadas a la explotación de personas, que en ocasiones gozan de la permisividad de los gobiernos o la corrupción de funcionarios que impide poner fin a estas organizaciones.

Es evidente que se trata de un tema difícil de analizar y de resolver. La esclavitud tenía una característica propiamente jurídica, lo que permitía saber quiénes eran personas libres y quiénes esclavos, los que incluso podían dejar de serlo. La situación actual es mucho más compleja, porque teóricamente todas las personas son libres en las distintas naciones del mundo, aunque sabemos que esto no es realmente así y que muchos viven bajo las formas de la esclavitud contemporánea.

Al igual que en otros temas de derechos humanos, una primera forma de combatir este flagelo es tomar conciencia de él, y tener empatía con quienes sufren actualmente la esclavitud. Asimismo resulta imperativo perfeccionar las normas vigentes, tanto en el ámbito laboral como en el penal, en la inmigración como en derecho internacional en general, que permitan tener información, prevenir abusos, castigar delitos y reducir los males asociados a las mafias esclavistas. El silencio en estos casos es cómplice de la esclavitud, así como la indolencia contribuye a su perpetuación.

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