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TRIBUNA

La China comunista y los españoles

José Manuel Cuenca Toribio
jueves 02 de junio de 2016, 21:42h

¡Por fin! Venturosamente, el denso, impenetrable velo que ocultó por medio siglo a la mirada de los españoles la hosca realidad de uno de los capítulos cruciales de la centuria pasada –la revolución cultural china- se rasga ante los ojos asombrados de las recientes generaciones. En otros países intelectual y socialmente más avanzados el fenómeno ha tenido igualmente un ritmo tardígrado, acompasado al latir más hondo de la misma civilización china. Para no ir muy lejos, Francia se puede ofrecer como ejemplo paradigmático.

Sí; al hilo del medio centenario del inicio de su corto pero estragador ciclo, los medios españoles comienzan, como eco de escritos de matriz extranjera, pero también de incipiente y vigorosa nacional, a interesarse profusamente por uno de los acontecimientos decisivos de la contemporaneidad más próxima.

Y en esta a apertura, el hecho quizá más saliente estribe en la aportación de testimonios propiamente españoles, hasta el momento muy escasos y, en especial, recatados, llevando al ánimo del lector la impresión de enfrentarse a una confesión reluctante, impuesta por descargo de conciencia generacional, más que por una contribución historiográfica del lado de sus protagonistas. En cualquier caso, y aunque el fenómeno sea de compleja etiología merecedora de un detenido escudriñamiento, bienvenida sea la confesión coram populo de los nuevos hijos de un siglo como el XX que desbordó con largueza el cuenco más hondo del terror colectivo, en un proceso irrefrenable extendido de Occidente a Oriente, tierra por antonomasia de la crueldad ejercida como obra de arte.

Bien que en los días más avanzados del tardofranquismo era famosa y activa la fracción de los “prochinos”, el todopoderoso movimiento cultural e intelectual comunista logró incardinar, pese a las anchas secuelas de la frustrada “Primavera de Praga”, en zonas marginales a los heraldos y fieles de la última de las teorías surgidas de la fértil pluma del “Gran Timonel”. De ahí que los frutos de las muchas peregrinaciones estivales de una considerable porción de universitarios madrileños y barceloneses –en particular, los primeros-, a la husma de fórmulas redentoras distintas a las preconizadas, tediosa y burocráticamente, desde la Rusia de Leónidas Brezhnev, no sobrepasasen por lo común la influencia de los cenáculos más restringidos y elitistas de la oposición intelectual a la dictadura. Lo que respecto a ciertas figuras y personalidades influyentes en los círculos del Poder más encumbrado en la España climatérica de la Transición, desde los salones palaciegos a los despachos directivos de empresa financieras, mediáticas y académicas del mayor ascendiente social y político, se sospechaba por entonces, hoy se encuentra confirmado. Y es algo más, mucho más que una anécdota biográfica en el recorrido auroral, por lo demás esplendente, del retorno de la democracia.

Veritas filia temporis est. Cuánta razón tenían los clásicos latinos; y lo más asombroso es que la siguen teniendo… ¿Y todavía hay por ahí algunos extraviados “científicos” y economistas que ponen en duda la necesidad del cultivo intensivo de las Humanidades en los grado docentes medio y superior?

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