Cada vez que uno tiene voluntad de ayudar a un invidente no es tiempo perdido, créanme. Se aprenden diversas asignaturas que nosotros, los que declinamos el sentido de la vista para observar lo que nos rodea, dejamos en falso credo. No acostumbramos a valorar ni el don de lo externo, ni tampoco la materia de cómo guiarnos a través de nuestro interior.
Ser ciego, que ya de por sí compila aquello que la vida priva, obliga a desarrollar unos talentos que despiertan en medio de un universo de incívicas maldades hasta completar lo inverosímil; eso es lo que tiene salir a la calle con un bastón y una gran dosis de suerte. Y les cuento esto por una denostada evidencia en la vida de quienes se encuentran privados de visión. Andar por Madrid para cualquier invidente es lo más parecido a cruzar el Niágara en bicicleta.
Hace unos días lo presencié desde mi fortuita casualidad. Le vi cómo se tragaba el toldo lateral de una tienda, como pisaba algo insalubre y a la vez tropezar con un soporte de cafetería, de esos de tipo pizarra que anuncian el menú del día. ¿He roto algo? –me preguntó, cuando pude llegar hasta él-. Poca cosa, tan sólo tres platos de primero y otros tres de segundo a elegir, más pan, vino y postre, todo ello por 9,50 euros. –le respondí- “Lo cierto es que en Madrid se come barato y bien” –dijo-. Le tomé del brazo y caminamos juntos. Me parecía un hombre educado, bien aseado y con sentido del humor.
Me da conversación: “A veces utilizo mi bastón a modo de katana, porque todo son peligros. En Madrid las aceras están ocupadas por múltiples servicios públicos y privados. Es un asco” Le pregunto si le apetece tomar algo. Él declina la invitación. “Voy a la Feria del Libro a echar un vistazo” (sic) –me dice- Curiosamente yo también me encamino hacia allí y me brindo para ir juntos. Me lo agradece.
“Pues sí hombre, sí, Madrid es una ciudad llena de trampas para los de nuestra clase. Ahora bien, tasas por un tubo” – me dice. Pagamos por tropezar con quioscos, terrazas, sillas, mesas, motos o andamios. Esa es la historia” –añade. A medida que nos adentramos en la charla, este buen hombre, del que no pierde ripia para criticar a los regidores públicos, vuelve a la carga: -“Son todos iguales, su afán recaudatorio les priva”
Nos detenemos por un instante y se gira con ademán de mostrarme su teoría acerca de la ocupación callejera: “Mida usted el ancho que tiene la acera y ahora multiplique por los impuestos que cobra el Ayuntamiento por el acomodo de unos y de otros” Confieso que aun tratándose de la calle Alcalá, en pleno barrio de Salamanca, el enlosado se hace estrecho entre las terrazas de cafetería, quioscos de prensa, mobiliario urbano, mesas, sillas, cochecitos de niños y el flujo de peatones en ambos sentidos.
“Verá que lo que resta es un reducido pasillo para sortear el destino, de ahí seguro que viene lo del sorteo de la ONCE” Sonreímos los dos con la sintonía de un buen requiebro ante la vida. Le pregunto cómo se las arreglan para superar tanta traición ciudadana. Me incluí en la villanía, pues a pesar de haberle tomado del brazo y sentirme compañero de viaje, no estaba tan falto de culpa. “A quien le toca, le toca, amigo mío, ahora bien, esta chusma que dice velar por los intereses de los más desprotegidos, ya le digo que es mentira cochina” Y se limitó a hacer un digitus infamis o peineta en sentido literal a las claras.
En la antigüedad un ciego era, por definición, un mendigo, un indigente sometido a la compasión de los demás. Hoy no, hoy todos somos igual de capaces si los que mandan son juiciosos con sus políticas integradoras, -me dice. Le doy la razón y no sólo porque la tiene, sino porque su “katana” comenzó a comportarse a modo de florete. “Es repugnante el afán que tiene el consistorio por hacer caja. Aquí en Madrid, para nosotros, lo de salir a la calle es como recibir a un toro a puerta gayola. Nunca sabes por donde va a salir la cosa”
Me dice que hace años, aún con menos adelantos que ahora, todo era muy diferente. La educación, el respeto y no digamos las ayudas regladas. Ahora todo son barreras arquitectónicas, que si vallas, que si zanjas, que si sacos de escombros, que si cubos de basura, que si motos circulando por las aceras. En fin, decide quedarse a solas en medio del gentío que hay en la Feria del Libro, “Esto para mí es como estar cerca de Jerusalén, ya sabe, lo del ciego de Jericó. Si hombre, Bartimeo (el hijo de Timeo), pues eso, que yo también espero un milagro”. Pues entonces, hasta la vista, amigo –le dije. Y yo que lo vea –me respondió.