La vida política se está degradando a ritmos vertiginosos en toda Europa. Las discrepancias se resuelven a balazos o agrediendo al oponente, como ha sucedido en Gran Bretaña con el asesinato de la diputada laborista, Jo Cox. La defensa de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea le ha costado la vida. Los argumentos ya no valen, el ágora política ya no sirve para resolver los problemas de un país. Cada vez más, desgraciadamente, son los que optan por fuerza bruta y aniquilación física de su oponente. La dialéctica smittiana amigo-enemigo ya no es simbólica.
Aparte de la violencia terrorista del ataque de Orlando, en los EEUU,y el asesinato de dos policías en Francia, el lunes pasado, por un adepto del ISIS, la violencia parece determinar cada vez más la vida política occidental. Son sumamente preocupantes los datos que aparecieron durante los últimos días sobre la creciente cantidad de los alemanes que se consideran una raza superior, y si volvemos la mirada a España, pues, según las estadísticas, son cada vez más numerosos los ataques a las capillas católicas. Parece que cada pueblo de Occidente se precipita para retratar su propia locura.
La situación, ya de por sí trágica, se vuelve caótica porque nadie reconoce que otra vez Europa está llegando a un punto de no retorno. La idea de que las instituciones europeas pueden gestionar los conflictos esbozados es poco menos que una quimera. No son sólidas y, en el futuro, serán menos eficaces, si las soberanías de los Estados empiezan a actuar al margen de las reglas de convivencia dadas por la propia Unión Europea. ¿Por qué sucede tanta violencia? ¿Por qué la convivencia individual, ciudadana y política se encuentra amenazada por todos lados? Estas son preguntas que necesitan respuestas urgentes.
Sería una simpleza, si no una estulticia, decir que este malestar es marginal, o peor, atribuírselo a la pobreza creciente de estos países, como hacen algunos malos retóricos y peores políticos. El hecho cierto es que nunca antes la humanidad ha vivido con más medios y facilidades que ahora. El problema no es social, aunque también, sino de horizontes vitales e intelectuales. El problema es más grave. Es de carácter moral e intelectual. Ortega nos los enseñó con especial cariño: los hombres de Occidente no han estado tan desprovistos como en nuestro tiempo de un plan de la vida individual y colectiva.