Miren ustedes a su alrededor, hoy casi ninguna se viste de negro, o sea, guardar el luto en ropa, que se dice. Es la mayoría silenciosa de este país. Son las mujeres que padecen la pérdida de sus maridos o de su pareja y quedan al albur de las exiguas pensiones de viudedad. Nada que ver tienen con el papel que interpreta la protagonista de la famosa opereta “La viuda alegre” basada en la comedia teatral de Henri Meilhac, en donde la enlutada era pretendida por no sé cuántos postulantes movidos por la inmensa fortuna de la susodicha. Hoy, como digo, la mayor parte de las viudas de este país no tienen motivos para flirtear con el vil metal.
La ecuación es bastante sencilla: un matrimonio o una pareja de hecho del cual fallece el componente masculino, que miren ustedes por donde es el único que percibe pensión por jubilación. Ella, mientras tanto, guarda y custodia la soledad de quedarse viuda. Es entonces cuando la prestación pública irrumpe en generosa limosna porque un buen día, la desamparada en cuestión, recibe la carta anunciadora de su futuro porvenir, con un texto más o menos:
“Y siendo usted una señora que ha contribuido durante 70 años al sostenimiento de este país; habiendo ejercido libremente con su derecho a votar; pagando todas y cada una de las prerrogativas exigibles, ya fuere en modo individual o en unión de su difunto esposo. Habiendo, de igual manera, sido el sostén de una familia en lo que a labores de madre ejemplar se refiere, teniendo en cuenta la impagable tarea en el ejercicio de ama de casa y con ello actuar como un referente para el buen gobierno de su hogar, y a la vez no tener cargas familiares acreditadas, al tiempo que el informe de su vida laboral carece de cotizaciones, por la presente cúmplenos informarle a usted que la prestación por viudedad que le ha sido concedida con efectos inmediatos, asciende a la cantidad de 634,50 Euros mensuales, que será distribuida en catorce pagas (incluyendo Junio y Noviembre). Fdo. La Jefa de Sección por la Supervivencia”
Y claro, este regalo envenenado en forma de carta certificada con acuse de recibo, viene a colmar los deseos de cualquier buena madre, buena esposa y no menos buena ciudadana. Y es aquí cuando las fuerzas restantes salen con la ponzoña de las cobras filipinas. Veneno destilado para quienes la Administración de este país deja en el albur de las angustias y el abandono. Para este viaje, este equipaje. Ya me dirán ustedes qué clase de cuerpo es capaz de resistir esta puñalada trapera cuando más necesaria se hace el recibir una protección económica, entre otras poderosas razones porque el fallecimiento de un miembro de la pareja no reduce los gastos a la mitad.
Dicho esto, lo que no cabe en la razón de los sentidos es que para freír un huevo, ya sea en bar o en cafetería, sea requisito exigible, tanto para la empresa como para el trabajador, el tener un certificado de formación alimentaria como manipulador. Correcto me parece, pues entre las ponedoras que van a su rollo y el experto en fogones puede quedar una enterocolitis por salmonela que te avía el cuerpo; ahora bien, mientras que esto sucede, resulta irracional que para ejercer como político de primer rango ni tan siquiera haga falta una formación profesional al uso; o sea, aprender oficio.
De manera que estamos ante la eterna disfunción mental para saber que fue antes, si el huevo o la gallina en lo que a dignidad social se refiere. Así pues, una vez más la situación de necesidad protegida que tanto se demanda y que casi nadie atiende, salvo en temporada alta de urnas a modo de veladas promesas, lo cierto es que el remedio hacia lo que denigra continua perdido en el tiempo. Cada líder esconde detrás de la algarada, del debate, del mitin o de la fantasía animada en puro marketing la realidad de los auténticos dilemas, o sea, se gustan y se disfrutan, pero poco más. Lo cierto es que muchas de las viudas de este país aún siguen encadenadas a ese luto económico, ahora bien, éste mucho más negro y profundo que el de la casa de Bernarda Alba. En fin, vergüenza en la diatriba de perseverar en idéntico escarnio. Queda dicho.